Las trampas de la educación


bill gates

Cuando yo era niño, solía oír en boca de mis mayores que la educación sería la única arma que me permitiría salir victorioso de un campo bélico como La Legua, la peligrosa población al sur de Santiago de la que tanto se ha escrito. Era en esa misma falta de educación de todos nosotros en donde solían cobijarse mis parientes y vecinos pobres para explicarle a las tremebundas funcionarias del municipio la razón de su visita antes de postular a uno de los pocos cupos de trabajo temporal que la entidad les ofrecía.

De alguna manera, la sabiduría popular no se equivocaba. Mis vecinos de esa vieja población no necesitaron leer el “Emilio” de Rousseau para llegar a una verdad tan irrefutable como aquélla, como tampoco la mayoría de la sociedad chilena. El problema, sin embargo, está en ver esta famosa “educación” como una vía económica más que una de tipo formativa, y es ahí donde chocó mi visión de la educación con la de mi familia y vecinos y de la sociedad en general.

Las trampas

Aún recuerdo el bochorno de mis tíos cuando supieron la noticia de mi matrícula en un liceo científico humanista en detrimento de uno técnico o industrial a fines de los ’90. Les hacía ruido mi fantasía de querer estudiar en la universidad. Era casi un desperdicio de tiempo en el que incurriría al estudiar en un colegio de ese tipo, pues desde ahí yo egresaría apenas con un mero título sin prospecto, y sin ningún tipo de conocimiento técnico como el que tenían ya muchos de mis primos y vecinos como, por ejemplo, el de la mecánica de autos, de la repostería, del secretariado, del técnico en electricidad o cualquiera de esas esperanzadoras ofertas educacionales que se asociaban a los establecimientos industriales del sur de Santiago.

Una crítica similar surgió cuando mi ingreso a la universidad fue un hecho. Poco le duró a mi familia la sonrisa de saber que por fin uno de ellos ingresaba a las aulas de la ilustre Universidad Católica. Esta se esfumó cuando informé de mi interés por inscribirme en un programa de Humanidades y no en uno de Ingeniería ni de Salud. Para ellos, como para muchas personas, optar por un programa así era confinar mi futuro a la miseria. Y yo no los culpaba. ¿Cómo explicar que para mí tenía mucho más sentido sumergirme en el estudio de la “Ética a Nicómano” de Aristóteles, traducida bellamente por Julián Marías, que en el estudio de la Economía o el cálculo infinitesimal?

Como la de muchos, como la de los padres y secundarios que hasta hace unos días se asolearon visitando ferias de educación superior con esto de los resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU), su visión de la educación tiene mucho de la propaganda que hoy en día ostentan las innumerables campañas publicitarias que utilizan universidades e institutos superiores para convocar a sus futuros alumnos. ¿Qué campaña? Esa que proclama sobre un 80% de empleabilidad tras el egreso de los estudiantes, desplegando fotografías de médicos, arquitectos, ingenieros, y una caterva indiscernible de profesionales con birrete y casco con el objeto de mostrar la verdadera cara del éxito profesional.

Para nadie es un secreto que la gran herramienta para romper los viciosos círculos de la pobreza radica en la educación. Pero el gran problema está en el verla como un mero instrumento hacia el éxito monetario, y no como una camino de formación para la vida. De ahí la preferencia por carreras científicas o asociadas a la técnica, como las Ingenierías. El aura de la alta empleabilidad las enviste así como el de los altos salarios. En definitiva, todo se ha reducido a qué carrera termina por dar más dinero.

El desprecio a las Humanidades

Desde hace rato que las Humanidades dejaron de ser interés de los padres y, por extensión, de los estudiantes y de todo el mundo, porque en ellas se enquistó el principio del fracaso y el prejuicio de las carreras inútiles.

En la última década, las licencituras (o majors) en Humanidades han disminuido 20% en la Universidad de Harvard, donde la mayoría de los estudiantes que al principio apostaba por un programa de estas características terminó por finalizar sus estudios en otros campos. Asimismo, la Universidad de Edinboro en Pennsylvania anunció el cierre de sus programas de alemán, filosofía y cultura y lenguas del mundo durante el pasado mes de septiembre, mientras que en Stanford, 45% de los facultativos de los principales programas de pregrado pertenecen a las Humanidades, pero sólo 15% de los estudiantes ha optado por esta área.

Acá en Chile no estamos lejos. Con los resultados de la PSU 2013, distintos estudios de mercado laboral con las carreras más rentables a nivel técnico y profesional han aparecido. El más conocido, el de Trabajando.com. De las diez carreras más demandadas a nivel nacional por los secundarios, ninguna pertenece a las Humanidades.

¿Desde cuándo que leer Hamlet se volvió tan inservible para las masas? ¿Desde hace cuánto que nuestros poetas resultan más atractivos como estampados vintage de poleras sin marca que como firmas debajo de un puñado de versos? 

Tras ser castigada por su sed de conocimiento, ni los libros ni la escritura le fueron permitidos a Sor Juana Inés de la Cruz por allá por el siglo XVIII. Pero la monja mexicana siguió leyendo, si bien no páginas, el mundo y sus detalles.

“Una vez lo consiguieron con una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo la obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar, absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer”, confesaba Sor Juana en su Repuesta a sor Filotea, y proseguía: “Paséabame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a nivel, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba más bajo en lo distante que en lo próximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figura piramidal”.

La ansiedad de conocimiento de esta monja rebelde estremece lo que hoy se tiene por educación. Y es que en definitiva lo que siempre se entendió por tal se refiere a cómo prepararnos para la vida. Así lo entendieron Rousseau, Emerson, Wilde y tantos sabios seculares.

En una población educada literalmente a balazos, mi visión del mundo siguió siempre igual tras resolver la suma de los cuadrados de Fermat. Pero sin duda cambió un poco cuando aprendí de Aristóteles que “la virtud era el justo medio entre dos extremos igualmente viciosos”.

Carlos Oliva V.

Periodista

  1. Pingback: ¿qué reforma educacional necesitamos? | Una chilena en Australia

    • croliva

      Gracias por sus post. Personalmente creo que hace falta mucho más que una mera reforma educacional que prometa educación gratuita; quizá es una opinión pesismista, pero veo bastante lejana una educación de calidad como la que planteo en mi artículo y ello, porque al final del día gran parte de las razones por las que estudiamos nos las fueron dadas por nuestros propios padres y por ende, si ellos siguen creyendo que la educación es un mero intrumento para abultar la billetera, nada cambiará suficiente.

  2. arturo lois

    Carlos esto que tu dices es tan obvio que la mayoría no lo ve. Peor que eso solo ven el Progreso Inevitable que casualmente es o era el Modo de Vida Americano y mas que eso el Consumismo ilimitado ( el cielo es el limite) .Casi nadie piensa que debería haber un acuerdo nacional hacia que tipo de desarrollo coherente y alcanzable para la mayoria debiera dirigirse el país compatible con la ecología y con el ethos chileno ?Cuantos miles de millones se gastan en propaganda para adoctrinar a la gente en el modelo.? Ojala se pueda cambiar la educación y por allí asoma una luz de esperanza,

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