Cuatro décadas de sociedad de mercado, desigualdad y clientelismo


Un vistazo al Chile de hoy y los principios que fundan una institucionalidad que socava la aspiración de muchos de construir una sociedad que permita a todos sus ciudadanos vivir en dignidad a través del aporte colectivo de sus propios integrantes y del uso responsable y colaborativo de sus bienes comunes.

A fin de cuentas, cuarenta años no es nada. En la historia de los pueblos cuatro décadas son, en concreto, una generación y media.  Período en el que los padres mantienen el ascendiente sobre sus hijos, aunque sea éste simbólico y no económico, lo que sigue siendo bastante.

En el Chile actual este tutelaje lo confirma el temor de algunos y la prudencia de otros a los cambios de fondo que exige hoy la sociedad. Los primeros, porque vivieron en carne propia, a partir del 4 de noviembre de 1970, lo que ocurre cuando el pueblo – prefiero el concepto ciudadanía – se toma el poder y busca balancear lo desbalanceado. Los segundos porque, siendo en otras épocas partidarios de un rebaraje profundo del poder, hoy se sienten responsables de la violenta reacción que tuvieron a tal intento los que siempre han tenido el control (económico, militar) y quieren con toda su alma y praxis política que no se repita la historia que sobrevino a partir del 11 de septiembre de 1973.

En las sombras de la oscura noche de la dictadura, los ayer temerosos se armaron un modelo a la medida de sus aspiraciones. Mientras muchos de los hoy mesurados se sintieron cómodos con dos décadas de Concertación administrando un modelo injusto y desigual como el del Chile actual. A pesar de sus ideales del pasado, estos últimos han saboreado en 23 años el poder, aliándose en muchos casos con los primeros.

Los noticiarios confirman que no ha pasado tanto tiempo. Una elección presidencial marcada por los clamores de la Unidad Popular, los horrores de la dictadura y la música del plebiscito del 88 es lo que parece viviremos este año, gracias a la muy mediatizada confrontación (y muy limitada a la vez, los candidatos inscritos son nueve) de las representantes de las dos coaliciones co-gobernantes: Michelle Bachelet, hija de un general de aviación muerto bajo torturas en las que se está involucrando a uno de sus compañeros de armas y a la vez padre de su contendora, Evelyn Matthei. Ni un guión de esas antañas teleseries de Arturo Moya Grau lo habría concebido mejor.

Pero aunque esos 40 años parecen estar a la vuelta de la esquina, si uno observa detenidamente Chile la máxima pierde fuerza.  Más allá de las imágenes de la contienda política de la elite, nuestro país difiere mucho del que emergió a fines de los 60.

Chile on sale

El Chile actual está cruzado por los valores del neoliberalismo, impuesto en los 70  pistola al cinto por los economistas de la universidad de Chicago.  Aventajados alumnos – más gracias a contactos, recursos económicos y afinidad ideológica que a méritos académicos – de Milton Friedman, la dictadura fue el marco propicio para aplicar sus políticas de shock a partir de 1975. Es preciso aclarar que aunque desde tiempos de la colonia la elite terrateniente y luego burguesa comercial había liderado la política nacional, nuestra historia desde siempre había tenido atisbos de ser una nación pionera en procesos excepcionales en políticas sociales vinculadas a la tradicional visión de izquierda. Ahí está ser primer país americano y segundo del mundo en abolir la esclavitud. Y luego, el primero en ungir como presidente democráticamente electo a un socialista. Esto, junto a un sistema institucional que en algo privilegiaba el resguardo colectivo, el bienestar de todos sus integrantes. Con el tono de su época, claro está, con decisiones que con ojos de hoy pueden ser vistas como del modelo industrializador desarrollista (la Corporación de Fomento de la Producción y sus empresas es un claro ejemplo de ello), pero de todas maneras buscando el bien público por sobre el beneficio privado de algunos, como ocurre en la actualidad.

Por ello, el giro hacia una sociedad de mercado en los 70 significó un cambio drástico, que no se ha podido modificar desde aquella época. Algo en lo que también fuimos pioneros, al saber que algunas instituciones del formato socioeconómico chileno se implementaron luego en diversos países del mundo. Claro que no con el complejo y minucioso entramado que aún nos pesa y que nos eleva a un neoliberalismo extremo.

En estos 40 años nos hemos convertido, a la fuerza, en una sociedad de mercado, que es distinta a una sociedad con economía de mercado.

En la primera, la economía es la medida de todas las cosas, mientras en la segunda es ésta un aspecto más de la sociedad, que compite con la necesidad del ejercicio garantizado a determinados derechos, la democratización de las instituciones, la equidad y la igualdad, por ejemplo.

