Recuperando la brújula de la moralidad


A 40 años del golpe de estado de 1973 han surgido variadas reflexiones que nos invitan a juzgar a quienes personalizamos como los verdaderos actores de los últimos 50 años de historia política en Chile. Me gustaría tomar distancia de la idea de los verdaderos actores y de los eventos concretos, con el fin de ampliar lo que entendemos como acción en estas circunstancias y también para evitar la pretensión de que el odio y el fascismo son simplemente una foto del pasado. Mi idea es resaltar no tanto los personajes más funestos y los hechos más perturbadores, sino que la contaminación que el autoritarismo inscribió en nuestras experiencias cotidianas.

El golpe, la dictadura y luego ese limbo conocido como transición, han sido procesos sembrados al medio de las instituciones que sostenemos y nos sostienen bajo la difusa identidad común de ser chilenos. Las ramificaciones macabras de estos eventos ocurrieron en paralelo con millones de personas pretendiendo hacer sus vidas con normalidad. Una condición para esta normalidad fue desensibilizar, acallar las voces disidentes y silenciar los propios escrúpulos. Mientras algunas clamaban por decencia y justicia, otros tantos necesitaron ridiculizarles, cargándoles el estigma de la traición y la indeseabilidad, señalándoles como un obstáculo para poder mirar hacia el futuro.

Cuando humillar, torturar y matar se convirtieron en acciones banales, de pronto personas comunes y corrientes se sintieron autorizados para hablar de la conveniencia de matar, de sacar a otros del camino para cumplir con los propios fines. Luego de esto la fantasía sicótica anclada en la lógica de la supervivencia -“si no son ellos somos nosotros”- se normaliza y enraíza en la moral de la convivencia. A los alemanes les tomó décadas la re educación moral luego del fascismo, a través de la educación antifascista en Alemania Oriental, con complejos resultados como puede ser apreciado en el museo de la Stasi, y a través de la educación moral en Alemania Federal. Esta última buscó replantear el significado de la democracia como igualdad de oportunidades, concepto puesto en práctica, por ejemplo, a través de la educación universitaria como derecho, cuestión que para Hitler y el nazismo era absolutamente indeseable.

En Chile asumimos que con el fin de la dictadura se cerró la puerta por fuera, la tarea de rehacer las instituciones fue encargada a los líderes políticos. Este proceso fue realizado con tibieza en el nivel de los valores democráticos. Nunca quedó claro qué significaba democracia en el nuevo orden, mientras que el temor a la desintegración le puso freno a los esfuerzos por condenar más enérgicamente no sólo los crímenes, sino también el mejunje argumentativo que los justificaba, blanqueaba o simplemente negaba. Esta tibieza permitió que el fascismo gozara por muchos años de gran aprecio, la condena de las personas y no de los valores facilitó, por ejemplo, gestas nefastas como la que impulsó Eduardo Frei Ruiz-Tagle contra los pehuenches en Ralco, además de otras tantas aberrantes expresiones de represión contra el pueblo Mapuche.

Fue justamente la convicción de que las instituciones no delinquen y que cuestiones como el autoritarismo fallan nada más que por los excesos de personas puntuales, el argumento que autores como Hannah Arendt y Heinrich Böll brillantemente destruyeron. La primera mostrando el poder de las circunstancias, donde los individuos se convierten en engranajes de un entramado mayor, manifestando el carácter nefasto de la obediencia como valor público. Por otro lado Böll dedicó su literatura al problema de las contradicciones morales de Alemania luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, poniendo en evidencia la sobrevivencia de una serie de valores retorcidos a través de las instituciones religiosas, políticas y familiares, revelando la latencia del nazismo en un nivel ético.

No me gusta mucho el relato en primera persona, pero creo que en esta clase de cosas no hay mejor evidencia que la propia experiencia. Por ello, a continuación relataré algunos detalles biográficos que siento tocan de algún modo la problemática moral a la que me he referido más arriba. En lo personal me tocó nacer en mucha cercanía con los valores de la derecha, con tan sólo un par de años estuve en las caravanas del SI y la campaña de Büchi. Ingresé al sistema escolar en marzo de 1990, en un colegio particular subvencionado de Rengo, con nombre en inglés y dueños pinochetistas. En esos tiempos semejantes atributos eran garantía de calidad. Gran parte de la educación escolar que recibí, especialmente en los primeros años, tenía que ver más que nada con formas, respeto a la autoridad, disciplina, ortografía. Desde muy chico me quedó clara la dinámica de la competencia y la humillación. Siempre hice todo lo que creí posible para evitar ser el flojo incompetente, arreglándomelas para estar del lado de los que humillaban con la total complacencia de nuestros profesores. Cada lunes por la mañana durante más de doce años nos formamos bien derechos en filas para el acto cívico donde venerábamos a la bandera y cantábamos himnos en honor a dios la patria y otras momificaciones.

