El tolstoiano caso del senador Larraín


Cada vez que veo a Carlos Larraín en los medios  viene a mi cabeza la imagen del estulto conde León Tolstoi. Ese mismo, el escritor, el novelista, el mismo autor de joyas como “Guerra y Paz” y “Dios ve la verdad pero no la dice”. ¿Por qué Larraín? No por la literatura, sin duda, sino por el palmario desdén aristócrata que sus juicios suscriben contra las clases populares, al igual que el amanuense ruso.

Tolstoi se enorgullecía de escribir sobre la alta sociedad no sólo por su desconocimiento total del vaivén proletario, sino también porque consideraba que la belleza –en todos sus ámbitos– era una virtud propia de las castas adineradas. El orondo conde comparaba a los campesinos y arrieros con vacas y caballos como bien lo hizo el senador de la derecha en su momento, al cotejar las muchedumbres en el Transantiago con un ganado y a los homosexuales con zoófilos de primera línea.

Decía el ruso: “Soy un aristócrata, porque no puedo creer en la elevada inteligencia, el gusto refinado y la gran honestidad del que se hurga la nariz y habla con Dios”.

Decía el senador: “No nos va a doblar la mano una manga de inútiles subversivos (por las marchas estudiantiles), que están instalados (SIC), muchos de ellos, desgraciadamente, en un Parlamento que no supimos ganar”.

Que quede claro que no juzgo la obra del escritor –según Nabokov, el más grande novelista ruso de la historia— sino la insulsa vanagloria de su abolengo. Uno puede entender, hasta cierto punto, ese instintivo desdén aristócrata de alguien como Tolstoi hacia los “desposeídos”. Mal que mal, sus palabras más tienen que ver con el sinuoso contexto del siglo XIX y los constantes conatos revolucionarios contra la aristocracia zarista. Lo incomprensible es que después de cien años esta lógica siga operando en la mente de los hombres de la elite local –como el senador ya citado– y que a su vez ocupen cargos de alta representatividad.

En este sentido, es difícil que el sistema político evolucione con mentes tan estrechas como la de este abogado, cuyo pensamiento proyecta el de una minoría que por defecto del propio sistema se ha tomado la mitad de los escaños legislativos y, con ello, el derecho de una falsa representatividad popular.

Lo triste de este cuento radica en lo inútil que ha sido la historia en acabar con estos óxidos mentales que interrumpen el curso de la evolución política. Y el problema es que para este tipo de hombres el resto de los individuos siguen siendo una masa inconsciente y perdida sin más virtud que la gracia del voto.

De ahí que para nadie sea un misterio la actitud mesiánica de muchos sujetos de esta élite conservadora. Para ellos, la política es menos una vocación que un instrumento de salvación o de adoración divina. El auxilio hacia el más desposeído les granjea el estuco que pavimenta la ruta a su salvación, al punto de asumir que sus deberes para con la masa es más un favor que un compromiso.

Y luego se preguntan por qué el descontento, por qué la violencia esparcida en la esquinas.

Pero al parecer ni siquiera las manifestaciones dan pie para la reflexión. Al contrario, éstas confirman más y más la triste perdición de la mayoría –dirían los prohombres de nuestra clase política–. De ahí a la famosa frase que cita Carlos Peña para reírse de la inútil ofensiva de Larraín e Ignacio Walker por cambiar el binominal:

“[Porque en la sociedad chilena se observa] una mentalidad difusa en todos los ámbitos, que busca gratificación instantánea en la vida personal y realización pronta de enfoques muchas veces estrechos”.

Por muy chocantes que resulten los arrebatos de este, mi tocayo, su doble jerarquía –la de presidente de un partido como RN y la de senador de la República— confirma su estatus de gran señor: el de un alto ejemplar de la elite conservadora, digno representante de ese círculo anacrónico que en algún minuto de nuestra historia se arrogó la representación de una masa sin prospecto.

Carlos Oliva

Periodista

  1. Colombina

    Muy interesante la comparación Carlos. Para mí, un aspecto clave es el que señalas en esta parte:

    “De ahí que para nadie sea un misterio la actitud mesiánica de muchos sujetos de esta élite conservadora. Para ellos, la política es menos una vocación que un instrumento de salvación o de adoración divina. El auxilio hacia el más desposeído les granjea el estuco que pavimenta la ruta a su salvación, al punto de asumir que sus deberes para con la masa es más un favor que un compromiso.”

    Me pareció muy importante la columna de Carlos Peña justamente porque se adentró en desenmascarar esa actitud en mi opinión incluso violenta de Walker y Larraín. Ese profundo desprecio que se observa en su “diagnóstico” de la sociedad chilena. Ellos, nada menos que ellos, saben mejor que todos lo que le pasa a los y las chilenas. La gente está perdida. Me recordaron a las críticas de la sociedad de masas de principios del siglo XX. Siempre vienen estos señores iluminados y decentes, civilizados, a decirnos qué nos pasa y cómo solucionarlo. Es violento el asunto, porque no hay un solo dejo de entendimiento, comunicación, escucha. Ni una pizca de autocrítica, absolutamente nada. ¡Y para colmo ellos son los representantes! Pero claro, si eso se entiende como un “favor” más que como un delegación de responsabilidades y sobre todo compromisos (que deben ser cumplidos) seguimos en el mundo donde hay unos pocos elegidos y nobles, los mejores, y esa masa que necesita de la guía de aquellos iluminados (por lo general, además, hombres y por supuesto, blancos, aunque en América Latina no nos guste hablar de eso).

  2. Miguel Pizarro

    Aunque me parece acertada la comparación, no comparto la patética siutiquería de palabras como: “estulto”, “amanuense” y “orondo”, entre otras. Esto es importante, ya que el fondo se pierde en la forma. A ratos, esta última no parece más que la ambición masturbatoria del ego de alguien cuyo único mérito reside en la herramienta “Sinónimos” de Word. Así las cosas, su escrito cae en lo mismo que critica, es decir, está dirigido a la elite, independientemente del color político de esta última. Sólo falta que -cual Patricio Navia- comience a escribir en “spanglish”.

  3. Roma

    Cómo me comparas a Larraín con Tolstoi!!!!!
    No sé, me da la impresión que Tolstoi describía la aristocracia porque era lo que más conocía, sin embargo, es honesto y agudo al retratarla, no cae en la ingenuidad al describirla, conoce sus dobleces, bajezas, ambiciones, egoísmos, codicias etc… con una profundidad y sinceridad enorme las denuncia. Tolstoi claramente no mira como iguales a un conde y a un mujik pero no duda que la brutalidad de este último (tal como él la ve) es producto de la brutalidad de su ambiente, como tampoco adora incondicionalmente a esa aristocracia, simplemente ve en esta algunos elementos que reflejan la grandiosidad de un espíritu elevado y cultivado.
    Juzgas a Tolstoi muy ligeramente, te aseguro que es uno de los hombres más sensibles que he leído, sensibilidad que no veo reflejada en lo más mínimo en la figura de ese señor Larraín.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: