¿Somos los usuarios de internet productos?


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“Si no estás pagando por algo entonces tú no eres el cliente, sino el producto”, la anterior es una frase que se ha comenzado a leer con relativa regularidad en internet. El precepto tras ella no es particularmente difícil: si nos rodeamos de servicios que no comportan un costo para los usuarios -entre los que se cuentan buscadores, cuentas de correo electrónico y redes sociales- las ganancias de las compañías que ofrecen tales servicios no provienen de lo que los usuarios pagamos, sino de lo que nosotros producimos y significamos para quienes nos permiten “gozar” de GMail, Facebook o Google.

¿Dónde se halla el valor que los usuarios entregamos? Simple: cada una de nuestras búsquedas, “likes” y RT’s genera caudales aparentemente inconmensurables de información. Tales caudales, sin embargo, se encuentran perfectamente encausados en los servidores de empresas como Google y, así, se generan perfiles crecientemente más precisos respecto a lo que nos gusta, nos disgusta e incluso, lo que nos atemoriza.

¿Quién profita de tal información? Por ejemplo, Google. Imaginemos que usted es una empresa que quiere vender un producto cualesquiera. Es sabido que su mayor interés es identificar con éxito su potencial mercado y así saber si existirá una demanda real por lo ofrecido. Justamente tal información es la que provee Google y, de esta manera, permite tener publicidad realmente segmentada, tanto que a veces uno casi llega a agradecer que, efectivamente, la publicidad que recibe sí es cercana a nuestros intereses -y cómo no, si ellos han generado perfiles en torno a nuestras búsquedas.

Ahora bien, lo anterior no es necesariamente nefasto. Mal que mal son servicios que utilizamos cotidianamente e incluso muchos estaríamos dispuestos a pagar por ello, pero lo importante es que se conozca el “precio oculto” de su uso. (¿Cuánto costarían los servicios de Google sin publicidad ni rastreo de nuestras búsquedas?). Algunos buscadores, como Bing de Microsoft, parecen estar más atentos a este tipo de cuestiones y comenzarán a pagar por usar sus servicios.

Así, creo que el problema se halla en otro aspecto: las búsquedas personalizadas. El algoritmo de Google (desconocido por el público) “aprende” a partir de nuestras búsquedas previas y, así, en cada nueva búsqueda nos arroja resultados consistentes con nuestros propios intereses. “Fantástico” dirán algunos: la personalización llevada a nuevos límites. Cierto, tan cierto como peligroso.

Autores como Vaidhyanathan y Pariser han hecho notar los peligros de la denominada “filter bubble”. Las búsquedas personalizadas no sólo reafirman nuestros parámetros anteriores de búsqueda, sino que además constriñen la capacidad de conocer nuevas realidades. Claro, todos estamos contentos de ver lo que queremos ver, pero pocos podremos realmente sacar provecho de la variedad de opciones que ofrece internet a partir de la cerrazón de nuestros propios intereses. Así, por ejemplo, si usted es un activista que lucha por la liberación de animales lo más probable es que al googlear “África” sus resultados estén relacionados con campañas de activismo semejantes -mal que mal, es razonable que sus búsquedas previas hayan estado relacionadas con ello. Pero si usted no ha participado nunca de ese tipo de campañas ni ha buscado información al respecto es muy probable que la búsqueda de “África” no le arroje otra cosa más que paquetes turísticos. ¿Es malo que existan paquetes turísticos para visitar África? No, en lo absoluto, lo complicado es que la realidad en África comporta tanto turismo como activismo, pero gracias a la “filter bubble” puede que sólo nos enteremos de uno de esos aspectos.

Pero existe también otro peligro, mucho más evidente. Cada uno de nosotros constituye un haz de  información en la red. Información transable que debiese estar resguardada por agentes estatales (digo debiese pues, en efecto, las políticas de protección de datos en Chile dejan bastante que desear). ¿Qué pasa cuando es el propio Estado el que dispone de esa información a destajo? Esa es la amenaza que ha emergido tras las denuncias de Snowden y el caso PRISM. En efecto, cada uno de nosotros constituye una fuente de información viable para terceros agentes; especialmente si ponemos atención en el hecho de que la información de la que disponen Google, Facebook o Twitter es información que nosotros mismos hemos entregado con total libertad (y, las más de las veces, sin siquiera mirar los “Términos y condiciones” de los servicios en cuestión).

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¿Somos, entonces, nosotros los verdaderos productos de internet? Me siento muy tentado a pensar que sí; en la medida que el gran “input” de la denominada autopista de la información son nuestras propias opiniones, juicios y deseos. Pero, igualmente, la red constituye un medio para nuestros objetivos -valga aquí señalar sólo como ejemplo los movimientos sociales que se articulan a partir de herramientas web. La cuestión, al final del día, radica en entender que tras el diseño e implementación de los servicios que utilizamos no existe neutralidad ni un afán altruista y que, al final del día, “no hay invitación a almorzar que sea gratis”.

Patricio Velasco

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