El peso de ser izquierdista


Nací con toque de queda. Creo que esta referencia es suficiente para situarme en el punto intermedio ente la generación que vio a su país pasar de una democracia – imperfecta, como todas – a un régimen del miedo, y aquella generación que sólo conoció una versión pop de dictadura militar vestida de terno y corbata. Desde esta memoria recupero escenas de mi infancia.

Fui una niñita de los 1970-80s, que ingresó al sistema escolar, comenzó a ver televisión y a observar el mundo de los adultos con profunda curiosidad, en aquellas décadas de deconstrucción social en que el silencio y el miedo se encarnaron en la cotidianidad. Efectivamente, cuando miro hacia atrás tratando de recuperar como veía el mundo adulto al que algún día tendría que ingresar (expresado en mis familiares, mis profesores, los papás de mis amigos y lo que se veía en la tele), recuerdo una difusa percepción de sinsentido y desconfianza. ¿Por qué los adultos hablaban tanto en clave entrecortada? ¿Por qué mi profesora de historia universal me enseñó sobre los griegos y su sistema político y como todos votaban en trozos de arcilla en la plaza pública, y después cuando yo le pregunté por qué entonces en la tele decían que la democracia era mala ella se puso muy nerviosa y me dijo que le preguntara a mi mamá? ¿Y por qué mi mamá se puso aún más nerviosa cuando le dije que la profesora había dicho eso? ¿Por qué los adultos tenían tan pocas ganas de conversar? ¿Por qué eran tan desconfiados? En ese contexto quiero ubicar una micro-historia sobre cómo encontrarle significado al ser una “niñita de izquierda”.

Soy zurda. Siempre lo fui, pues recuerdo que ya en el jardín infantil alguna profesora me preguntó si prefería tratar de pintar con la otra mano a ver si me salía mejor. No hubo caso y me quedé zurda. Más o menos en esa misma época había nacido mi hermana menor. Preciosa guagüita rubiecita de ojos de color, que a poco andar instalarían en mi dormitorio. Cuando aprendió a caminar sobre sus piernas rubicundas se transformó en una amenaza real para el orden de mi mundo infantil. Por otra parte, en la calle la gente se detenía a admirar su belleza exótica, y cuando comenzó a balbucear algunas palabras todos le celebraban, mientra yo estaba ahí al lado, castaña e invisible. Su desorden me molestaba y algo me dice que también pude haber estado un poco celosa de la atención que recibía. Le hablaba con brusquedad, le pegaba manotones cuando nadie estaba mirando, le decía que era una guatona tonta. Mis padres sufrían con todo eso, me pedían que fuera más cariñosa con mi hermanita y me sermoneaban sobre el amor filial. Otras veces, con menos paciencia, simplemente me retaban. Desde mi ser adulta hoy todo aquello se va tan normal y predecible, pero en aquel entonces era una gran preocupación.

Yo no entendía por qué la defendían tanto a ella y nadie pensaba en mi derecho a tener una pieza ordenada, a que me vieran y me encontraran linda también. Como dije antes, los adultos no explicaban nada y eran pésimos para conversar. Pero por suerte existía la televisión, y un día tuve una revelación que le dio sentido a todo aquello, gracias a la excelente programación de “Tardes de Cine” de los 1980. La película se trataba de un pueblo donde se había escondido un peligroso delincuente. Las amas de casa estaban aterrorizadas, el pueblo en alerta y la policía local se organizaba para atrapar al maleante en los bosques cercanos. Justo antes de salir en su búsqueda revelaron la identidad del delincuente, su foto y su nombre: se apodaba “el zurdo”. Entonces mi mente funcionó velozmente e hilvanó los problemas de mi existencia con la trama de la película y con la historia nacional. El malo de la película era “el zurdo”, ¡y yo también era zurda! Además, en las noticias de la tarde siempre decían que los “izquierdistas” eran todos muy malos porque robaban bancos y ponían bombas en los postes de alta tensión. Eso explicaba todo: ¡como yo era zurda, por eso no podía evitar estar enojada y “ser mala” con mi hermana! Recuerdo una mezcla de felicidad, porque al fin había descubierto un sentido para todo, con la angustia de constatar que yo era “de los malos” porque era zurda. Debo haber tenido seis años. Cuando mis padres regresaron a la casa corrí a contarles mi descubrimiento. Sólo tengo recuerdos difusos de sus reacciones: que no hablara tanta tontera (sobre todo delante de la nana); que para qué pensaba esas cosas, que yo no era mala, y que no tenía más permiso para ver tele sola.

Cuando recuerdo esta historia, recuerdo algo más que una anécdota infantil tragicómica. A mi me reafirma dos cosas que no quiero: vivir en el silencio/desconfianza/miedo y vivir en un mundo de buenos y malos. Primero, vivir en el silencio alimentado por la desconfianza y el miedo es profundamente enajenante. Miedo al que piensa distinto, ya sea porque tiene el poder de dañarme para callar mi diferencia, o bien porque no tiene poder, pero sí rabia suficiente como para traicionarme en cualquier momento. Entonces, mejor callar, mirar para otro lado o mirar la tele, que es peor. Pero lo que nos hace humanos es la capacidad de coordinarnos y generar sentido conversando. Y conversar no es que unos hablan y otros escuchan, sino la posibilidad de responder, opinar, ponerse de acuerdo o bien acordar el desacuerdo. Así también imaginamos, explicamos, recordamos, organizamos, damos sentidos a aquellas cosas que vivimos y hacemos juntos. Entonces, ¿cuán humana puede ser una sociedad que no conversa, donde todos reciben mensajes masivos e incoherentes y luego cada uno ve cómo se las arregla? Y lo segundo, el simplismo imposible de un mundo de buenos y malos. Claro que hay eventos, acciones o actitudes que hacen bien y otras que hacen mal, pero eso dista mucho de definir “los buenos” y “los malos” a partir de condiciones esencialistas. La amiga de la infancia, en quien confío sin dudar, y que hoy quiere que la sociedad se ordene de una manera distinta a como quiero yo, ¿es buena o es mala? El capitalista cristiano, la idealista “en toma”, el buen médico que va a votar distinto que yo, ¿es bueno o es malo? No hay manera constructiva de responder estas pregunta si no es en la experiencia de conocerse, observarse, conversar, y desde ahí ponerse de acuerdo o reconocer los desacuerdos.

Hoy sé que usar de preferencia mi mano zurda, al igual que ser de derecha o de izquierda, puede significar muchas cosas. Aprendí que las definiciones que se refieren a formas de estar y formas de hacer son más comprensivas que aquellas que buscan establecer taxonomías de ser. Que no todos los zurdos son torpes; que las hermanas menores no son siempre una molestia; que la tele no es sólo entretención; que ni todos los izquierdistas ni todos los de cualquier otra posición son “el mal encarnado” así como tampoco “héroes”. A mí la confusión, el miedo y la desconfianza de los adultos promedio de los 1980s me convenció que algo no estaba bien. Luego aprendí que el esfuerzo democrático de ponerse de acuerdo, una y otra vez, es preferible al orden a costa del silencio. Por eso no me gustan los escupos ni los “roteos”, ambas vergonzosas herencias de la dictadura del miedo. Prefiero, siguiendo a Humberto Maturana, el desafío de ponerse de acuerdo o asumir los desacuerdos desde el aceptar la legitimidad del otro, que es mi legitimidad también; y siguiendo a Nicanor Parra, asumir que todos “somos embutidos de ángel y bestia”. Todos, cada uno con sus respectivos condimentos, por supuesto.

Patricia Junge 

Antropóloga

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