Verdeseo

Procedimientos y algo más



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El llamado a no prestar el voto en las pasadas elecciones municipales fue una dudosa muestra de creatividad por parte de un sector del movimiento estudiantil. Atacar a los instrumentos es atacar la infraestructura misma sobre la que se sostiene la democracia. La democracia no requiere de menos procedimientos, sino más bien de su proliferación para mejorar la visibilidad y reducir la arbitrariedad en los asuntos públicos.

Pasado un rato desde la última “fiesta de la democracia,” y golpeados aún por los coletazos de un proceso ineficientemente ejecutado, resulta conveniente plantear algunas reflexiones en torno a la realidad de la democracia en Chile desde el punto de vista de sus procedimientos. W.B. Michaels sostiene que las creencias no son filtros a través de los cuales obtenemos el sentido de la realidad, sino que es justamente lo que creemos aquello que conforma nuestro sentido de realidad. Siguiendo este juicio podemos señalar que los procedimientos no son el filtro de la realidad esencial de la democracia, sino que constituyen la carne misma de nuestra democracia.

Resulta incómodo el slogan que señala que la democracia no es ir a votar cada una determinada cantidad de años. Una postura que antes de las elecciones municipales hizo popular la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios. Es incómodo por la extravagancia del contra argumento, que aboga por una política sin mediaciones, un horizonte donde no existe representación y donde se romantiza el rol del habla y un número determinado de formas (comunitaria, descentralizada, etc.) como soluciones esenciales a los problemas políticos contemporáneos.  Y es también incómodo porque si bien identificar a la democracia sólo con la tecnología del voto es una tontería, es bueno preguntarse con qué nos quedamos si decidiéramos suprimirlo en términos de posibilidades para la resolución pacífica de conflictos.

La delegación de la voluntad que se materializa en el sufragio no sigue una línea recta para convertir al votante en el representante. El hablar político no es recto y representar implica conectar y conciliar muchas posturas, sin que el resultado sea necesariamente coherente, del mismo modo que los representados no se sienten obligados a obedecer punto por punto los dictámenes de su representante. La traición de la traducción (lo distinto no puede ser igual)  se hace efectiva en la elección de un representante, sin embargo, quedarse de brazos caídos sería la peor opción frente a semejante escenario.

Ciertamente el voto tiene un componente anti político al suspender el conflicto por el quien y el nosotros de la vida pública, al estabilizar posiciones de modo prácticamente indiscutible por un tiempo determinado. La definición de la autoridad es legitimada por el procedimiento del voto y probablemente a muchos les gustaría que además su arbitrariedad fuese justificada. Pero ese alto al fuego es al mismo tiempo otro punto de partida. El otro lado de la despolitización del voto es que hace posible la activación de la política, la composición progresiva del mundo en común. La administración y resolución de los problemas públicos se pone en movimiento una vez que los representantes toman su lugar.

Pero en una sociedad cuya complejidad es creciente, el trabajo de representación, administración y resolución no se restringe a humanos de carne y hueso conformando una masa biológica, ni a sus almas o sus conciencias. La representación es parcialmente todo eso, pero también requiere que se hagan visibles y proliferen otras series de intereses que afectan la vida en común. Desde la serie de intereses que deben ser ensamblados para dar forma a una ley de pesca, pasando por la administración de las cárceles, hasta la determinación de la relación entre chimeneas industriales y osos polares, todos son problemas que eventualmente pueden entrar en una fase política y requerir de una solución democrática.

Tal como lo señala Bruno Latour en Turning Around Politics,lo político tiene múltiples definiciones y establece pasos específicos en la vida de un problema. Esto implica, por ejemplo, el ejercicio de la toma de decisiones como acto de soberanía, o la administración trivial de la población. Pero los diferentes momentos políticos tienen también diferentes niveles de intensidad y pueden ser desbordados por la incapacidad de los actores implicados en alguno de estos momentos para encontrar o sostener una solución. Un ejemplo de ello sería el conflicto por la educación que ha desbordado las capacidades de quienes han sido electos mediante votos o la controversia por las represas en la Patagonia, que a pesar de que se ha querido mantener enmarcada en vías institucionales, hace mucho rato que esos canales fueron superados con creces.

Es en ese último ejemplo donde recientemente ocurrió un evento que estableció procedimientos emergentes que llevaron a la democracia algunos pasos más adelante que el voto. Esto fue la conformación en el año 2011 de la Comisión Ciudadana Técnico Parlamentaria de Energía (CCTP), instancia que fue una respuesta híbrida desde organizaciones de la sociedad civil, parlamentarios y expertos a la comisión ad-hoc que había citado el gobierno, y cuya composición se restringía a actores de la industria de la energía. Frente a la incapacidad del gobierno para resolver un problema, se activó un dispositivo de participación que afectó la definición misma del problema energético en Chile, moviendo las coordenadas de la discusión.

La campaña que en estos momentos se está llevando a cabo en contra de la Ley de pesca, o también conocida como Ley Longueira, es otro buen ejemplo de activación de la participación a través de la negociación de capacidades entre la campaña y sus adherentes. Claro que estas instancias de activación nuevamente no dan como para convertirse en la definición completa de lo que significa democracia, pero parcialmente le dan sentido al proliferar las instancias para definir y hacer visibles de forma ampliada  los problemas públicos.

No soy partidario de patear el tablero como estrategia política, en la línea de planteamientos como los de la ACES en la víspera de las elecciones municipales. Es necesario hacer democracia con las propias manos y para ello es fundamental intervenir con todas las capacidades disponibles en la definición de lo que es problemático. Se iniciará un nuevo año donde viene otra elección, probablemente más potente que la que recién pasó, y será interesante ver qué ocurrirá con los actores fuertes del movimiento por la educación gratuita y de calidad.

Seguir en la dinámica de las movilizaciones solamente, no parece ser un procedimiento que llegue a transformar mayormente la escena, más allá de ayudar cambiar el gobierno de unas manos a otras. Me imagino que en esta etapa de las movilizaciones, mejor resultado tendría la conformación de un parlamento emergente por la educación, una instancia donde se pueda elaborar una propuesta amplia y específica respecto a uno de los asuntos que más pasiones despierta hoy en día, empleando todos los dispositivos que se encuentran a la mano.  Para estas cosas no hay que pedir permiso, y no cabe dudas que sería una prueba contundente para probar el terreno que podría llevar a una asamblea constituyente. La democracia no es menos que un voto y puede ser mucho más que eso. La riqueza de la democracia está íntimamente asociada a la variedad de sus dispositivos, es por ello que el gran desafío se trata de encontrar los medios para activar las realidades que nos resultan deseables y no desestimar y destruir para quedarnos sin pan ni pedazo.

Leonardo Valenzuela

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