Con el estómago revuelto


Frankenfood

En el reportaje de Contacto del martes 9 de junio se hizo repentinamente visible un tema que a pesar de estar siempre presente sobre la mesa, pocas veces ha sido ampliamente debatido. El programa de televisión hizo un ejercicio que a pesar de su sencillez y obviedad rara vez se lleva a cabo en Chile, esto es, poner a prueba lo que dice el envase versus lo que efectivamente hay en alimentos básicos y cotidianos como el pan, la leche y el aceite. Los resultados fueron alarmantes y se podrían resumir en que quienes producen los alimentos que consumimos todos los días han traicionado sistemáticamente a los consumidores. Además, esta traición tiene muchas consecuencias, especialmente en términos de la salud y bienestar de la población en general y de la posibilidad de elegir. Y no solo de elegir qué comemos, sino quiénes somos y queremos ser a través nuestras opciones de alimentación; algo nada trivial por sus consecuencias no solo individuales, sino que ecológicas, políticas, sociales y culturales. En el siguiente artículo nos concentraremos en los elementos que se abren a la discusión a partir del reportaje de Contacto.

Y nos siguen pasando gato por liebre

En lo que ya se está convirtiendo en un lugar común en Chile, una vez más, el público se enfrenta a la inquietante realidad de la letra chica y la pillería, literalmente, a que le pasen pasar gato por liebre. El reportaje de Contacto se puede leer como un abuso más de un grupo de empresas frente a las carencias y el desdén del aparato regulatorio. En este caso, y como consumidores, nos enfrentamos a que no es posible saber si lo que dice la etiqueta es efectivamente lo que estamos comiendo. La situación es grave porque no estamos recibiendo aquello por lo que estamos pagando, y en algunos casos el producto adquirido podría incluso implicar daños para la salud. Adicionalmente, el origen y procesamiento dichos productos es oscuro e incierto.

Así, una de las cuestiones más problemáticas de este episodio, es la traición del público, a la fe pública, en el sentido de que lo que se pone en entredicho no es solo esta u esta otra empresa, sino que todo el entramado público-privado involucrado en el mercado de la alimentación. Este entramado implica regulaciones, órganos del Estado, fiscalización, pero también la necesaria confianza en los fundamentos éticos de los agentes participantes en el intercambio (sean estos instituciones, organizaciones, individuos, etc.). ¿Qué pasa por al cabeza de quien comercializa un producto bajo en grasas, pero que en la práctica tiene tanta o más grasa que el producto tradicional en un país donde las primeras causas de muerte se relacionan con enfermedades cardiovasculares, mientras que el sobrepeso y la obesidad son consideradas por algunos especialistas una epidemia?

La revolución de los detalles

El caso sobre la comida en Chile genera tanta alarma e indignación, porque nos sitúa en un escenario de incertidumbre donde se hace evidente cómo un detalle tan básico y cotidiano como la comida nos enfrenta con nuestra propia supervivencia. Y con esto, entendemos supervivencia en un sentido amplio, es decir, las posibilidades individuales de vivir una vida larga y de calidad (sin enfermarse o morir prematuramente por afecciones que se pueden prevenir) y la dimensión ecológica relacionada con la alimentación (formas de producción de la comida, impactos socioeconómicos y culturales de la agricultura, calentamiento global, etc.).

Así, a partir de la controversia en torno a la alimentación en Chile se abren varias aristas del tema. Aquí nos concentraremos en tres. La primera, y también la más evidente, es la relación que se puede establecer entre el consumo excesivo de grasas, azúcares y sodio y una serie de enfermedades (por ejemplo, hipertensión, arteriosclerosis, diabetes, problemas al corazón, accidentes cerebro-vasculares, obesidad, etc.). Esta relación está bastante estudiada y es conocida en las instituciones y organismos ligadas a la salud en su dimensión pública y privada. Tiene consecuencias catastróficas para millones de personas y sus familias, además de los presupuestos de salud del Estado y el impacto en la productividad de los países. En este sentido, y a modo de ejemplo, la cruzada de muchos países en contra del tabaco se ha relacionado muchas veces con el alto costo que implica tener una población que fuma.

