Partido Verde Prórroga


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Una de las principales críticas que se le hacen al discurso ambientalista en Chile es la falta de alternativas concretas y plausibles que acompañen el diagnóstico. Para algunos, esta aparente falta de énfasis en las soluciones termina por relegar el discurso “verde” al ámbito ideológico o emocional.

Pero así como estas críticas muchas veces buscan banalizar las posturas contrarias a los intereses de turno, no es menos cierto que la salida genérica de apuntar al “modelo”, al “hombre” (y una visión excesivamente antropocéntrica) o al “paradigma imperante” desenfoca posiciones que debieran ser sólidas y realistas, al menos si lo que se pretende es producir cambios concretos.

David Orr, en su libro Ecological Literacy señala que “una sociedad sustentable, sea lo que sea, debe construirse sobre la visión más realista posible de la condición humana”. Que el estado actual del mundo y la política no nos representen, no nos libra de la realidad contradictoria de la sociedad de la cual formamos parte.

¿Acaso es un contrasentido hablar de pragmatismo cuando se persiguen causas verdes? A ratos da la impresión que todo tiene que fluir naturalmente, y que cualquier intento por articular un discurso que no provenga de la raíz de la autoconciencia holística traiciona la misma esencia de ser verde. Pero, ¿qué es ser verde? ¿Es una forma de vida armónica y sustentable? ¿Es concebirse parte y no sobre la naturaleza? Desde luego. También es una opción política, o al menos debiera serlo.

Al día de hoy, quienes han empujado la discusión ambiental en Chile son los movimientos sociales y algunas ONG. Lograr influir en políticos particulares para que empujen ciertas iniciativas es lo máximo que se ha podido conseguir por la vía institucional. Sin embargo, su éxito ha sido condicionado por los tentáculos del poder económico y por la selectividad que permiten los escasos recursos.

La mayor parte del movimiento social ambiental ha surgido de conflictos puntuales y por ende ha estado enfocado en sus propios objetivos, que de por sí son enormes. Su éxito o fracaso va de la mano del derrotero de los proyectos a los que suelen enfrentarse y pocas veces trasciende su realidad local.

A pesar de que estos últimos años han sido los más fértiles en términos de exposición de temáticas ambientales, no hemos logrado aunar voluntades ni construir las reformas que permitan hacer frente a los problemas estructurales del país. En momentos en que la crisis social y política está dando origen a movimientos nuevos y valientes, los verdes, se perdieron en el horizonte. Me cuesta entender que siendo las temáticas ambientales tan relevantes para la población no exista ninguna representación política formal. Si bien el binominal ha sido el dique que desincentiva la participación y bloquea la representación, me parece que un problema mayor y poco tratado ha sido la tentación de liderar desde arriba, lo que ha provocado un feudalismo impropio de la naturaleza verde.

Así, y por esta misma razón es que creo que el Partido Ecologista se ha farreado la posibilidad de aglutinar a quienes precisamente han levantado las principales demandas ambientales: los jóvenes. Debo reconocer que desconozco la dinámica interna del Partido Ecologista Verde chileno, solo sé que cada vez es más irrelevante dentro del alicaído espectro político chileno.

El reconocer la interdependencia, la solidaridad, la libertad, la responsabilidad, la felicidad y la sustentabilidad como ejes de la sociedad, o al menos a los que ésta debiera aspirar, son valores reconocibles por los verdes. El cómo esta visión o aspiración se articula en un movimiento político y se transforma en realidad tangible es lo que me aleja en estos momentos de lo que actualmente busca representar el Partido Ecologista Verde a través de su candidato presidencial.

Antes de pensar en el nuevo hombre sobre la tierra hay que lidiar con el proceso que significa esa evolución. Políticas sustentables, más que reveladas, debieran surgir del estudio y del consenso. El objetivo, a mi juicio, debiera orientarse a crear una fuerza política que, proviniendo de una visión valórica, pueda enfrentar a la mirada utilitaria y economicista de la sociedad y el medio ambiente que hoy domina en el terreno y en los términos de quienes las suscriben. Crear una plataforma que integre a las miles de voces que se han levantado en los últimos años, pero en una lógica proactiva más que reactiva. Para que la suma de las partes sea mayor que los intereses particulares se debe dejar atrás la lógica de cruzada y asumir que muchos cambios son en verdad posibles si se profundiza en las causas y en la construcción de las alternativas viables.

De continuar con la lógica de tribus, de bosques nativos privados cerrados al público, de superioridad moral con pintura de guerra, vamos a seguir siendo uno de los países con más conciencia ambiental y menor representatividad. Una transformación política requiere de un elemento que a primera vista parece un anatema de las posturas verdes: la vocación de poder. Sin esa vocación de poder e integración, las propuestas y los esfuerzos seguirán siendo fragmentarios, alejados de cualquier concreción. Un partido verde que tenga por motivación lograr las transformaciones políticas, sociales y económicas que el país necesita debe apuntar a ser el centro focal donde las propuestas y análisis de los movimientos, la ciudadanía y las ONG confluyan. Se tienen las bases, se tienen las ideas pero falta el brazo político, el puente que reúna esos caminos.

Por esto, una candidatura verde debiera apostar por la realidad de saberse construyendo una opción posible sobre la base democrática y no testimonial. No hay mejor cambio que el posible y eso no parecen entenderlo aquellos que apuestan al todo o nada, a buenos y malos, a la prórroga del día prometido. Un partido o movimiento político verde, creo yo, requiere de mucho realismo, juventud, oportunidad y generosidad.

Nesko Kuzmicic

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