El juego del mérito


El 11 de septiembre de 1973 es un evento crítico en las vidas de las chilenas y chilenos que perdura en las memoria colectiva, pero sobretodo en las condiciones de vida de las personas más pobres. Además de los miles de muertos y torturados, el arreglo institucional entre el Estado y el Mercado se reestructuró profundizado con ello la desigualdad hasta hoy persistente entre los grupos sociales, condenando a las personas más pobres a la precariedad económica y la vulnerabilidad.

Por un lado, mediante la ola de privatizaciones que la Dictadura llevó a cabo, aquello que eran inversiones de todos los chilenos pasó a ser riqueza de unos pocos. Por otro lado, los costos de la desregulación de los mercados y la disminución del gasto social recayeron penosamente en las personas más pobres, quienes se vieron más expuestas a las inclemencias de la oferta y la demanda, y con menos recursos para enfrentar momentos de crisis. Sí, la teoría económica tenía razón: la inflación y la deuda externa que mantenía Chile bajaron drásticamente con esta política de ajuste estructural. Y a qué precio.

En Dictadura se establecieron reformas que terminaron por catapultar la opción de cierto perfil de persona de salir de la pobreza, volviéndose otros mucho más vulnerables a ella. Solo por mencionar algunas líneas, primero, con el mercado como rector de la política habitacional se crearon guetos que progresivamente hicieron de un barrio periférico, homogéneamente compuesto por pobladores de tomas y campamentos, un barrio con escasas oportunidades relativas de desarrollo. Lejos pero barato aún dicen las inmobiliarias. Hoy, de estos barrios tenemos más de 400 en Chile, los cuales la política de vivienda intenta recuperar.

Segundo, se instauró un sistema de atención público de salud con larguísimos tiempos de espera y cortos periodos de atención por persona, dada la escasez de profesionales de la salud en el sector público. Éste es el problema de la desregulación: hace que muchos profesionales se vayan del sector público por los sueldos que entrega el sector privado, al mismo tiempo que los ingresos de los más pobres no alcanzan a cubrir los costos de concebir la atención médica como una mercancía. Mientras tanto, las personas con enfermedades crónicas van en aumento, las horas médicas para ellas son escasas y las familias son cada día más sobrecargadas de responsabilidades.

Tercero, con la mano invisible como directora de la orquesta, los empleos se fueron precarizando, haciéndose temporalmente más inestables y con menos seguridades laborales. Son más las personas que no tienen contrato que las que no tienen, y sin contrato no hay cotización previsional (solo ahora está cambiando), ni mucho menos derecho a pataleo ante casos de despido. Ni qué hablar de cómo se mermó el tejido sindical durante las demostraciones de fuerza del Golpe.

Cuarto, está la problemática de la educación que ha revolucionado las calles los últimos seis años en el país. Con la municipalización de la educación se segregó la calidad de este derecho en razón del poder adquisitivo de los estudiantes. A la vez, la Dictadura hizo posible el lucro, y con él los incentivos legales para endeudar a las familias a tasas usureras sin necesariamente entregar una carrera profesionalizante.

Haciendo trabajo de campo en un barrio más bien pobre y segregado en Santiago, me he impresionado por el nivel de estrés con que viven las familias de forma cotidiana, introyectando las tensiones sociales en las relaciones familiares, las cuales son producto de las vulnerabilidades que enfrentan día a día en malos empleos que quedan lejos y que coartan la posibilidad del ocio y la recreación. No hay plata, no hay tiempo; hay cosas más importantes que hacer.

Al mismo tiempo, la homogeneidad social de los barrios de la periferia, gracias a la política habitacional, sumado a la patente desigualdad de oportunidades (servicios públicos colapsados y escuelas que no siempre tienen interés en enseñarles a todos), hace que muchos jóvenes tengan un horizonte plano. Como me dijo un informante hace poco tiempo: “A nosotros no nos preguntan quién queremos ser o qué queremos hacer en 20 o 30 años más como en otros estratos sociales. Nuestra vida se construye de puros accidentes”. Así es como vamos haciendo que muchos jóvenes vayan generando expectativas adaptativas y conformándose con lo que hay. Para qué confiar en el futuro si toda una vida, discriminación mediante, te ha dicho cuál es tu posición en la escala. El interés en estudiar – principal instrumento de movilidad social – es más bien bajo, sobre todo cuando está la posibilidad de generar ingresos y así ayudar a la familia y salvarse.

Hoy, cuarenta años después, Chile hace gala de su creciente desarrollo económico, de su inclusión dentro del grupo de los países ricos y de su potencia y solidez en el contexto latinoamericano. En este contexto, el gobierno actual se siente justificado para decir que Chile es un país de oportunidades y seguridades, desconociendo la deuda social que el régimen militar inició y que los gobiernos de la Concertación y la Alianza dejaron intacta al mantener el arreglo institucional que aún la hace presente.

Mientras tanto, a la Derecha le gusta hablar de meritocracia, del “Es Posible”, como si todos los chilenos tuviéramos la misma capacidad de jugar el juego del desarrollo cuando la cancha está desnivelada. Para mí esto es lo mismo que las pruebas estandarizadas, como bien lo ilustra el chiste donde se presentan tres animales frente a un evaluador, quien les dice a los estudiantes que la prueba es subir un árbol. Sin embargo, uno es un elefante, otro es un mono y el otro es un pez. Según las encuestas más recientes y representativas, la Dictadura dejó en Chile un mono y nueve peces; los elefantes ya se extinguieron.

Por María Ignacia Arteaga

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