Una segunda arista se relaciona con la incertidumbre asociada a las decisiones sobre varias entidades y sustancias que pueden pasar a ser parte de nuestra dieta (por ejemplo, organismos genéticamente modificados (OGM); sustancias como el aspartame, antibióticos, conservantes y preservantes; entre otros). Incertidumbre porque no hay certeza respecto de su influencia en la salud de las personas y el ambiente, en ámbitos tan disímiles como el cáncer y las enfermedades autoinmunes, o la biodiversidad, por nombrar algunos. Si en Chile no podemos si quiera saber cuánta azúcar o grasa hay en nuestra comida, y peor aun, no podemos confiar en que la etiqueta con esa información está diciendo la verdad, ¿qué podemos esperar de estas otras variables donde hay muchísima más incertidumbre y falta de información? Además, en esta área existen en Chile y el mundo actores que insistentemente buscan evitar que esta información se haga pública, como en el caso de los transgénicos [i] y el etiquetado de los alimentos [ii].

La tercera arista relacionada con el tema de la alimentación es una todavía muy oscura y poco discutida en Chile e implica dar varios pasos atrás e interesarnos por el modo de producción, es decir la “biografía”, de los productos que compramos. La forma en que algo se produce es clave, y por lo mismo, no solo importa la etiqueta con el contenido nutricional del alimento, sino que cómo se llegó a ese contendido. Además, es importante saber y entender que ese contenido es relevante más allá de las calorías o grasas. A modo de ejemplo, no es lo mismo endulzar algo con miel que con azúcar. Sí, ambos alimentos tienen azúcares e implican, consumidos en exceso, engordar y una dieta poco saludable, pero a la hora de endulzar algo es mucho más nutritivo y saludable hacerlo con miel que con azúcar, en parte porque el azúcar (sobre todo la común y en general presente en los supermercados chilenos) ha sido varias veces procesada, consistiendo en carbohidratos y químicos (utilizados para que se vea blanca) que luego se ingieren al consumirla. Y aquí, nuevamente, llegamos al tema del modo de producción. A continuación nos detendremos en algunos ejemplos bastante inquietantes que ilustran mejor este tema.

En el caso de los salmones chilenos, y de acuerdo a datos revelados por Oceana  y obtenidos a través de la Ley de Acceso a Información Pública del Ministerio de Economía, la salmonicultura en Chile usa 600 veces más antibióticos que en Noruega. Así, en el año 2007, por ejemplo, Chile usó 385.635 kilos de antibióticos, mientras que en Noruega se utilizaron cerca de 600 kilos para producir una cantidad similar de salmón. Adicionalmente, alrededor de un tercio de estos antibióticos son del tipo “quinolonas”, cuyo uso no está permitido en países que son importantes destinos del salmón chileno (por ejemplo, EE.UU.). El problema con este tipo de antibióticos es que pueden producir resistencia en los seres humanos. En esta línea, organizaciones como  la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) han recomendado que sean usados solo en seres humanos para resguardar su efectividad e importancia para la salud pública [iii].

Ahora bien, el tema de los antibióticos no se restringe solo al reino de los salmones, lo mismo sucede para el caso de la carne de pollo y vaca. ¿Por qué? Porque el producir masiva e industrialmente (y siempre intentando reducir los costos, para aumentar aun más las ganancias), implica tener muchos animales juntos, en espacios reducidos, por ende, muchas más enfermedades y de ahí la necesidad de usar antibióticos. Un paralelo se puede hacer aquí con los monocultivos y el uso híper-intensivo de la tierra, lo que implica el uso de fertilizantes y pesticidas (también complicados desde el punto de vista de salud de la población y las variables ecológicas). Si bien puede parecer como una situación donde todos ganamos (más producción a bajo costo para el consumidor y con muchas ganancias para el productor) en la práctica esta promesa no se ha cumplido. No solo los alimentos son cada vez más caros, sino que, y siguiendo con las leyes básicas de la materia, todo tiene un costo (energía, nivel nutricional, productividad, etc.). Lo anterior implica un costo muy concreto, ya que no es solo una metáfora el dicho de que “somos lo que comemos”. Además de las implicancias ecológicas de estos modos de producción, están las consecuencias fisiológicas, donde se ha descubierto que el valor nutricional de muchos alimentos (carne, pero también frutas y verduras) se ve afectado en función de la forma en que son producidos. Por ejemplo, animales producidos en espacios reducidos y bajo condiciones de estrés presentan varios problemas desde el punto de vista nutricional [iv]. En el fondo, no es de extrañarse que nos enfermemos, si lo que comemos es carne proveniente de vacas obesas que no hacen ejercicio, que toman antibióticos, comen comida ultra procesada y están constantemente bajo estrés. Al comer esa carne, nos comemos también todo lo demás y de paso no adquirimos el contenido nutricional que buscábamos.

