Compensar el desarrollo


Por siglos los proyectos asociados a la modernidad se han sostenido en la justificación de la desaparición de prácticas y entidades que no se conforman con su visión homogénea del mundo. Esa visión homogénea es en la práctica un proyecto de exterminio del que son cómplices muchas de las prácticas políticas contemporáneas. En esta columna reviso algunos hitos de este proceso para el caso del desarrollo chileno.

Peter Sloterdijk y Bruno Latour han señalado que nuestra era es la era del fin del tiempo, pero ya no el fin del tiempo que profesaba Francis Fukuyama hace dos décadas refiriéndose al capitalismo como la fiesta del fin de la historia. En el fin del tiempo de estos autores nos enfrentamos a una reflexión diferente que se sitúa en el reconocimiento de la inescapabilidad del espacio, es decir, a la imposibilidad física del progreso material ilimitado, al mismo tiempo que al desafío de una naturaleza que debemos manufacturar o al menos inmunizar en correspondencia con nuestras necesidades humanas más básicas como respirar. Las condiciones que permiten nuestra vida ya no están aseguradas, en medida importante por la acelerada devastación de la vida del planeta, por lo tanto el diseño como disciplina se hace fundamental para posibilitar la continuidad de la vida humana en la tierra.

Las cadenas que hoy nos atan al espacio fueron en gran medida forjadas por una historia de liberación, esa idea de que yendo más rápido, consumiendo más y poseyendo más seríamos mejores. Esa historia también nos llamaba a ser capaces de doblegar heroicamente a la naturaleza y hacer productivo para nuestros fines cada rincón de la Tierra, sin nunca pensar ni por un segundo que podríamos estar equivocados, muchas veces regando de sangre y miseria el camino a la gloria.

Esa historia de megalomanía y progresiva pérdida de sensibilidad se llama modernidad; su fecha de elaboración suele ser localizada a mediados del siglo XVIII, y muchos de sus subproductos hoy en el mundo son recocidos a los que hace rato les pasó su fecha de vencimiento; como en el caso del extractivismo y todos los renacimientos del liberalismo. La ironía está en que el relato de la modernidad prometía dejar atrás esa inmadurez que nos hacía dependientes de los líderes religiosos que administraban la temporalidad del fin del mundo. Sin embargo, hemos caído en los ofertones de temporada de los all inclusive de la historia como los proyectos que culminaron en la Segunda Guerra Mundial y luego sus re elaboraciones durante la Guerra Fría. La religión del hombre no era menos religión que las otras.

En Latinoamérica, así como en muchas otras regiones del sur global, el desarrollo llegó como una segunda modernidad. Una extensa red de técnicos, infraestructuras, intereses comerciales, políticos y las más diversas instituciones se articularon para mejorar a los que estaban peor. Chile y sus recursos naturales fueron rápidamente enrolados en las rutas del nuevo progreso, al punto que el primer crédito de desarrollo otorgado por el Banco Mundial financió la construcción de la Central Hidroeléctrica Los Molles en 1948. A partir de este punto se empieza a consolidar una elite tecnocrática que lleva más de medio siglo predicando el camino correcto para el país, siendo los Chicago Boys el caso más paradigmático.

La dictadura se nutrió en gran medida de esos tecnócratas (aunque también han sido fundamentales en el casi cuarto de siglo de la post-dictadura), para quienes la política era un obstáculo para lograr aquello que para ellos era evidente, por lo tanto se tomaron con naturalidad el trabajo de tomar decisiones en un contexto de supresión de derechos básicos. Esta actitud no es simplemente la expresión de los niveles de perversión de ese grupo, sino algo interior a la lógica de la modernidad que tiene que ver con alcanzar la realización plena de un proyecto singular. A fines de la dictadura la franja del SÍ nos anunciaba que estábamos en el umbral del desarrollo, el logro etéreo del país ganador. Una muestra de esa progresiva transmutación fue el traslado de un iceberg a la Expo Sevilla de 1992, con el fin de mostrar que éramos más como ellos, los serios y fríos habitantes del norte desarrollado, y menos como los otros, habitantes del cálido y poco confiable tercer mundo.

El camino al desarrollo significaba en la práctica encontrar la forma de alcanzar el mayor rendimiento del territorio, una práctica que hasta cierto punto se consideraba neutra, pero las manifestaciones y consecuencias de tales decisiones junto a sus supuestos resultan aberrantes. Para ser desarrollados, la dictadura subvencionó las plantaciones forestales de las familias más ricas de Chile, haciéndolas aún más ricas con el DL701 de 1974. Estas plantaciones principalmente de pino han contaminado con pesticidas y secado las napas subterráneas desde aproximadamente la Quinta Región hacia el sur, desplazando al bosque nativo y su riqueza biológica, al mismo tiempo que cercaban a las comunidades indígenas, obstaculizando sus formas más básicas de supervivencia y autonomía.

