Especial Febrero 2013: Montañas que caminan


6904758951_6868a06560_z

Cuando Dōgen, el gran maestro budista del siglo XIII, para ilustrar el incesante flujo del universo y sus fenómenos afirmó que las montañas caminan, sus palabras sin duda debieron haber sonado escandalosas, aún para el Japón místico y supersticioso de la época. Hoy en día, con el antropocentrismo exagerado que caracteriza al mundo “moderno”, decir que una montaña es un ser animado no solamente genera zozobra sino que es en sí un acto de transgresión. Por lo menos así lo debió haber visto el ejecutivo de la compañía estadounidense Muriel Mining Corporation, al que le dijeron que debía suspender operaciones de inmediato, ya que el cerro que su empresa quería convertir en una mina de oro a cielo abierto era realmente una deidad llamada Haykatumá, madre de todos los animales y fuente de la espiritualidad del pueblo indígena Embera en Colombia.

El anterior no es un caso aislado, ya que a causa del “boom” de megaproyectos mineros y energéticos que están afectando a toda América Latina desde finales de los noventa, se ha empezado a consolidar una suerte de política post-humanista que busca subvertir los postulados principales del proyecto occidental que se ha buscado imponer desde la época de la Conquista. No es nada extraño ver hoy en día cómo ríos, plantas, montañas y animales son movilizados a la esfera política en forma de leyes, manifestaciones, políticas públicas e instituciones. Quizás uno de los ejemplos más elocuentes es la inclusión de la Pacha Mama (naturaleza o madre tierra) como sujeto pleno de derechos en la Constitución Política de 2008 del Ecuador a causa de una maniobra parlamentaria de una coalición de partidos indígenas y movimientos ambientalistas. En particular, se incluyó todo un capítulo sobre “los derechos de la naturaleza”, el cual se refiere a la Pacha Mama como un ser viviente y sensible que tanto el Estado como los ciudadanos tienen el deber de proteger. Esto evidentemente causó bastante molestia entre capitalistas, clases dirigentes tradicionales, e incluso en políticos como Rafael Correa, quien pese a autodenominarse de izquierda, no ocultó su molestia por la incorporación de este extraño ser (desde un punto de vista “moderno”, claro está) a la Constitución.

La antropóloga Marisol de la Cadena se refiere a estas entidades no humanas como “seres de la tierra”, y de acuerdo con ella, marcan un cambio de época en el que las cosmovisiones indígenas, después de haber sido excluidas durante siglos, empiezan a influir en la política tradicional latinoamericana y a generar malestar en el matrimonio neoliberal entre capital y Estado. Ante todo, esta política post-humanista emergente se ha convertido en un símbolo de la defensa del medio ambiente y día a día sus seres de la tierra se hacen más presentes en las calles, plazas públicas y foros institucionales luchando contra la arremetida del capital trasnacional en los recursos naturales de la región. La figura del indígena, antes considerada como sinónimo de atraso y marginalidad, hoy se está legitimando políticamente en segmentos no étnicos de la sociedad, y nos está haciendo superar ese complejo cultural latinoamericano consistente en querer renegar de lo nuestro e imitar en todo a los países del hemisferio norte.

Esta interesante coyuntura histórica tiene un trasfondo institucional muy claro, ya que en principio surge gracias al llamado “giro al multiculturalismo”, que durante la transición a la democracia de los años 90 en Latinoamérica generó diversos espacios para la integración cultural de las minorías étnicas y su inclusión a los procesos democráticos. Figuras como reconocimiento expreso de las culturas y saberes indígenas, educación bicultural y bilingüe, autonomía territorial y jurisdiccional, e incluso escaños reservados en el parlamento para representantes indígenas adquirieron estatus legal e incluso constitucional en varios países. Contrario a lo que se podría pensar, los pueblos indígenas no solamente alcanzaron grandes logros en países con un alto porcentaje de población étnica como Bolivia y Ecuador, sino también en países como Brasil, Venezuela y Colombia, donde la población indígena no supera el 4%. En general, las constituciones de los 5 países mencionados y las de varios más en América Latina, reconocen la naturaleza multicultural y multiétnica de sus respectivas naciones, y adicionalmente garantizan autonomías territoriales para sus comunidades indígenas y otra suerte de mecanismos para su adecuada integración y representación.

Desafortunadamente Chile es uno de los pocos países que brilla por su ausencia en el giro al multiculturalismo, además por razones que no logro explicarme, ya que cuatro gobiernos de la Concertación (una coalición de partidos supuestamente progresistas) pasaron por La Moneda de forma ininterrumpida por 20 años sin que se haya producido ningún cambio tangible al respecto. Si bien Chile es signatario de la Convención 169 de la Organización International del Trabajo sobre pueblos indígenas y tribales desde el 2008, da la sensación de que no se han tomando las medidas necesarias para implementarla de acuerdo con los lineamientos establecidos en el instrumento mismo. Es lamentable que los indígenas en Chile tengan que seguir luchando por demostrar que no son terroristas -como lo están haciendo ahora en La Araucanía- cuando lo único que buscan es algo que está reconocido de sobra no solamente en instrumentos internacionales de toda índole, sino en la mayoría de los países de la región. Reconocer institucionalmente este multiculturalismo (que siempre ha existido de facto) sin duda le abriría la puerta a la política post-humanista, permitiendo que mapuches, aimaras, atacameños y quechuas, entre otros, sumen su voz al movimiento social en Chile, como sucede en gran parte de América Latina. Como bien lo han dicho los filósofos contemporáneos Michael Hardt y Antonio Negri, la resistencia frente al imperialismo post-moderno debe ser multicolor, polifónica, carnavalesca; un conjunto heterogéneo de distintas voces apuntando a un mismo fin. El diálogo no es simplemente una conversación entre dos o tres personas, sino un dispositivo abierto o ensamblaje en el que cada individuo tiene igual fuerza y dignidad frente a los demás. Como las montañas de Dōgen, los seres de la tierra, cosmologías y saberes indígenas, hoy más que nunca, tienen que movilizarse y enriquecer así las ecologías políticas del siglo XXI.

Por Martín Arboleda

Fotografia de  blmiers2 (licenciada con Creative Commons)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: