Ratings televisivos y rankings académicos


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Mi primera carrera fue periodismo y uno de los lugares donde la ejercí fue la televisión. Durante poco más de dos años tuve la suerte de trabajar en un programa gracias al cual recorrí lugares insólitos a los que nunca habría podido llegar sin cámara, y armé reportajes sobre temas variados: el mundo de la moda en Chile, los artistas callejeros, los ingleses y la monarquía. Con la ayuda de las curvas de las entrevistadas, la música pegajosa y los videoclips de bailes sexys, mi “primogénito televisivo” marcó 25 puntos de rating, lo que parece que era bastante, considerando la hora y la competencia del programa. De eso, sin embargo, sólo me enteré a la mañana siguiente de la transmisión, cuando llegué al canal y comencé a recibir las felicitaciones. “¿Felicitaciones de qué?”, pregunté la muy ingenua, creyendo que se habían confundido con la fecha de mi cumpleaños. “¡Marcaste 25! y le ganaste a N.N.”, fue la respuesta. Tambień recibí miradas agrias de otros que parece que nunca habían “marcado 25”. Es uno de mis recuerdos más patentes de mi breve experiencia televisiva.

Pasaron los años y el tipo de preguntas que empezaron a interesarme se hicieron más filosóficas que periodísticas. Sin el ánimo de cambiar una profesión por otra, sino más bien de complementarlas, fui quemando las etapas académicas de rigor: licenciatura y doctorado. Aquí iba a ser diferente, me decía. Adiós mundo superficial de las preguntas superficiales, adiós a la competencia envidiosa y a la evaluación del trabajo propio por una máquina medidora de rating. Tropezón por segunda vez con la piedra de la ingenuidad.

Recién llegada a la academia, veo repetirse los mismos vicios de la televisión con otras formas. Aquí no hay ratings, claro está, pero hay rankings. Y no podría decir que uno es menos siniestro que el otro.
Tras pasar las entrevistas de rigor y conseguir un puesto de investigación del cual quejarse sería el mal agradecimiento más grande, rápidamente me he ido familiarizando con los modos y maneras de quienes buscan “marcar 25 o más” (valga la analogía) en el mundo de la producción intelectual.

Mientras en la arena televisiva al menos los competidores eran honestos en cuanto a la persecución de su objetivo (ser los más vistos, los más admirados y, por ende, los favoritos de patrocinadores y empleadores), en la academia se es demasiado pudoroso para reconocer el objetivo abiertamente: mantenerse trabajando en un medio donde hay cada vez menos oferta y más demanda, conseguir un trabajo permanente de aquí hasta la jubilación, ser publicado en oscuras revistas académicas que cinco gatos leen pero que “dan puntos”, y ser citados por otros, porque esto también suma puntos, aunque los otros sólo lo citen a uno para quejarse de los non sequitur argumentativos. De aquí a incurrir en prácticas dudosas, como pedirle a los amigos que lo citen a una en su próximo “paper” a cambio de citarlos de vuelta en el pŕoximo de uno, hay un paso.

“¡Felicitaciones!”, me dijeron varios colegas el otro día en mi nuevo trabajo, pero esta vez ya tenía claro que no era por mi cumpleaños que me saludaban. Ganarse fondos concursables es otra de las hazañas bien consideradas en la maquinaria académica y, tras salir airosa en un primer intento, me había ganado el respeto (o al menos la atención) de mis pares. Esto es, lo tengo claro, sólo un triunfo parcial, al que habrá que irle sumando papers cuyo impacto será medido por métodos que de científicos poco tienen y que ni siquiera son universales: una revista máximamente cotizada en la academia australiana puede serlo sólo moderadamente en la noruega y no contar para nada en la chilena. Para peor, pocas chances hay de sumar puntos si los temas de interés de uno se salen del establishment (léase, por ejemplo, derechos de los animales o filosofía ambiental). En estos casos, las revistas especializadas – a pesar de ser leídas por un público mucho más amplio y de verdad interesado en esos temas – rara vez aparecen en los ranking estelares. Tampoco cuenta para nada ser maestro de vocación. Al contrario, hacer clases se está transformando crecientemente en un castigo, porque no da muchos puntos para el CV y le quita a uno el poco tiempo que tiene para producir más papers, y más papers, y más papers.

No quiero decir con esto que todos quienes hoy viven de la academia no viven también por ella. Hay muchos (quizás la mayoría) que se apasionan con su trabajo y no se verían haciendo otra cosa. Al menos en filosofía, existen los de verdad amantes del saber por saber, más allá de si ese saber les ganará fondos o no. Tampoco quiero decir que toda evaluación externa debiera eliminarse y suprimirse todos los rankings; es obviamente necesario que exista algún criterio de medición. El problema es que este criterio hoy es impuesto por un grupo de técnicos que han ido transformando poco a poco la universidad y el conocimiento en una empresa como cualquier otra; una empresa donde no se toleran las “pérdidas”, y donde las “pérdidas” se miden como todo aquello que no rinde réditos a corto plazo. En otras palabras, se tiene la vara equivocada para la materia (lo que se hace más evidente aún en las ciencias sociales y humanidades). Así como las reglas de la aritmética no sirven para resolver problemas éticos, como bien lo dijo Aristóteles, las de la televisión tampoco sirven para la academia.

¿Qué hacer? Creo que la respuesta depende del tipo de universidad y de conocimiento que queremos desarrollar. Si lo que se quiere es formar profesionales que quizás funcionarán muy bien dentro de sus limitadas parcelas de conocimiento, e irán haciendo progresar a éste dentro de esos mismos limitados márgenes, pues entonces quizás haya que dejarlo todo como está. Al contrario, si lo que se quiere es formar alumnos completos, con una visión integral y no limitada solamente al saber y quehacer de sus profesiones, se necesitan académicos también integrales, que no se vean obligados a ver la utilidad inmediata de sus investigaciones a cada paso que dan. Para seguir este segundo camino, hay que repensar el sistema actual y tener criterio para balancear el peso de las publicaciones versus el peso de las virtudes pedagógicas, el peso de quienes saben hacer proliferar sus ideas en artículos versus el peso de quienes se toman más tiempo para hacerlas cuajar, pero no son por ello menos “productivos”. Midiéndolos a todos con la misma vara, no haremos más que coartar carreras promisorias e inflar otras estratégicamente bien pensadas, pero no necesariamente aportadoras a largo plazo.

Por Alejandra Mancilla,

Periodista y filósofa

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