Yo marcho este 11 de abril


G1

Este 11 de abril volverán a salir a las calles los estudiantes, esta vez convocados por la Confech. Y el 22 de abril se darán cita en Santiago personas y organizaciones de diferentes rincones de Chile para marchar por la defensa y recuperación del agua. Detrás de estas personas y organizaciones hay demandas diversas, pero también hay vasos comunicantes que señalan el agotamiento de una forma de hacer política, de un sistema de representación, de las reglas del juego, así como de lo que por muchos años fueron las coordenadas clásicas para orientarse en lo político.

Tanto los estudiantes como quienes buscan defender el agua demandan derechos. Que la educación no sea un bien de consumo más, sino que un derecho. Lo mismo sucede con el agua, la cual en Chile es privada. En ambos casos en Chile experimentamos con un modelo que en esos años, los 1970s, al menos tenía el mérito de presentarse como novedoso. Si bien muchos advirtieron que la lógica del mercado no podía ser aplicada a diestra y siniestra (ver el trabajo de Karl Polanyi, por ejemplo) las implicancias concretas de llevar a cabo lo que se conoció como “neoliberalismo” no se conocían todavía, menos en América Latina o en Chile.

Muchos han señalado que Chile es el caso paradigmático que llevó el neoliberalismo a la práctica hasta sus últimas consecuencias. También se ha señalado que los sucesivos gobiernos de la Concertación post-dictadura se encargaron de reformarlo, manteniendo sus principios fundamentales inalterados, pero reformándolo al fin y al cabo, reduciendo la pobreza (aunque es discutible la forma de medirla) y logrando alguna suerte de chorreo, sin por ello disminuir la distancia entre ricos y pobres (la cual de hecho aumentó).

¿Por qué marchan y marchamos entonces hoy? A mi parecer se ha dado un proceso en Chile que no podía acontecer sin que antes pasara el tiempo necesario para vivir, observar y medir las consecuencias de las decisiones tomadas años atrás. En el caso de la educación, la deuda de miles de estudiantes; un mercado laboral que no entrega, a través de los niveles de sueldos, ni siquiera para cubrir la deuda que significó estudiar; problemas con la calidad; entre otras situaciones que convirtieron una situación precaria en insostenible.

Algo similar sucede con el agua. Efectivamente antes en Chile no había tantos conflictos ambientales. Y no solo porque la gente fuera menos “consciente” ambientalmente. En América Latina, las fronteras de explotación y producción han alcanzado incluso los parajes más lejanos e inexplorados. Lo anterior se debe al boom de los recursos naturales (o “commodities”), la crisis global (y la búsqueda de inversiones seguras), la mejoría en las técnicas de explotación y las posibilidades de transporte, entre otros factores. No es casualidad, por ejemplo, que Codelco quiera llevar ahora adelante su proyecto Andina 244, la mina de rajo abierto más grande del mundo. El mineral se le acaba a la cuprífera y es cada vez más difícil encontrar material de alta ley.

Así, igual que en la educación, el caso del agua nos muestra cómo la falta de derechos (y el respeto de ellos) en áreas clave, así como la explotación sin límites (de los recursos naturales y ecosistemas, pero también del “mercado” educacional) nos llevan a una situación insostenible (y en este caso bien concretamente, en el norte del país, muchas comunidades ya no tienen agua, se acabó). Y de allí el estallido social, el cansancio y la sensación de haber sigo engañados, ya que quienes debiesen velar por el interés público lo han hecho por intereses privados.

En este sentido, y ante la actual coyuntura política chilena, me parece que hay dos niveles donde podemos observar la necesidad de un nuevo camino, una nueva forma de hacer política, algo que hace algunos años en Alemania resonó con el lema: “los verdes no van ni a la izquierda ni a la derecha, sino que adelante”. Este dicho de ninguna manera implica una noción “a-política” o alejada de la política. Por el contrario, con la frase se buscaba señalar el agotamiento de los ejes de la política alemana tradicional, similares hasta cierto punto a los chilenos.

