Especial Febrero 2013: Discurriendo sobre cambio climático



Los gases de efecto invernadero (GEI) son parte esencial de la atmósfera; sin el efecto invernadero que producen, la temperatura de la tierra sería -18°C y no 15°C como es la media de hoy. Nadie puede negar que el clima cambia en el tiempo; sin embargo, el que esto ocurra en forma natural no excluye el hecho de que las emisiones provenientes de actividades humanas estén alterado el balance natural de los GEI, cambiando de paso el clima contemporáneo. La variabilidad natural no es suficiente para explicar los cambios en la concentración de CO2 y temperatura observados en años recientes.

Desde el inicio de la era industrial (~1800), el CO2 atmosférico se ha incrementado en 110 partes por millón (ppm), desde 281 a 390 ppm. En los 11.000 años anteriores, la concentración de CO2 atmosférico aumentó sólo en 20 ppm. Para encontrar una variación de CO2 de 100 ppm habría que remontarse 420.000 años. ¡Y nosotros logramos hacer lo mismo en poco más de 100 años! En los últimos 800 mil años, que marca el límite de detección del núcleo de hielo más extenso, no existe registro de concentraciones comparables a las actuales.

Existe una dicotomía en cuanto al significado aparente de las cifras y las fuerzas que las modelan. Esto ocurre por la magnitud y duración de los procesos de la naturaleza, que hacen que la vida medida en años sea insuficiente para visualizarlos en su real magnitud. Sin embargo, a pesar de que los ciclos climáticos y geológicos se midan en miles o millones de años, la especie humana ha sido capaz de ver in situ algunas secuelas de sus acciones en el curso de unas cuantas décadas. No obstante la Tierra se esfuerce por enmascarar la huella del hombre, la fuerza de nuestras “proezas” están marcando a fuego un planeta que hasta hace pocos siglos se creía imperturbable.

No hay precedentes en la historia de la Tierra comparables a la adición extraordinariamente rápida de carbono asociado a la quema de combustibles fósiles. Como señalara James Hansen (2006), Director de Investigaciones de la NASA y uno de los climatólogos de mayor prestigio: “No se puede pretender llenar la atmósfera con los gases provenientes de combustibles fósiles enterrados por millones de años, sin que en el proceso no creemos un nuevo planeta”.

El calentamiento global no se puede refutar por un año en el cual baja el promedio de temperatura, ni tampoco ser confirmado cuando se está en presencia de un año record de temperaturas. El cambio climático y los fenómenos anexos, generan cambios en tendencias a largo plazo y sus efectos sólo pueden ser entendidos en un contexto espacial y temporal amplio.

El aumento de 0,8 °C alcanzado en 200 años parece poco, es menos que la variación térmica diaria. Incluso el que 0,6 °C de este aumento haya ocurrido en los últimos 30 años, puede ser relativizado por quien no quiera ver las dimensiones del problema. Sin embargo, si se analiza la capacidad calorífica del mar y la cantidad de energía que se requiere para calentar la biósfera y modificar variables sumamente estables, entonces la percepción debiera ser otra. Algo similar ocurre con el aumento del nivel del mar. A muchos les puede resultar insignificante que el nivel del mar esté aumentando en 3,1 mm al año. Sin embargo, el aumento térmico y el derretimiento de hielos y glaciares que se han necesitado para llegar a esa cifra, bastarían para convencer a cualquiera. Se necesita solo un aumento de 1 metro para sumergir algunas regiones habitadas, se pronostica que para finales de siglo el nivel del mar será 75 a 150 cm mayor.

Hay muchas variables que aun son desconocidas para la mayoría de la población. Una de ellas se refiere a la inercia y duración del CO2 en la atmósfera. Pocos saben que 1/3 del CO2 antropogénico permanece en la atmósfera después de 100 años y que 1/5 persiste al cabo de 1000 años. Esto tiene serias implicancias en las medidas de mitigación que se aborden.

