Verdeseo

Los animales no humanos y el modo de producción


No me como a los animales; es decir, soy vegetariana. Con esto incluyo en primer lugar a mamíferos y aves, pero gradualmente he ido incorporando también especies acuáticas o costeras. Recuerdo que hacer valer esta opción de consumo fue complicado pues aún vivía con mis padres, personas bastante carnívoras. Recuerdo también que para hacerlo de forma responsable tuve que lograr conjuntamente la autonomía gastronómica y económica; es decir, ser capaz de decidir qué comer y poder proveerme de esos alimentos en un contexto donde mi opción no era compartida sino más bien criticada.

Decidirse a ser vegetariano es un proceso bastante agotador, al menos en el inicio. No porque no haya personas que tomen la misma decisión, sino porque en el contexto chileno están muy enraizadas dos ideas bien relacionadas: la idea judeocristiana de superioridad del hombre por sobre el animal, lo que justifica la instrumentalización del último, y una idea que denomino ‘hedonista utilitarista antropocéntrica’, la cual en este caso implica justificar la crueldad del modo de producción animal, en tanto el bienestar que les produce a los humanos comer carne es supuestamente mayor al bienestar que les produciría a los animales no ser comidos.

Este tipo de ideas enraizadas en el contexto chileno hicieron que tuviera que encontrar una justificación ante mi abstinencia en el consumo de animales. Podría haber argumentado los perjuicios a la salud (tal como elocuentemente lo ejemplifican dos  integrantes de Verdeseo en el reciente caso de las dioxinas encontradas en los pollos), o los daños ambientales de la industria cárnica, pasando desde el ganado a la salmonicultura. Sin embargo, mi opción había sido tomada por compasión, ya que hace mucho tiempo había descubierto que me produce mucha pena comerme a los animales. Fue interesante el tipo de respuestas que activé, las cuales se ubicaban en un rango que iba desde “entonces no te empecines por saber cómo fue producido, no hay por qué saberlo, eso es morbo” (la verdeseante Alejandra Mancilla también desarrolló esta idea en otro lugar), hasta “qué te importa, los animales no tienen conciencia”.

Por esto, el proceso no ha estado exento de dificultades. Primero, porque Chile no es como aquellos lugares donde ser vegetariano y, más aún, respetar a los animales sea un supuesto cultural fuerte. Pero más importante, por las restricciones por las que fui optando. Una persona  cercana incluso empezó a decirme que me estaba haciendo prisionera de mis propios ideales. Así, y con el pasar del tiempo, me he dado cuenta de cómo el tema de la alimentación está estrechamente ligado a otro tipo de prácticas sociales, dentro de las cuales la más inmediata es la de dónde comer si es que no quieres cocinar tú misma o estás celebrando algo con otras personas fuera de tu casa. También me ha exigido ser coherente con otras opciones de consumo que igualmente involucran animales, como la vestimenta. Además, antes de decidir no comer animales, ya tenía varias otras prioridades que restringían mis opciones de consumo, las cuales provenían generalmente de mi interés en promover el comercio justo[1] como opción sustentable y equitativa de desarrollo (como ejemplo, lea la columna acerca de la moda que desarrolla Martín Arboleda) .

Hoy me doy cuenta de que la preocupación por los animales y el comercio justo son en realidad dos dimensiones de un mismo concepto que me moviliza, el cual tiene que ver con la manera en que decidimos vivir juntos y los medios o tecnologías que generamos para hacerlo en plenitud. Tras ambos elementos se encuentra una idea de justicia que va más allá del mecanismo procedimental por el cual se definen los criterios políticos que organizan nuestra manera de vivir juntos; por el contrario, es una idea de justicia que recae en los resultados.

Por eso me acerqué a leer a Martha Nussbaum, filósofa que en su libro Las Fronteras de la Justicia (2007) sostiene que el trato de los hombres con los animales no humanos ha terminado definiéndose por una relación social que, si no está marcada por la explotación y maltrato, se define por la caridad. Esto se ha justificado por el siguiente argumento: dada la asimetría de capacidades y razonamiento entre hombre y animal, no es posible incluir a otras especies dentro de nuestra comunidad ética. Esto porque tradicionalmente, sobre todo desde las teorías contractualistas, se ha planteado un isomorfismo entre quienes definen los criterios políticos de justicia y a quiénes se les aplica, relegando a los animales a un beneficiario derivado, pero no directo de la justicia. Los animales no son concebidos como sujetos de justicia en tanto no son seres capaces de defender sus propios intereses firmando un contrato (no son libres, ni iguales ni independientes como el ser humano tipo en estado de naturaleza de la teoría contractualista), ni ofrecen necesariamente algo que pueda ser entendido como beneficio mutuo, en tanto móvil de la cooperación, en circunstancias en que hemos sido capaces de dominarlos por la fuerza.