Así, habría dos niveles en los cuales esta afirmación se hace aun más pertinente y en donde los principios y el pensamiento desarrollado a partir de esa experiencia (la de los verdes en Alemania, pero también en todo el mundo) pueden iluminar el debate y contribuir a enriquecer nuestra política. No para acabar ni con los partidos, ni con la izquierda, ni con la derecha, sino que para ampliar el espectro de posibilidades.

En un nivel que calificaré de “pragmático”, está que en la práctica la Concertación y la Alianza, más allá de algunas diferencias, ya no se diferencian sustantivamente entre sí (razones hay muchas). No solo en el plano ideológico, sino que, más preocupante aun, en el actuar concreto día a día. Esto se ha dejado entrever en las votaciones en el Congreso (donde el senador Navarro, parafraseando a Nicanor Parra, señaló: izquierda y derecha unidas jamás serán vencidas), pero también, ahora último, con el aterrizaje de Michelle Bachelet y las reacciones de los partidos de la Concertación frente a las demandas de los dirigentes estudiantiles por espacios de representación en la carrera electoral que comienza. Escuchar a Bachelet en El Bosque hace algunas semanas fue como un flashback, como si el tiempo no hubiera pasado y estuviéramos de nuevo en el 2009. Ni siquiera se sintió el efecto MEO en su discurso, para qué decir el dar alguna cuenta de los cientos de miles de personas que inundaron las calles varias veces el 2011.

Sin embargo, hay otro nivel, no solo concreto, sino que más “teórico”, donde varios pensadores han mostrado elocuentemente el agotamiento de ciertos discursos más bien “modernos” (en el sentido de entender la política bajo las claves de esa época), liberales y muchas veces eurocéntricos. En este sentido, para muchos, el famoso “giro a la izquierda” de América Latina sería más ambiguo. Esto, porque si bien en muchos sentidos podemos calificar a Evo Morales, Rafael Correa, Hugo Chávez y los Kirchner como una reacción y partida desde el afán neoliberalizador de los 1990s, difícilmente calificarían como “izquierda” en el sentido más clásico del término, sobre todo Morales y Correa, ya que en su seno está también la inclusión de prácticas y simbologías que hacen ilusión a cosmovisiones distintas, así como visiones no del todo “modernas” del desarrollo (ejemplificadas en nociones como las del “buen vivir”). Lo anterior, con toda la complejidad, ambigüedad y contradicciones propias de experimentos que toman direcciones aun no exploradas.

Curiosamente, un diagnóstico similar ha sido hecho por pensadores y activistas en la misma Europa (moderna y liberal). A veces desde la modernidad, a veces a partir de ella, otras desde el liberalismo o partiendo de él, el pensamiento verde justamente observó las limitaciones de una forma de entender la política y propuso nuevos códigos y formas de entenderla. Por supuesto que esto fue, en parte, posibilitado por los mismos logros de la época que se buscaba trascender. No estamos hablando de revoluciones, sino que de nuevas sensibilidades y perspectivas que han encontrado un lugar en el espacio público y político.

En esto concuerdan y se encuentran los movimientos que se darán cita durante abril y mayo este 2013. No puedo extenderme aquí en los contenidos de este pensar y actuar verde por razones de espacio. Algunos se encuentran esbozados en esta columna de Leonardo Valenzuela. Alejandra Mancilla también reflexionó en torno a ellos aquí, y es posible encontrarlos resumidos en los principios que iluminan a Verdeseo.

