Verdeseo

¿Resolverá el fallo de La Haya un conflicto de emociones?


dinamarca

El título es una pregunta abierta. Será difícil resolver un conflicto centenario entre los tres países andinos del cono sur: Bolivia, Chile y Perú. El fallo podría ser hoy una oportunidad para reiniciar intentos en esa dirección. Si éste se acata (en el sentido de un “cierre” entre Perú y Chile), tal vez contribuya a resituar futuras conversaciones políticas y, lo más importante, dialogar a viva voz -¿y empezar a sanar?- la enorme carga de emociones asociadas a la guerra del siglo XIX.

Desde mediados de los noventa he escrito una y otra vez sobre tales ecos “blandos” -las emociones-, en mi opinión la carga más dura que suele ser ignorada. Hablo de las tres tesituras emocionales que cuando se dialoga sobre nuestra historia común subyacen en la manera de enfrentar el tema en los respectivos países.

¿Cuáles son esas emociones? Los bolivianos han vivido en la emoción de la pérdida: su lamento por el mar es puro dolor ante lo que, según ellos, les fue usurpado. Los peruanos, de orgulloso pasado, incásico y virreinal, han vivido en la emoción del resentimiento. Un resentimiento débil ante Bolivia porque no habría estado a la altura de los aliados que ellos querían, y agudo ante un Chile que, junto a quitarles territorio, accedió con sus tropas a Lima, escribiendo allí algunas páginas de excesos que les humillaron. Y los chilenos hemos vivido en la emoción de la arrogancia, que ha llevado a ningunear estas secuelas emocionales y otras pérdidas territoriales propias de un conflicto bélico. En Chile, en la soberbia del vencedor, tales pérdidas y una memoria de dolor y resentimiento, parecieran no existir.

Se podrá incluso encontrar uno o más caminos de solución a los litigios “duros” del diferendo. Por ejemplo: ¿accederá al mar Bolivia y por dónde y bajo qué figura jurídica lo hará?, ¿qué rol ha jugado y jugará Perú en la solución del foco bilateral, Chile y Bolivia, en un conflicto que sin duda es trilateral?, ¿cómo asumir los actuales y comunes desafíos de integración económica, energética, ambiental y en regulaciones varias, en un marco de desconfianza? Con todo, cualquiera sean las propuestas de solución, los partos serán lentos o derechamente inviables si acaso, en paralelo, no se avanza en procesar esas tres emociones, a veces irreconciliables, en las que vive y recuerda (mayoritariamente) cada pueblo el conflicto.

La coexistencia de estas emociones ha sido una constante desde el término de la guerra. Y poco se ha hecho para que estas cambien. Las tres son castradoras y, por estar cada una en las antípodas de la otra, inhiben la posibilidad de un diálogo sincero.

Esta mirada fue central en el documental Epitafio a una Guerra que, a mediados de los noventa, co-realizamos a tres manos junto a dos amigos cineastas, el boliviano Armando De Urioste y el peruano Jorge Delgado (desde Chile, me tocó asumir la co-dirección y edición general). Digamos que, tal como se observa en el documental (al final de la crónica hacemos el link), en la construcción de esa mirada fue clave el conocimiento de los tres países y la convicción latinoamericanista del recordado Juan Enrique Vega, sociólogo y diplomático, un hombre creativo y bueno, de la estirpe de esos alabados por el poeta Machado.

En el documental en comento nos preguntamos por Lo que nos Une, Lo que nos Separa y Lo que nos Proyecta. Y respondíamos que nos une una historia, la lengua, solidaridades entre los pueblos y costumbres; nos separan las emociones por una guerra e intereses económicos y militares muchas veces ajenos a la ciudadanía; y nos proyecta necesariamente el desafío de la integración económica, cultural y ambiental.

Durante el rodaje conversamos con mucha gente en las calles y entrevistamos a una diversidad de intelectuales, artistas, políticos y ecologistas de los tres países. En esas conversaciones fluía diáfana la emoción que en cada país funda cualquier evocación del conflicto: la pérdida, el resentimiento y la arrogancia. Más aún, diría que incluso entre los tres directores no nos fue fácil lidiar con las mismas.

Desde la sociedad civil, entonces, con el documental queríamos contribuir al develamiento público de tal conflicto de emociones. Su recepción fue positiva. Tras una presentación en la CEPAL, en Santiago de Chile, por ministros y diplomáticos de los tres países, fue de inmediato emitido en la TV de Bolivia y Chile y, en nuestro país, incluso fue adquirido por el Ministerio de Educación como material de aula.

A la luz del presente, más allá de los negocios que tanto importan a los mercaderes, sabemos que las relaciones entre los tres países no pasan por un buen momento (la alternancia de ciclos altos y bajos ha sido la tónica desde finales del siglo XIX). A la demanda de Perú en La Haya ahora se agregaría una de Bolivia. En Perú, fallo mediante, muchos anuncian banderas y en Chile nuestros Tarudiones se irritan.

Con todo, pese a la zalagarda patriotera de allá y acá, la perspectiva integracionista y las reflexiones sobre la pesada carga emocional, también hoy se hacen sentir. En Chile, ídem en Perú y Bolivia, hay actores políticos responsables e integracionistas. Estos días, por ejemplo, el ex parlamentario por Arica y ex ministro Sergio Bitar hacia eco de la tesis del documental -él fue un entrevistado-, declarando que tras La Haya ojalá en Perú lidien con su resentimiento y en Chile con la arrogancia. Buena señal.

En la primera década del 2000 ocurrieron otras buenas nuevas. Por ejemplo, una serie en TVN (Epopeya: la Guerra del Pacifico), que a su manera recuperó el foco en las emociones, así como anualmente se han sucedido encuentros académicos bi y trinacionales de historiadores y humanistas con el objetivo de hilvanar una perspectiva histórica compartida. De hecho ya han salido publicaciones y hay otras en curso.

En varias oportunidades, como docente, me ha tocado impartir en universidades europeas la conferencia “Los ecos emocionales de la Guerra del Pacifico en Bolivia, Chile y Perú”. Al final, la audiencia universitaria suele relacionar nuestros ecos con las heridas emocionales que sus propios estados naciones debieron sanar, luego de tantas guerras en los últimos siglos, para así avanzar hacia un libre tránsito sin fronteras, la construcción de redes económicas y culturales (escribiendo incluso una historia común), regulaciones ecológicas y otras medidas integracionistas. Con dificultades, es cierto, pero lo han logrado.

Sabemos que lidiar con las emociones no es algo fácil. No lo es para el individuo -suele exigir años de terapia-, menos para las comunidades. En cualquier caso, es inevitable asumirlas y procesarlas, en tanto, negarlas o esconderlas “bajo la alfombra” solo prolonga el malestar. Si aspiramos a movernos en el ámbito de las emociones -que subyace a la política y otros dominios, negocios incluidos- hay que integrar desde la cultura, la micro y macro política, la educación, los medios de comunicación, entre los empresarios y en las comunidades de los tres países. En todas las redes de conversaciones. Es el único camino si queremos con sinceridad transitar hacia una integración basada en el respeto.

Para ver el documental Epitafio a una Guerra: Clic aquí

www.hernandinamarca.cl

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