Y es allí donde ha ocurrido el principal cambio de Chile en estas cuatro décadas.  Los principios asociados al neoliberalismo (fin al relato colectivo, utilitarismo económico, individualismo) cruzan el mensaje de los medios de comunicación mainstream. Campean en las instituciones. El individualismo economicista como puntal del sistema de fondos de pensiones – la capitalización individual – es uno de sus más desgraciados botones de muestra.  Incluso en contradicción con lo que concluyó la Organización Internacional del Trabajo en su Conferencia General de 2001, en el sentido de que “a través de la solidaridad nacional y la distribución justa de la carga, [la seguridad social] puede contribuir a la dignidad humana, a la equidad y a la justicia social”.

Cuando se pretende que exclusivamente el mercado cubra necesidades (y derechos), muchos quedan sin ser satisfechos (o ejercidos). Grandes mayorías no pueden acceder a educación y salud de calidad porque no está garantizado su acceso público. Importantes sectores sólo pueden contar con agua potable y energía – esenciales para la existencia humana – con deficiencia y muchas veces sacrificando otras necesidades, porque son bienes que dependen del poder adquisitivo. Grandes mayorías no tendrán una vejez digna, producto de un sistema donde muchos ingresos no alcanzan para el ahorro en el largo plazo, situación que no es corregida mediante la redistribución solidaria ya que cada uno capitaliza sólo para sí. Y aunque esto no fuera un problema de mayorías, sino de minorías, también debiera ser un desafío. Los derechos no se ejercen dependiendo de los números.  Los derechos son para todos.

Es en este modelo, el de la sociedad de mercado, que se profundiza otra práctica que desde hace mucho tiempo ha campeado en el mundo de la praxis política y el empresariado. Es el clientelismo, que no es otra cosa que movilizar a determinados actores en pro de los intereses de corrientes o personajes políticos, o de empresas específicas, a cambio de favores económicos. En un escenario en el cual lo importante no es el relato de bien común colectivo sino la salvación individual, es factible ponerle precio a los ideales. Si los hay, ya que el propio modelo no es muy dado a su fomento.

Así las cosas, da la impresión que al modelo de sociedad de mercado le acomoda que no existan derechos garantizados. Porque con un sistema público que propenda a la satisfacción de las necesidades básicas, ¿de qué forma un candidato podría ofrecer favores si no hay quien los requiera? ¿Cómo una empresa podría, para desarrollar un proyecto altamente cuestionado, pagar por vulnerar garantías como la de vivir en un medioambiente libre de contaminación? “Te ofrezco becas” dice el empresario, “no las necesitamos, tenemos acceso a educación” responde el poblador. “Te daré salud” reitera, “no gracias, el sistema público funciona bien”. “Te entregaré energía barata, agua potable de calidad” insiste, “todo eso ya lo tenemos, no requerimos su falsa filantropía”. En un sistema que asegura el ejercicio de derechos esenciales, se hace difícil negociar con la vulnerabilidad.

Un caso paradigmático en este sentido fue la entrega de beneficios de HidroAysén a las comunidades que pretendía intervenir en la región de Aysén, previo al proceso de participación ciudadana. Esta jugada, que debiera estar prohibida en Chile, le permitió limitar la participación en el proceso de observaciones de múltiples familias que recibieron becas de estudios, fondos concursables o aportes en recursos económicos. Una familia con un hijo becado por la empresa difícilmente se sentirá en libertad para realizar críticas a un proyecto en evaluación y donde la participación ciudadana es parte de ésta.

En la política también sabemos que el clientelismo es una práctica habitual. Sea con recursos propios o del Estado, múltiples dirigentes aprovechan la desigualdad social y económica imperante para acumular apoyos de militantes, dirigentes sociales, gremiales y vecinales.

En Chile hoy se enlazan de manera simbiótica el clientelismo privado – muchas veces mimetizado en responsabilidad social empresarial – y político con las inequidades que produce el modelo institucional instaurado a partir de la Constitución de 1980. La mantención de su mirada de sociedad de mercado se convierte en un elemento perpetuador de las prácticas que permiten, hoy por hoy, que los de siempre ostenten el poder.

Alguna vez dijo Einstein que no se puede solucionar un problema aplicando el paradigma que lo generó. Luchemos contra el principio individualista y el pragmatismo economicista cuales mantras revelados de nuestra sociedad. Es, tal vez, una de las grandes batallas que en la hora actual vale la pena dar. Hagámoslo sin temor y sin culpa, que cada generación tiene, siempre, su propia tarea crucial.

 

Por Patricio Segura

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