Verdeseo

Temporada de promociones en el sector salud


marcha enfermos

La política de salud es un tema crítico para el desarrollo del país, porque lo que se está jugando con ella es el bienestar de las personas, y de forma indirecta, las condiciones mínimas que tiene un país para desarrollarse. Sin embargo, y más allá de estas consideraciones, para mí es igualmente relevante que en la política de salud sea posible rastrear diversas formas de aproximarse al sufrimiento humano.

En esta línea, y compartiendo el espíritu cívico que acompaña los días previos a las elecciones presidenciales, quise conocer las propuestas que cada candidato tenía en materia de salud pública. A continuación me remito a algunas observaciones acerca de los programas de los candidatos y candidatas Bachelet, Claude, Enríquez-Ominami, Israel, Jocelyn-Holt Matthei, Miranda y Sfeir. Omito al candidato Parisi, pues su programa no se encuentra disponible en su página web (no así como un video explicativo acerca de cómo hacer una batería solar en casa (!).

Asumiendo que los programas pueden ser más que buenas intenciones, y que por lo tanto tienen alguna chance de materializarse una vez electo el/la candidat@, hoy tenemos el siguiente escenario en materia de salud pública. Este escenario se basa en el análisis de las propuestas de los candidatos, agrupándolas por temas y recurrencia. A partir de lo anterior, y sólo como un ejercicio superficial, se calcularon las probabilidades de que exista un cambio en la política de salud considerando la cantidad de candidatos que se pronunciaron de forma explícita al respecto. Aquí están los números.

Con 0% de probabilidad (ningún candidato), habrá un cambio directo en el sector de salud respecto a la dinámica de trasplantes, la situación que enfrentan los enfermos terminales y las personas con necesidades especiales (en el tema de discapacidad sólo se propone una comisión).

Con 12.5% de probabilidad, se empezaría a hacer algo por los pacientes que no cuentan con una red de apoyo familiar y que por lo tanto requieren de camas socio-sanitarias en los centros de salud.

Con un 25% de probabilidad, se fomentaría la salud intercultural (entiéndase diálogo entre cultura biomédica occidental y cultura biomédica indígena).

Con un 50% de probabilidad, se aumentarían los recursos para disponer de tecnología más avanzada en diversos centros de salud para diagnosticar a los pacientes.

Con un 67,5% de probabilidad, aumentarían los recursos hacia la salud preventiva, sobre todo para la tercera edad (ojalá no a costa de las instancias terapéuticas para las personas que ya están padeciendo alguna enfermedad).

Con un 75% de probabilidad el candidato que gane reformaría parcial o completamente el sistema de Isapres para que éste lucre menos, así como el sistema de abastecimiento de medicamentos para que las familias no se endeuden tanto.

Con un 87,5% de probabilidad, habría más contrataciones de profesionales en la salud pública; doctores, psicólogos y especialistas sobre todo.

Con un 99% de probabilidad (todos los candidatos), nuestro sistema de salud ampliaría la cobertura de salud primaria en el territorio, hacia zonas rurales, otras regiones y sectores donde viven “grupos vulnerables” (sea lo que quiera decir esto).

Frente a este escenario bosquejado muy superficialmente por medio de las probabilidades, quisiera recalcar que sin lugar a dudas la salud pública está en crisis, por lo que aumentar la cobertura, dotación y eficiencia de los centros de salud es un aspecto imprescindible de cualquier política de salud. Hay consenso entre los diversos candidatos acerca de la insuficiente cantidad de recursos que el Estado le destina al tema, y de forma relacionada, acerca del bajo nivel de solidaridad y la segregación económica que el sistema impone en el trato con los pacientes, a pesar de que la salud sea un derecho universal. En otras palabras, a pesar de reformas como el AUGE, cada persona está destinada a su propia suerte, y a los recursos que disponga su red de apoyo, al momento de enfermarse.

Sólo por mencionar algunos elementos, hay grupos enteros que no pueden atenderse por no tener acceso a un centro de salud, por la lejanía, el costo del tratamiento o las listas de espera (señora Matthei, no mienta, el gobierno del Presidente Sebastián Piñera no las eliminó, vea no más qué ocurre con la “sobredemanda” de salud mental en Chile). Además, hay otros perfiles de personas con quienes el encuentro terapéutico (la cita médica entre doctor y paciente) no es productivo, en la medida en que no se produce entendimiento. Por esto, un paso importante es que se avance en salud intercultural, para así desarrollar competencias que permitan construir el puente necesario entre el paciente con su familia y el sistema de salud. Por último, están las 1.370 personas que esperan un trasplante en Chile, de las cuales la gran mayoría sólo empezará a tener una oportunidad real de recibirlo cuando esté en una condición médica grave.

Ahora bien, todas estas probabilidades se vuelven irrelevantes al reconocer que con un 100% de probabilidad habrá “comisiones de expertos” evaluando cada una de estas medidas y discutiendo su factibilidad entre cuatro paredes. Esto significa que se tomarán decisiones utilizando como fundamento números como los presentados más arriba, sin necesidad de ampliar / enriquecer / complejizar sus perspectivas desde las diversas realidades que enfrentan las personas en el tema de salud. Para mí, en este último punto es donde subyace buena parte del problema, pues la lógica de la costo-efectividad que impera en la toma de decisiones en la política de salud descansa en la representación del sufrimiento (y el bienestar) por medio de la estadística; estadística que sólo considera las grandes tendencias poblaciones midiendo exclusivamente aquello que puede representarse en números.  De esta manera, la forma de organizar el conocimiento y las instituciones de salud están pragmáticamente (intrumentalmente) orientadas, dejando el tema del sufrimiento como un dominio sólo acotado a la experiencia y encasillado en atributos cuantificables.

Así, la salud pública tiene que luchar para decidir quién tiene la prioridad para usar el limitado número de recursos humanos, materiales y técnicos. En este sentido, a través del lenguaje de la eficiencia y la asignación de recursos, las estadísticas reconfiguran el sufrimiento, fragmentando las experiencias cotidianas de las personas y dejando de reconocer las experiencias de aquellas situaciones menos recurrentes. Sin embargo, no por ello es posible negar el sufrimiento que experimentan las personas a las que la atención médica de una u otra forma se les ha negado. Personalmente estoy convencida de la necesidad de mirar menos los números y escuchar más a la gente. Quizás así empezamos a tener un sistema de salud más humano.

Ignacia Arteaga

Socióloga

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