Para ser desarrollados se determinó, durante el gobierno de Frei Ruiz-Tagle, que la ley eléctrica tenía preeminencia sobre los derechos humanos, dando de este modo carta blanca a ENDESA para barrer con el pueblo Pehuenche en Ralco. En nombre del desarrollo definimos que una cultura de miles de años tenía menos valor que una represa cuya vida útil difícilmente superará los 50 años, y cuya construcción afectó irreversiblemente una de las áreas más ricas en biodiversidad de Chile. Las comunidades indígenas se defendieron a un costo altísimo, siendo aplastadas con la inauguración de la era del mapuche terrorista, gentileza de la genialidad perversa de la Democracia Cristiana. Los “indios” eran incómodos para el jaguar, tal como lo fueron en el siglo XIX para el estado protoeuropeo que se lanzó a la pacificación de la Araucanía, la cual fue rematada con el proceso de colonización que se prolongó hasta el siglo XX, pasos necesarios para purificar la raza, logrando un sujeto más proclive a los afanes productivos del Estado, tal como lo recalcara el dictador en su faceta intelectual::

“Las razas de un Estado deben ser estudiadas y analizadas… para ver: si ella es una raza perfectamente armonizada con el período político económico del Estado; si es necesario traer inmigrantes para que esta corriente sea favorable al Estado y que ella se arraigue al territorio, mezclándose su sangre con la aborigen como un medio de mejorar el valor racial de la población.” (Pinochet (1968: p. 148))

Para ser más desarrollados se privatizó el agua, subordinando la preservación de un territorio vivible y ecológicamente viable a las ganancias privadas de corto y mediano plazo. Gracias a esta privatización las mayores reservas de agua del país se encuentran en manos de generadoras eléctricas, mientras que gran parte de las escasas fuentes de agua en la zona norte del país son destinadas a las faenas mineras. En nombre del desarrollo se ha pretendido barrer con el Valle del Huasco, una de las últimas fronteras fértiles antes del desierto en expansión. Barrick, con su asalto a la comuna de Alto del Carmen, sus humedales y glaciares; Agrosuper en Freirina con su malogrado mega criadero; y para qué decir lo que ocurre con termoeléctricas y otras instalaciones industriales en Huasco, asunto que es también familiar para los habitantes de Mejillones, Coronel, Tocopilla y Ventanas. Para los últimos, la promesa del desarrollo llegó en la década de 1950, mientras que la pesadilla de la extrema contaminación se prolonga ya por medio siglo. Mientras tanto, en nombre del desarrollo se les pide que aguanten hasta que seamos más desarrollados para que sus condiciones de vida mejoren de algún modo.

En nombre del desarrollo el sueldo mínimo chileno no es suficiente para que una familia deje de ser pobre, y en nombre de los pobres se evaden regulaciones laborales y ambientales. Esto es claro para las víctimas del veloz desarrollo de la agroindustria, con las pésimas condiciones laborales de temporeros y aún peor para temporeras, junto a su dramática exposición por años a pesticidas altamente nocivos. Es también en nombre del desarrollo y de los pobres que las ciudades se expanden, sin que importen los larguísimos y extenuantes tiempos de viaje, la irrespirabilidad del aire, ni la calidad de vida en los bordes más abandonados; el evangelio del desarrollo nos plantea que debemos tener fe en que esto algún día mejorará.

Si seguimos la lógica de Piñera y otros economistas, el desarrollo llegaría cuando se alcance un ingreso per cápita de US$22.000. La gran decepción es que el desarrollo prometido por décadas no viene con los fuegos artificiales ni una solución para quienes han estado esperando. Algunos interpretaron esta desilusión como el derrumbe del modelo en 2011, mientras que con ingenuidad otros argumentaron que la asistencia a los malls desmentía cualquier descontento. Lo que se derrumbó no fue “el modelo”, pero sí una de sus piezas claves: la confianza en sus resultados. Esto abre espacios para repensar los límites de lo posible. Es por ello que cada vez son menos los que se compran la idea del destino inescapable cuyos detalles son afinados en otro lugar por alguienque sabe mejor.

Enfrentados a que ya no hay un afuera donde arrojar los desechos, porque siempre le van a caer a alguien, y que chutear los problemas para el futuro significa dejar siempre a alguien esperando, la forma que frente a la incertidumbre toman las prácticas política hoy es la de la experimentación. En algunos sentidos esto implica ir más lento, ya que no es aceptable trazar una ruta en abstracto y acelerar sin atención a sus consecuencias. Lo que en algún momento se llamó el fin de las meta-teorías o meta-relatos se hace hoy más evidente que nunca, no hay una realidad abstracta con la cual compararse, ni un camino correcto trazable de antemano. Lo único que hoy tenemos es el presente lleno de sensibilidades y afectos. Hacer política hoy no debería ser materia de convicción y fe, sino de afinidades prácticas. Siguiendo a Isabelle Stengers, una práctica política cuyo fundamento de supervivencia no sea nunca la aniquilación de otra.

Leonardo Valenzuela

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