A 40 años del golpe


A dos semanas de la conmemoración del hito más disruptor y determinante de los últimos cincuenta años en Chile, les queremos presentar un ejercicio de reflexión en torno al sentido que toma esta fecha para quienes creemos en la construcción de colectivos donde primen la justicia y la no violencia. Es justamente esa preocupación la que nos movió a valorar en tiempo presente la herencia y las consecuencias del golpe a la luz de sus expresiones cotidianas a niveles tanto de economía política como de economía moral.

El golpe y las posteriores expresiones de horror y fascismo contenidas en la dictadura nos han sumido por décadas en los pantanos del trauma y la insensibilidad. La escala en la cual el sadismo se hizo presente transformó la suma de las historias del período en una enfermedad incurable, donde la única opción viable para seguir viviendo en paz fue ignorarla. Afortunadamente, y gracias a la mediación de quienes se plantearon la búsqueda de la justicia como un modo de existencia, movilizando la protesta moral frente a una indignación mas grande que el propio sufrimiento, se ha mantenido activa la memoria del abuso. Tal como ellos lo señalan con tanta agudeza, resistirse al olvido no es una cuestión de odio, es más bien un acto de dignidad.

La colección de escritos que les presentaremos durante los próximos días apuntan desde diferentes escalas al paralelo entre el proyecto económico político de la dictadura y el terremoto valórico que azotó al alma de la nación, ambos procesos que en diferentes aspectos se ramifican hasta nuestros días. Desde la perversidades de la ideología del mérito y las miserias del clientelismo, a la prohibición de soñar y la invasión de la inocencia infantil; hemos querido dar un recorrido para nada exhaustivo, pero no por ello menos significativo en torno a las diversas caras de la maldad. No nos quisimos detener temporalmente en el golpe y la dictadura, un pequeño homenaje a Daniel Menco nos recuerda la persistencia del autoritarismo en los agrios años de la transición.

Es una provocación a las conciencias, a ser capaces de entender los peligros de la indiferencia, el espíritu que anima a esta publicación. Hemos aprendido que una democracia no puede ser construida por aquellos que desconfían de ella y siempre buscan instalar cortocircuitos para proteger las decisiones de la voluntad popular; tampoco puede ser construida por aquellos que están demasiado seguros de sus certezas. Esto no se trata de establecer una policía de las conciencias, sino que más bien de aprender a identificar las expresiones bañadas de resentimiento de quienes promueven prácticas que se justifican a si mismas sobre la base de que otras sean exterminadas.

Esperamos que la publicación les haga sentido y podamos conversar en torno a estos asuntos que de una forma u otra nos han atravesado a todos quienes estamos difusamente conectados por haber nacido en el mismo país. La historia está haciendo su trabajo y avanza hacia nuevos estándares morales, pero es bueno tener en mente que la justicia es siempre una justicia por venir, haciendo de su búsqueda una de las más nobles prácticas cotidianas.

Leonardo Valenzuela

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