Obviamente también iba a una iglesia católica donde importaba mucho cada domingo quién cantaba más fuerte, vestía mejor y hacía sonar con más intensidad el fondo del receptáculo de la ofrenda con más monedas. Fue entre los feligreses donde tuve algunas de mis primeras conversaciones de política, una en particular me resuena hasta el día de hoy. Hablando sobre detenidos desaparecidos y sobre lo adecuado o inadecuado del exterminio para fines políticos (hermoso tema para una mañana de domingo), un señor “muy respetable” señaló que él habría justificado enteramente que a su hijo lo hubiesen torturado y asesinado si se le hubiese ocurrido ser comunista. Terroríficamente la mayor parte de los cristianos presentes estaban de acuerdo con tal barbaridad.

Algunos años después de tal evento recuerdo haber estado jugando a ser nazi con algunos compañeros. Por alguna razón nos resultaba muy seductora la idea de decidir sobre el destino de otras personas. Extrañamente a ninguno de los adultos del colegio les pareció llamativo que un grupo de niños de quinto básico tuviera esvásticas pintadas en las manos o hablaran de exterminar negros y judíos. Durante la tarde de ese día fui al ortodontista a apretar mis frenillos. Éste levantó una ceja cuando vio mi esvástica y me preguntó por su sentido; con toda naturalidad le conté que había estado jugando a los nazis. Un poco desconcertado salió de la oficina y a los pocos minutos volvió con un señor de unos sesenta años que me mostró un tatuaje con números en su brazo en la misma zona donde yo tenía mi esvástica. Creo que ese gesto ha sido una de las más impactantes clases de ética que he tenido en la vida, aunque lamentablemente no todos tienen semejante suerte.

Recuerdo hace unos diez años haber visto a Marcelo Forni decirle a Rolando Jiménez que era un enfermo por su orientación sexual, mientras en mi colegio se había levantado una polémica de un tinte similar. Un grupo de compañeros de curso pertenecientes al electivo humanista levantaron una queja al colegio por la inclusión de “Tengo miedo torero”, de Pedro Lemebel, en el programa de lecturas obligatorias. Con el argumento de que nadie los podía obligar a leer a un homosexual comunista, el colegio los eximió de esta lectura y la paz volvió a reinar como si nada hubiese pasado luego de esta suerte de quema simbólica de libro. Un sentimiento similar tuve un par de años después cuando en un matrimonio de gente a la que en su infancia la vestían de militares, la fiesta se vio interrumpida porque el color de la piel de unos de los invitados le resultó tan perturbadoramente oscuro a los anfitriones que necesitaron quebrarle unas costillas.

El peso de las experiencias ciertamente me han enseñado mucho respecto de las manifestaciones concretas que los valores pueden tener en la vida. Uno de los eventos que más me han ayudado en esta deriva moral tuvo lugar luego de un asalto del que fui víctima junto a mi familia en año 2001. Luego de una violenta irrupción con escopetas recortadas mediante y largos minutos de tensión, fui trasladado a una comisaría de carabineros. Allí se me solicitó que identificara a quienes habían realizado el asalto. Con mucha rabia fui dirigido a los calabozos y miré por una de las rendijas de una celda. Encontré al mismo tipo que hacía poco había disparado en mi casa siendo torturado por un grupo de carabineros de civil; al sujeto lo tenían parado dentro de un recipiente con agua mientras jugaban con una herida abierta en su abdomen, probablemente una puñalada. La crudeza de ese momento me dejó claro que el mejor fertilizante para el resentimiento es poner horror sobre el horror.

La convivencia requiere de sensibilidad, entender que habitamos un mundo común. Son justamente los contornos de este mundo y sus múltiples habitantes los límites para nuestras prácticas. La lógica de la segregación y segmentación en Chile se ha impuesto como el mejor antídoto para evitar los cruces de cuerpos e ideas, evitar la educación cívica, la educación sexual o el levantamiento de una educación pública y de calidad. A 40 años del golpe muchos de estos velos ya han sido corridos, por ahora nos queda hacer el mejor esfuerzo para que dentro de 10 años la barbarie y la inmoralidad que nos heredó el golpe y los 17 años de dictadura se disipen y se haga justicia más allá de lo imposible. Para que nunca más en Chile la sobrevivencia de un grupo de compatriotas se justifique en la desaparición de otro.

Por Leonardo Valenzuela

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