Me gustaría finalizar, eso sí, con una reflexión más. La idea de que esta ola de movilizaciones pasará en algún momento y volveremos a la normalidad es complicada y obedece, una vez más, a una lógica de lo político que me parece agotada e insuficiente. Una de las razones por las cuales el Partido Verde alemán ha logrado tener tanto éxito en Alemania se debe a que el movimiento ambiental no se transformó nunca en el Partido Verde. Una parte del movimiento se institucionalizó, pero este ha seguido siempre activo y monitoreando a sus representantes. Para mí, una escena clave es la de 1999, cuando Joschka Fischer tuvo que rendirle cuentas (en esa época era Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania) a las bases del Partido por su decisión de apoyar la invasión a Kosovo (uno de los principios de los verdes es la no violencia). La escena no deja de ser significativa: el ministro rindiendo cuentas frente a una gran audiencia, un partidario indignado le tira una bomba de pintura a la cara, ante lo cual Fischer, indignado, debe contener las lágrimas, pararse, y defender su posición (en un gran discurso). ¿Alguien imagina a alguno de nuestros ministros rindiendo cuentas de esa manera? (y no digo que tirar bombas de pinturas sea la forma tampoco). Por otro lado, los verdes alemanes nunca han dejado de estar divididos entre la sección más “idealista” (fundis) y la más “realista” (realos), pero todo eso ha significado que sean un partido diverso, un movimiento-partido, organizado y plástico a la vez.

Este jueves 11 de abril está convocada la primera gran marcha de este 2013. Ahora, más que nunca, creo que es importante marchar. Cuando marchamos este 11 de abril por la educación, lo hacemos por razones muy similares a las que impulsan a quienes el 22 de abril marcharán por el agua, y el 11 de mayo por la igualdad y contra la homofobia. Por lo mismo, yo marcho este jueves 11 de abril, y el 22, y el 11 de mayo, y … seguiré marchando.

Colombina Schaeffer

  1. arturo lois

    Estoy de acuerdo en todo.sobre todo en recalcar que Chile es el mas neoliberal del planeta .Somos los unicos en tener la UF para defender al capital.y tenemos una tremenda maquina publicitaria para mantener el consumo-credito funcionando al 100%.Notemos que la derecha se esta mordiendo la cola al aceptar en Magallanes ( gas) que primero esta el consumo de las personas y despues el de las empresas.mutatis mutandi y el agua no seria lo mismo.?Estan resucitando las necesidades basicas escamoteadas por el modelo.Todo era consumo.Hasta la educacion y salud Fuerza. arturo lois

  2. Martín

    Estimada Colombina,

    Me gustó mucho la columna, me parece que logra sintetizar demasiado bien el momento por el que está pasando Chile actualmente, y además describe muy elocuentemente el descontento “sistémico” de miles de personas en estos momentos. Sin embargo, no estoy de acuerdo con el hecho de que los rótulos de izquierda y derecha hayan perdido significado, y mucho menos en la política electoral. Considero que el hecho de que en Chile la concerta y la alianza se hayan mimetizado hasta el punto de convertirse en lo mismo, no significa que ahora no haya que ir hacia la derecha o la izquierda sino “hacia adelante”, pues estos rótulos son demasiado importantes ya que le sirven de atajo cognitivo al votante promedio que necesita asociar partidos y candidatos a valores específicos.

    Nadie dudaría que un movimiento o partido ambiental se identifica mucho más con valores de izquierda que de derecha, y que aunque Evo Morales y su partido MAS rechacen muchos paradigmas modernos y occidentales, su propuesta política no deja de ser clasificada como de izquierda tanto por expertos como por la opinión. En general, y aunque me parecen incómodos y rígidos estos sellos semánticos, creo que siguen siendo necesarios en el mundo electoral en la medida en que identifican a quién se representa y contra quién se lucha. Aunque no comulgo 100% con lo que dice Ernesto Laclau, concuerdo con su idea de que cualquier política progresista tiene que empezar por definir sus adversarios. Creo que en pocas palabras eso es lo que le ha recriminado el movimiento social a Bachelet últimamente, que al parecer no es posible identificar a sus adversarios.

    En fin, estoy de acuerdo con que se necesitan nuevos códigos, pero considero que no hay que perder de vista el hecho de que la política electoral (y sobre todo la política ambiental en un mundo en crisis ecológica) es un ejercicio confrontacional en el que se necesitan nomenclaturas básicas y universales, sobre todo cuando hay información imperfecta.

    Muchos saludos!

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