Especial Febrero 2013: Medidas que sacan chispas


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En noviembre pasado, dos turistas israelíes fueron expulsados por acampar en una zona no habilitada al interior del Parque Nacional Torres del Paine. Un par de semanas después, otros cuatro compatriotas los siguieron por provocar disturbios y no seguir las instrucciones del personal autorizado. La temporada alta (que es sinónimo de temporada de incendios) recién comienza en esta reserva mundial de la biosfera. Cabe preguntarse cuántos más de los 140 mil visitantes que se proyectan correrán la misma suerte de estos pioneros mal portados, y cómo implementará Conaf junto a Carabineros su nueva normativa de seguridad.

Como consecuencia del incendio que consumió casi 18 mil hectáreas del parque a comienzos de 2012 (atribuido a un turista, israelí también, que quemó un papel higiénico en medio de un sendero), la Corporación Nacional Forestal estrena este año nuevas reglas para quienes lo visitan, especialmente para quienes hacen los trekking más largos. Parte de este “programa integral de mejoramiento de gestión” consiste en hacerles a los caminantes una inducción sobre medidas de seguridad y darles una una tarjeta de registro que deberán llevar durante su estadía, para facilitar su identificación. El chipe libre para caminar a cualquier hora también se acaba. A partir de ahora, la idea es que nadie circule por los senderos después de las seis de la tarde, para así evitar que terminen acampando y encendiendo fuego en áreas no habilitadas para ello. Dice Conaf que se monitoreará a los turistas con cámaras de video, y que el nuevo contingente de guardaparques (30 permanentes y 80 transitorios) velará porque estas reglas se cumplan. Mientras algunos (como el Premio Nacional de Arquitectura 2006 Germán del Sol) alegan que estas nuevas medidas matarán la experiencia de lo inhóspito que buscan quienes vienen hasta aquí, otros nos preguntamos si son suficientes para evitar nuevas tragedias.

El viento en el Paine no es chiste. Hace un par de semanas solamente, dos buses turísticos llenos de pasajeros volcaron mientras estaban detenidos en el sector Las Mellizas, gentileza de rachas calculadas en 180 kilómetros por hora. En el Glaciar Francés, saben los arrieros que el viento bota caballos al suelo. Es ese mismo viento el que convierte la llama de un inocente fósforo en una pira incontrolable y una colilla de cigarrillos en – literalmente – un arma de fuego.

Dice Del Sol que el objetivo de quienes viajan al Paine “tal vez sea exponerse a los imprevistos de la naturaleza y encontrarles su lado bueno, para volver renovado a casa”, y que el precio de evitar incendios será  a costa de “destruir la experiencia que las visitas buscan, para salir un rato del ambiente controlado de la ciudad donde viven”. Autor de dos de los hoteles más exclusivos de la Patagonia Chilena, Del Sol teme por supuesto arruinar el paseo de una clientela que explora esta zona remota con actitud de Livingstones o Amundsens del siglo XXI enfundados en goretex a la conquista de lo ya conquistado. Dice que “ningún viajero viajado quiere ser boy scout, ni caminar vigilado por un helicóptero, ni que los guardaparques le den charlas antes de entrar”.

Hay dos problemas, sin embargo, con este tipo de pensamiento. Primero, creer que existen en el mundo áreas libres de la interferencia humana es una ingenuidad. Antes de ser parque nacional y reserva mundial de la biosfera, grandes áreas del parque eran en efecto estancias ganaderas. Y antes de eso, territorio tehuelche. Incluso donde nadie nunca ha puesto un pie sí se ha puesto un ojo y se ha hecho una cartografía. No hay que pisar un lugar para controlarlo. Segundo, llegar a un lugar como el Paine con actitud de conquista de lo desconocido es justamente lo que hay que evitar. Tras una breve temporada como guía en esa zona, puedo atestiguar que son quienes piensan así los primeros en dejar los senderos autorizados e internarse en lo inhóspito… para luego contarles la historia a los demás y sentirse especiales. De hecho, llevado al extremo, es este hedonismo exclusivista el que amenaza con arruinar los últimos enclaves simbólicos de “naturaleza virgen”, y convertirlos en reductos donde sólo los que pueden pagar pueden llegar (sea el Paine, la cumbre del Everest o el corazón de la Antártica).

Por otra parte, cabe preguntarse si las medidas de prevención propuestas no son todavía demasiado suaves. Nada se dice, por ejemplo, de la cantidad máxima de personas diarias autorizadas a hacer determinadas caminatas. Y nada se dice tampoco de hacer campaña todo a lo largo del parque con carteles que adviertan a los turistas del riesgo de fuego y de las consecuencias que los anteriores incendios han dejado. ¿Sería mucho pedir, por ejemplo, que los interesados tuvieran que inscribirse por un sistema online antes de llegar, evitando así las improvisaciones de último minuto? ¿O exigir que los acompañe un guía autorizado? Varios parques a nivel mundial funcionan así y nadie se ha quejado. En términos de concientización, se podría informar a los turistas sobre proyectos como Reforestemos Patagonia, y hacer que parte de su entrada fuera efectivamente destinada a plantar nuevos árboles en las las zonas quemadas.

Que un patrimonio mundial como Torres del Paine sea chileno es un chiripazo, y los chiripazos se pueden aprovechar o desperdiciar. La campaña de prevención de Conaf es definitivamente un avance respecto a lo que había. Habrá que ver cómo funciona en la práctica y cómo puede mejorarse aún más.

Por Alejandra Mancilla

Periodista y filósofa

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