Sin embargo, este modo de pensar genera varias críticas. La más cercana y práctica es que desde este enfoque los humanos no podríamos domesticar animales ya que un sujeto de justicia no es enajenable (con lo que no estoy de acuerdo, ya que al menos desde mi perspectiva, es lo que te permite construir relaciones de afecto y aprendizaje mutuo con otras especies). Otra, más teórica y controversial es la que se fundamenta en la idea de incluir a los animales superiores como sujetos de justicia (como miembros de nuestra comunidad ética), dada su dignidad inherente en tanto seres sintientes e inteligentes con capacidades específicas. En este sentido, la dignidad no se alojaría en la facultad racional, sino en las capacidades innatas de los seres vivos que merecen tener oportunidades de hacer florecer en el contexto de su especie. Pero, ¿cuáles son esas capacidades innatas en cada especie?

Por estas críticas es que también comparto en alguna medida la tesis de las teorías de bienestar de corte utilitarista, como la de Peter Singer en su ensayo Liberación Animal (puede descargarlo aquí), donde sostiene que el imperativo es evitar el sufrimiento animal, basándose en el derecho a igual consideración de todos los seres capaces de sufrir. Como ya he dicho, reconozco que me hice vegetariana por compasión, por los sentimientos, pero el problema que me causa esta postura es que termina primando el sentimiento de lástima por los animales en desmedro del juicio de responsabilidad por quienes ocasionan el sufrimiento animal, evadiendo los cambios en el modo de producción que son necesarios para terminar con éste.

Sin estar completamente de acuerdo con los postulados de las teorías de bienestar animal, y sin tampoco estar muy convencida de las teorías utilitaristas, descubrí que para aun mayor confusión el punto se podía complejizar más. Hablando con Robert Petitpas, otro integrante de Verdeseo, acerca del tema del sufrimiento animal y los derechos animales, él añade otra dimensión que a ratos se nos olvida incluso a aquellos que estamos preocupados por el asunto: cómo afectamos el bienestar animal al incidir en el hábitat donde se desarrollan las especies. En este sentido, cualquier acción que realicemos desde nuestro modo de producción (en transporte, consumo de papel, uso de combustibles, producción de materiales sintéticos) termina por debilitar el hábitat de las especies, y con esto sus oportunidades para desarrollarse.

Así, y a medida que he ido profundizando en estos argumentos, me he dado cuenta de lo difícil que es sostener un argumento convincente acerca de nuestro modo de vivir y los efectos que esto tiene en los animales. Esto porque exige que como sociedad lleguemos a un equilibrio que permita la vida en plenitud de las diversas especies, incluida la humana. ¿Cuál es ese equilibrio? ¿Cómo conseguirlo? Todavía no tengo respuestas. Quizás el primer paso, tomando prestada la idea del filósofo Albert Schweitzer, es hacernos profundamente conscientes de nuestra posición en el universo y con ello cuestionar nuestra actitud de arrogancia respecto a la relación que construimos con otras especies.

                                                                                                                             Por María Ignacia Arteaga


[1] El Comercio Justo es un movimiento social global que promueve otro tipo de comercio, uno basado en el diálogo, la transparencia, el respeto y la equidad. Contribuye al desarrollo sostenible ofreciendo mejores condiciones comerciales y asegurando los derechos de los pequeños productores y trabajadores desfavorecidos, especialmente del Sur. (http://wfto-la.org/ es una de las principales organizaciones en la materia).

Un Comentario

  1. Muy buen artículo. Ignacia menciona mi artículo donde en parte aparece mi postura respecto a nuestra relación con los animales; creo en respetar ciertos balances; mantener ecosistemas sanos y poblaciones viables de las especies silvestres; no creo que sea posible que el ser humano no mate ni un animal, pero si creo que está muy mal que extingamos especies o poblaciones locales, es decir mi preocupación es más enfocado en el (eco)sistema que en los individuos. Esto, sin olvidar que hay maneras más correctas de tratar a los individuos animales (bienestar animal por ejemplo).

    Respecto a la domesticación, quisiera complementar lo que dice Ignacia con un libro muy bueno de Natasha Fijn, quien convivió con nómadas Mongoles, quienes viven en estrecha relación con sus animales. La autora explica que el caso de los mongoles, lo que ocurre es una co-domesticación; ellos cuidan a los animales y los animales los cuidan a ellos. Los animales son parte de la esfera domestica de está sociedad (algo muy distinto a los animales “domésticos” (más bien industriales) que consumimos hoy en día).
    [Mongolia es el lugar de origen de muchos animales domésticos que conocemos]

    Acá dejo un link sobre el libro:
    http://www.academia.edu/235514/Living_with_Herds_Human-Animal_Coexistence_in_Mongolia

    Y a los videos de Fijn en Mongolia:
    http://vimeo.com/album/2268299

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