Nuestra pregunta por el odio


El caso Zamudio nos dejó un cúmulo de lecciones. Por primera vez atendimos a la importancia de respetar al otro en cuanto otro y al deber político de reconocerlo en su propia individualidad. Incluso el ordenamiento legal respondió a las demandas ciudadanas y de grupos de presión. Así fue como, extraordinariamente, tuvimos a nuestros representantes en el Senado –guste o no, lo son– discutiendo sobre el particular en vistas de la votación, el próximo 2 de Mayo, de la denominada Ley Anti Discriminación.

No discutiré los alcances de la mentada ley, ni su (dudosa) valía a la hora de contrastar el cuerpo legal con las prácticas sociales. Sí creo importante que, en un contexto en el que poco espacio nos damos para valorar de forma positiva lo que ocurre en Chile, miremos con atención todo lo sucedido en el marco de la lamentable muerte de Daniel Zamudio.

En términos conceptuales, atentar contra personas en razón de su orientación sexual, religión, sexo, etnia, e incluso su apariencia física o forma de vestir, responde a lo que se ha venido a denominar “crímenes de odio” (en una muy poco feliz traducción de la fórmula anglosajona “hate crimes”). La idea tras el concepto refiere a la necesidad de que en el contexto de una sociedad democrática se respete y reconozca como válida la diferencia; sea que esta apunte a las opciones sexuales, religiosas o de cualquier otra índole. Una sociedad abierta y democrática es, entonces, aquella donde no existen barreras relacionadas con las características personales de las personas que la integran, sino una que se nutre de su propia diversidad intrínseca.

Todo ello es lo que es puesto en cuestión tras el asesinato de Zamudio. ¿Hasta donde la sociedad chilena es una que reconoce la existencia del otro como alguien que es un sujeto de derechos más allá de toda identificación o característica personal?

La pregunta emerge, lamentablemente, tras la existencia de un mártir de la causa. Daniel tuvo que morir para movilizar este cuestionamiento. Muchos hubiésemos querido que la pregunta naciera antes. No necesitamos más mártires, de ningún bando, de ninguna condición.

Sin embargo, y he aquí el punto donde valoro positivamente nuestra reacción como sociedad, es necesario señalar que en la gran mayoría de los lugares donde se ha planteado la pregunta por el odio se han padecido eventos históricos mucho más traumáticos. El ejemplo por antonomasia es lo acaecido en Alemania tras el Holocausto judío, o las reacciones ante los movimientos racistas –tales como el Ku Klux Klan– en Estados Unidos.

La guerra o la existencia de fuerzas civiles organizadas que, en razón del odio, se movilizan para atentar directamente contra la vida o el modo de vida de terceros ha sido la tónica en aquellos países donde la pregunta “por el otro” ha cobrado sentido. En Chile, por suerte, no tuvimos que afrontar una amenaza organizada semejante, aun cuando la muerte de Zamudio no haya sido la primera por causas de odio (la problemática Mapuche resuena en este punto).

No se trata de minimizar la muerte, se trata de tomar conciencia que –siguiendo con lo que se ha visto– hemos podido reaccionar. Mi verdadero temor ante este tipo de circunstancias es perder la capacidad de asombro.

La reacción, sin embargo, no puede restringirse a la emergencia de una nueva ley. La reacción ha de venir de una sociedad que en su conjunto se orienta hacia la no discriminación, ya sea a homosexuales, mujeres, inmigrantes, etc. Y ante eso la ley no deviene, en lo absoluto, una resolución del problema.

Gran parte de lo que se hace llamar desarrollo –uno que vaya, eso si, más allá de la superación de la barrera de algunos miles de dólares per cápita de ingreso– tiene que ver justamente con el reconocimiento de que vivimos junto a personas distintas y que es la propia diversidad de puntos de vista e intereses lo que enriquece el vivir juntos. Ojalá que no se nos olvide y, por sobre todo, que no sea nunca más necesario enfrentar la muerte de alguien para tomar conciencia de ello.

Patricio Velasco F.

Sociólogo.

  1. paulaviano

    Me sorprende la frase “Por primera vez atendimos a la importancia de respetar al otro en cuanto otro y al deber político de reconocerlo en su propia individualidad”. ¿Por primera vez? ¿Y la dictadura con sus torturas, sus muertes y sus desapariciones, no te parecen anteriores y tan dignas de atender a la importancia de respetar al otro? ¿Por qué en este país no se sale a defender con la misma vehemencia a aquellos que fueron torturados y asesinados como Zamudio, pero no por 4 enfermos, sino por instituciones enteras? Eso es triste. Muy triste.

    • verdeseo

      Estimada Paula, En ningún punto pretendí restarle importancia a las muertes y el sufrimiento causado por la dictadura. Sí te pido que consideres que el núcleo de mi reflexión se ubica en los crímenes cometidos contra personas sólo en razón de sus características personales, esto es, antes que toda consideración por su opinión o posición política. Las muertes y el sufrimiento causado durante la dictadura es innegable y, creo, cada vez menos personas son capaces de poner eso en cuestión. Mi planteamiento iba a la discusión de otra “fuente” de opresión, tan deleznable como la que tú señalas.

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