La severidad del cambio climático inducido por el hombre no depende sólo de la magnitud del cambio sino también de su potencial de irreversibilidad. Los sistemas naturales tienen “puntos de inflexión” más allá de los cuales los daños se vuelven irreversibles. Numerosos experimentos y registros paleoclimáticos han demostrado la importancia del potencial de retroalimentación positiva en el agravamiento del cambio climático. Hace 55 millones de años, un calentamiento global produjo el derretimiento del permafrost (suelo congelado) y la subsecuente liberación del metano boreal, todo lo cual sumó 4° C más a la temperatura que provocara el derretimiento inicial. Más del 75% de las especies se extinguieron.

Mirar el pasado en busca de equivalencias y proyectar escenarios a partir de la abundante evidencia es lo que la mayoría de la comunidad científica está haciendo. Sus investigaciones, cuando no ellos mismos, urgen a la sociedad y a sus líderes a actuar hoy a fin de cambiar el curso de un inminente desastre ambiental y social. El que tengan éxito, depende de todos.

Desigualdad Climática

El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) estima en su informe del año 2007 que 20 a 30% de las especies en el mundo se encontrarán en peligro de extinción para finales de este siglo. El deterioro de la biodiversidad amenaza el bienestar humano, sobre todo en las poblaciones rurales y en las comunidades indígenas cuyo medio de subsistencia a menudo depende directamente de la biodiversidad y de los beneficios de los ecosistemas. De acuerdo a las “Perspectivas Ambientales de la OCDE para el 2050”, se estima que la biodiversidad disminuirá un 10% adicional hacia 2050 y que la extensión de los bosques primarios, ricos en biodiversidad, se reducirá un 13%.

La pérdida de la biodiversidad es preocupante no sólo debido a su impacto directo en los medios de vida de las personas, sino también por el papel que cumple como mitigador natural del cambio climático. Los procesos de autorregulación de los ecosistemas son fundamentales para este fin, como es el caso del hundimiento y fijación del CO2 de la atmósfera. Actualmente sólo el mar secuestra el 30% del CO2 que emitimos cada año.

Si a la pérdida de biodiversidad agregamos el deterioro de la pesca; los desastres relacionados con el clima como huracanes y avalanchas, brotes de enfermedades, el aumento del nivel del mar; y sumado a esto consideramos otros efectos sinérgicos como la contaminación, la sobrexplotación de recursos y estrés hídrico, tenemos entonces una situación comprometedora para una gran cantidad de personas en el mundo.

El último reporte del IPCC (2007) indica que las regiones calificadas como muy áridas se han duplicado desde la década de los sesenta. Las sequías y hambrunas del cuerno de África o las inundaciones del Punjab son postales macabras, tal vez las más recientes de una realidad que crece a la par de la indolencia e impavidez del mundo globalizado. Comprender la desigual distribución de los beneficios y de las cargas ambientales es condición para dimensionar las implicancias éticas y morales de la inacción frente al cambio climático.

De acuerdo con un reporte realizado por el Foro Global Humanitario el año 2010, cada año mueren 300.000 personas producto del cambio climático y 325 millones son afectadas seriamente. El informe consigna que 4 mil millones de personas son vulnerables al cambio climático y 500 millones corren grave riesgo. Es más de la mitad del mundo la que se encuentra en un estado vulnerable. Cuesta imaginárselo cuando la gran mayoría del mundo desarrollado forma parte de los 3 mil millones que no lo está.

Robert Kaplan, un importante pensador y ensayista contemporáneo, en un lúcido ensayo es lapidario: “Hemos entrando a un mundo bifurcado. Parte del mundo está habitado por el último hombre de Hegel y Fukuyama: saludable, bien alimentado y consentido. La otra parte más extensa del mundo, está habitada por el primer hombre de Hobbes: condenado a vivir pobre, salvaje y disminuido. Como sea, ambas partes del mundo se verán amenazados por el estrés ambiental. El último hombre será capaz de dominarlo; el primer hombre, no”.

Si la desaparición de especies del planeta, la tribulación de los osos polares, la muerte incolora de arrecifes de corales no nos desconcierta; si la quema y tala de bosques, el retroceso de hielos y glaciares no nos conmueve, tal vez lo hagan las penurias que vivirán muchos seres humanos en el mundo. Tal vez los refugiados climáticos huyendo del hambre y la sed, muriendo en el camino; los desplazados de la costa por el aumento del nivel del mar o por la muerte de los recursos que hasta hace poco eran su sustento; o aquellos que mueran ahogados en inundaciones, avalanchas y huracanes; puedan conminarnos a cambiar.