Por eso, si nos preocupa nuestra salud, e incluso dejando de lado otro tipo de consideraciones (como las ecológicas o morales), entonces nos preocupará el etiquetado de los alimentos. Para poder saber qué comer. Pero luego, y más allá de la etiqueta, nos preocupará cómo ese alimento se produjo. Si nos interesa la grasa del pan de molde o la falta de bacterias en el proto-yogurt chileno, entonces la existencia de OGM, pesticidas, antibióticos, etc. se vuelve clave también. Y cuando todo lo anterior se vuelve relevante, el modo de producir los alimentos y nuestro propio estilo de vida se tornan de interés.

En Verdeseo queremos tomar parte activa en esta discusión, porque creemos que las prácticas cotidianas pueden ser el motor decisivo del cambio político. Invitamos a actores interesados a sumarse a esta discusión y a estar atentos a las próximas publicaciones con más información sobre tema.

Colombina Schaeffer

Leonardo Valenzuela

Notas


[i] Ver esta nota (Verdeseo) sobre los OGM y los tipos de agricultura, y esta columna (El Ojo Parcial) sobre la controversia en torno a las semillas genéticamente modificas en el mundo y Chile.
[ii] Ver esta noticia (La Segunda) para más información sobre la Ley de Etiquetado y Publicidad de Alimentos (“Ley del Súper 8”), y esta columna de opinión (Ciper) donde se explican las limitaciones de la ley y el efecto del lobby de la industria alimentaria.
[iii] Más información en este artículo.
[iv] Ver la siguiente nota relativa a por qué consumir animales “libres” y no en cautiverio, o esta nota que pone el acento en la forma de producción industrial (y no tanto en la decisión de comer o no comer carne a nivel individual). A diferencia de la última nota, esta sí pone el acento en por qué comer carne no sería lo mejor a nivel individual.

  1. Me parece muy relevante discutir estos temas, y de una forma integral, ya que en estos casos se pone en evidencia la interacción de distintos elementos, y se presentan problemáticas que no se deben tratar por separado (salud humana, salud ambiental, modelo socio-económico, política, etc.).

    Entre varias cosas que destaco del artículo me llamo la atención esta frase;
    “…uso híper-intensivo de la tierra, lo que implica el uso de fertilizantes y pesticidas (también complicados desde el punto de vista de salud de la población y las variables ecológicas).”
    Ya que me hizo recordar el libro Primavera Silenciosa de Rachel Carson, que es parte de la génesis del movimiento ambientalista. El libro describe el problema del uso de pesticidas en el medio ambiente, y el rol de la industria química en el asunto, esto hace más de 50 años, en EE.UU… hay lecciones que no se aprenden…

  2. Pingback: ToxiPollos: Las Dioxinas Otra Vez | VerDeseo

  3. Luis Antonio

    Pienso que debemos darle mayor énfasis a este asunto de la comida envenenada, porque así de peligroso es como nos estamos alimentando, ya que se destapo la olla, debemos ponerle el cascabel al gato, y denunciar estos hechos como lo hizo el programa Contacto, es de suma importancia y en forma urgente que la ignorante población Chilena sepa lo que come, pero también como enfocarse con este tema, y sumado con la toma de conciencia a través de cualquier forma informativa. Los que sabemos esto y estamos conscientes, tenemos el deber, por no decir la obligación de mostrarle a los demás el peligro a que nos exponemos al ingerir alimentos tóxicos y contaminados.

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