Verdeseo

Especial Febrero: El Giro Verde en la Política Chilena


En el camino a la consolidación de las demandas de los movimientos sociales en Chile es posible apreciar un giro verde de estilo. Es de esperar que se convierta también en uno de contenido.

Hannah Arendt señalaba en su libro “Sobre la Revolución” que las revoluciones no ocurren como resultado  de una opresión inaguantable sobre los más pobres. Por el contrario, éstas serían el resultado de una defensa de las clases medias, aquellas que tienen algo que perder, en contra de una amenaza de sus privilegios. A mi juicio, más allá de los privilegios comprendidos en un sentido corporativista, material y concreto, las clases medias han apuntado hacia la consolidación de garantías universales, especialmente en la forma de derechos. Es la aversión, comúnmente llamada resentimiento, a los privilegios que amenazan el bienestar de la mayoría, el motor de la acción revolucionaria.

Vemos hoy una serie de manifestaciones llevadas adelante por movimientos de contestación sumamente heterogéneos. Estos movimientos apuntan en contra del orden establecido, de formas de hacer las cosas que por su duración se han hecho naturales. En muchos casos, las manifestaciones populares han logrado adhesiones épicas, porque la rabia, la desazón o indignación han proliferado allí donde las promesas no llegan a concretarse. Hay una crisis de expectativas. Las clases medias del mundo se compraron por mucho tiempo el cuento del desarrollo y la realización personal, más todo aquello que huela a meritocracia, pero cada vez más esos trascendentales cotidianos se han hecho más lejanos. El sacrificio no tiene recompensa, los que se quedan atrás no vuelven a recuperar el paso y las desigualdades crecen exponencialmente.

Esta situación no es del todo novedosa. Una crisis similar ocurrió a fines de los sesenta como reacción a las promesas incumplidas del orden de postguerra, un momento marcado por la autocomplacencia y el conservadurismo. El Mayo del ’68 es uno de los símbolos más recurrentes de ese proceso y fue allí donde se fraguó el origen del (probablemente) único movimiento político original de las últimas décadas en Occidente. Los verdes surgieron como una suerte de sumario de las demandas de feministas, ecologistas y pacifistas, bajo las ideas comunes de una democracia de bases, justicia social, libertades civiles y no violencia. Los verdes han vivido desde sus orígenes la tensión entre la flexibilidad propia de los movimientos sociales y la rigidez y los compromisos de la institucionalización como partido político. Los verdes suelen ser asociados con hippies millonarios, sin embargo, en la práctica se han mostrado como la única fuerza política de relevancia que no ha sido atrapada por los intereses de las grandes corporaciones y se ha comprometido con el fortalecimiento de las mayorías allí donde han sido electos.

En la década de los ochenta los verdes vieron crecer su influencia, particularmente en Alemania, donde el proceso de reunificación tuvo su clímax en la caída del muro de Berlín. Mientras una buena parte del mundo celebraba el triunfo del capitalismo, los verdes insistían en que la caída del comunismo o el triunfo del capitalismo no era el triunfo de la gente o del planeta. Si las personas eran obligadas a perder sus libertades y derechos en manos del mercado, mientras que sus condiciones de vida empeoraban por la destrucción del medio ambiente, los ganadores y perdedores quedaban en total evidencia.

La espiral de contestación que se vive en el mundo, y particularmente en Chile, tiene mucho del repertorio que los verdes han hecho propio por décadas. A continuación describiré algunos de los elementos que a mi juicio llevan a pensar en la emergencia de un giro verde más o menos generalizado en el movimiento social chileno.

Las demandas por un plebiscito y una transformación radical de la democracia hacen eco del diagnóstico cada vez más extendido respecto al fracaso de la democracia representativa. Algunos políticos insisten en la polka de la democracia de las instituciones, sugiriendo que las instituciones son neutrales y justas. El fondo de la postura contra la representación es una crítica total a la ficción de que la totalidad de las demandas pueden ser contenidas y traducidas en el acto de votar, que actualmente es una suerte de cheque en blanco de la voluntad popular. La demanda transversal por la participación es una causa de larga data para los verdes, quienes han incorporado técnicas participativas y de descentralización en su gestión política, comprometiéndose con llevar la democracia a los centros de poder y no ser un dique de contención entre las personas y la toma de decisiones.

La superación de la lógica de los expertos es otro de los elementos presentes, especialmente en las demandas ambientalistas y estudiantiles. La posición es ir más allá de las distinciones ficticias que invisten a unos pocos de poderes sobrenaturales por sobre unos muchos. La lógica de los expertos apunta a que para el común de los mortales el error es la regla, mientras que para los expertos sería la excepción. Habitualmente el uso político de los expertos ha consistido en trabar la participación a través de una performance que pretende decirle a la gente que es demasiado tonta para opinar incluso de los asuntos que afectan su propia vida. Rechazar esta clase de soluciones es una de las claves de la voluntad democratizadora que los verdes tradicionalmente han impulsado y que los movimientos locales han hecho propia.

La lógica de las garantías universales con un trasfondo solidario es propia de las propuestas de política pública impulsadas por los verdes. En el caso de las demandas educacionales, el sustento de la propuesta consiste en asegurar un mínimo de calidad en la educación para todos y todas las chilenas. Esta demanda tiene que ver con corregir activamente las inequidades para permitir que todas las personas puedan hacer una vida de acuerdo a sus expectativas, sin las frustraciones provenientes de la desigualdad.

Finalmente, uno de los más importantes movimientos ha sido hacia la ecología política. Mientras que el gobierno exige que no se mezclen las cosas, los estudiantes y los ambientalistas ponen incansablemente nuevos elementos sobre la mesa. El gobierno, con sospechosa ingenuidad, llama a que se hable de educación y sólo de educación, dejando de lado las reformas tributarias, la propiedad de los recursos naturales, el coeficiente Gini, los reportes de la OCDE o la Constitución de Pinochet. La respuesta ha sido mezclar y combinar, porque como bien lo entendieron los verdes al principio de la lucha contra la energía nuclear, la lucha no se daría en los reactores, sino que en la calle, en los medios y en el parlamento.

Hay grandes oportunidades para el avance de los movimientos sociales chilenos hacia la conquista del poder político, una conquista que le permita hacer reformas que supriman lo más posible la influencia del dinero y las pequeñas camarillas sobre nuestra política cotidiana. Un avance que permita consolidar las visiones de una mayoría que no está de acuerdo con las injusticias y los abusos que se cometen en Chile, y que apunta a crear colectivamente un nuevo orden. Lo más importante que los movimientos deben comprender es que ante todo la flexiblidad y la amplitud de miras son el mejor equipamiento frente a los violentistas del Gobierno y los oportunistas de la Oposición. Por eso, ni por la derecha ni por la izquierda, siempre por delante.

Leonardo Valenzuela

Sociólogo

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