Si aun así sentimos todo aquello tan lejano; si la anestesia de ver tanta miseria ha erosionado nuestra capacidad de empatía, responsabilidad y perspectiva, al menos confiemos en que el conocimiento haga lo suyo, de manera lenta como es su costumbre, pero persistente; las generaciones venideras merecen ese mínimo esfuerzo.

Entrando en Aguas Estancadas

Las naciones han reconocido que se requiere estabilizar la composición atmosférica a un nivel que evite el peligro del cambio climático antropogénico. Pero cuál es el nivel que resulta “peligroso”. La cumbre del clima de Copenhague (COP 15) estableció un límite de temperatura de 2° C por encima de los niveles pre-industriales. De rebasar este umbral, alcanzaríamos un punto de no retorno. Lamentablemente, al día de hoy no se ha logrado un acuerdo que remplace al Protocolo de Kioto, punto de partida si se quiere evitar la barrera de los 2° C.

La OCDE prevé que las emisiones de GEI se eleven en 50%, principalmente debido al incremento de 70% en las emisiones de CO2 relacionadas con la generación de energía. La concentración de GEI en la atmósfera podría alcanzar 685 partes por millón (ppm) hacia 2050. Como resultado, se proyecta que el aumento de la temperatura media global aumente entre 3 °C y 6 °C hacia el final de siglo. Esto constituye el escenario de referencia que estamos llamados a evitar.

Los países ricos y los en vías de desarrollo no han asumido en propiedad los alcances que puede desencadenar el cambio climático para el mundo; por el contrario, la gran mayoría ha priorizado dinamizar sus economías para obtener ventajas comparativas, aún a riesgo de que los impactos ambientales terminen por deteriorar la calidad de vida y las economías de estos países.

Esta suerte de solipsismo estatal, donde lo único que vale es cubrir las necesidades de los connacionales (cuando no las propias), y donde nada existe más allá de las fronteras, ha comenzado a desvanecerse tras comprobarse que no hay país inmune a las consecuencias negativas del cambio climático.

Tal vez porque la solución depende de la modificación de conductas arraigadas y de políticas de Estado con vocación planetaria, es que muchos prefieren evadir el problema, ignorar las alarmas, postergar las acciones y en algunos casos relativizar las consecuencias.

Paul Kennedy, historiador de la Universidad de Yale y experto en relaciones internacionales, en un interesante libro publicado en 1997 sobre los desafíos del siglo XXI, se pregunta: ¿por qué hacer más, si ello implica hacer cambios en la prosperidad y el modo de vida propios? ¿Qué interés práctico deben tener los agricultores de Kansas o la amas de casa en Tokio –con sus propios problemas– por el hecho de que los etíopes se mueran de hambre o los bengalíes sean víctimas de inundaciones? William Rees, profesor de la Universidad de British Columbia y co-autor del concepto Huella Ecológica, se pregunta: ¿cuántos países ricos están seriamente considerando las implicaciones de una “economía de lo suficiente”? Aquellos que viven vidas materialmente excesivas no están, por lo general, aún preparados para rebajar su nivel de consumo (o al menos su uso de energía y materiales), para que otros puedan llegar a vivir.

Se tienen dos visiones, dos respuestas ante esta disyuntiva. Una revela la doctrina de ”el fin justifica los medios”, ilustrada por el primer presidente Bush en la Cumbre de Río de 1992: “el estilo de vida estadounidense no es negociable”. La otra, la ha expuso James Hansen de forma muy clara: “los cambios que se requieren no significan penurias o un detrimento de nuestra calidad de vida. Muy por el contrario. Esto resultará en un medioambiente más limpio y un mayor bienestar para todos”.

De acuerdo a la OCDE, limitar las concentraciones de GEI en 450 ppm para el año 2050 representa una disminución del crecimiento económico 0,2 puntos porcentuales en promedio cada año, lo cual costaría un 5.5% del PIB global en 2050. Esto es significativamente menor al costo potencial de no actuar, que algunos estiman podría ser de hasta 14% del consumo mundial promedio per cápita.

Cambio climático made in Chile

Existe una clara conexión entre el cambio climático, políticas energéticas y otros problemas públicos, por lo que resulta difícil lograr cambios fundamentales producto de la oposición de intereses poderosos. Hoy en día, las formas más baratas de producir son al mismo tiempo las más contaminantes. El uso y el precio del carbón en la forma en la que está siendo utilizado es el principal responsable directo de las emisiones mundiales (~ el 40%), y al mismo tiempo, constituye una de las piedras de tope para alcanzar acuerdos.

Chile no escapa a esa realidad: entre 1990 y 2006 las emisiones de GEI del país crecieron 232% (85% de ellos corresponde al sector energía). Después de China somos el país que más ha aumentado sus emisiones. Es cierto que en términos absolutos nuestra contribución nacional es escasa, sin embargo la tendencia pronto nos obligará a adoptar medidas más estrictas, sobre todo si se piensa en las más de 40 termoeléctricas a carbón en carpeta o en construcción que vendrán a engrosar nuestra huella de carbono; sólo Castilla aumentaría las emisiones de CO2 del país en un 8%.

Si bien Chile no tiene obligación de mitigar por no ser parte del Anexo 1 del Protocolo de Kioto, y a pesar de que los países en desarrollo tienen distintas responsabilidades respecto de los países desarrollados, la posibilidad de gravar las emisiones de CO2 anunciada en la Política Energética va en la dirección correcta. Esta iniciativa no sólo desincentivaría la generación más contaminante, sino que podría convertirse en el mayor impulsor para la masificación de energías limpias, las que podrían competir en igualdad de condiciones, sin el subsidio encubierto de la contaminación termoeléctrica. Es de esperar que esta idea no se diluya como otras por efecto del lobby intragubernamental.

Chile ya está sufriendo las consecuencias del cambio climático. Por más que quieran circunscribir la escasez de lluvia de la zona norte y central a un evento puntual, la tendencia a largo plazo indica una expansión en la desertificación. Los pronósticos no son alentadores, se estima que la media de precipitaciones de estas zonas siga cayendo. Tal escenario exige un manejo de los escasos recursos hídricos. Por esto, la minería, tal y como la concebimos hoy, es incompatible con la vida humana en estas regiones.

El contribuir a las causas del cambio climático y padecer algunos de sus efectos nos debe animar a ser parte también de las soluciones.

Nesko Kuzmicic
Biólogo Marino

Global Humanitarian Forum (GHF). 2010. Human Impact Report: Climate Change – The Anatomy of a Silent Crises. http://www.ghf-ge.org/human-impact-report.pdf

Hansen J. 2006. The Threat to the Planet: How Can We Avoid Dangerous Human-Made Climate Change? Remarks of James E. Hansen on 21 November 2006 On Acceptance of WWF Duke of Edinburgh Conservation Medal At St. James Palace, London At St. James Palace, London

Hansen J, et. al. 2007. Dangerous human-made interference with climate: a GISS model E study. Atmospheric Chemistry & Physics. 7: 2287- 2312.

Kaplan R. 1994. The Coming Anarchy: How scarcity, crime, overpopulation, tribalism, & disease are rapidly destroying the social fabric of our planet. The Atlantic Monthly, Febrero 1994.

Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). 2007. Climate Change 2007: The Physical Science Basis. Contribution of Working Group I to the Fourth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Core Writing Team, Pachauri, R.K & Reisinger, A. (eds.). Geneva, Switzerland: IPCC.

OECD Environmental Outlook to 2050: The Consequences of Inaction. http://www.oecd.org/document/11/0,3746,en_2649_37465_49036555_1_1_1_37465,00.html

Rees W. 2002. Globalization and Sustainability: Conflict or Convergence? Bulletin of Science, Technology and Society 22 (4): 249-268.

Un Comentario

  1. Pingback: La coctelera de fin de año: VerDeseo durante el 2012 « VerDeseo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: