El dolor de Chile: re-ensamblando lo emocional


Duele el país. Al tenor del habla en las redes sociales, conversaciones y la lectura del día a día, duele un mal vivir en la emoción de la desconfianza, el miedo y el resentimiento. Y usamos el singular (emoción), porque las tres tesituras están implicadas. No hablaremos aquí de sus bases estructurales. Por ejemplo, de estar entre los top 3 del mundo en desigualdad social. De la mala salud y la mala educación. De la especulación con el dinero de otros que hacen los administradores de las AFP, que cuando ganan, ganan ellos, y cuando pierden, lo hacen las personas que obtuvieron su dinero con sudor y lágrimas. De la contaminación de los ecosistemas. De los abusos pautados por la avaricia que linda con la insania entre los dueños de la Pulpería Chile (insania, según la RAE, “falta de un buen juicio”, y cómo llamar, si no así, a los dichos de un indignado banquero, Awad, reactivo ante los límites a sus unilaterales cobros, o bien, a las palabras del empresario Von Appen que más adelante citaremos). Ni tampoco hablaremos de los políticos “profesionales” ensimismados en sus haberes, casi en una defensa corporativa ante la amenaza que creen ver en quienes promueven una asamblea constituyente y el término del sistema binominal (eso de la defensa de su rol –que es su propio miedo y desconfianza-, lo he escuchado en boca de conspicuos políticos).

Esos signos, entre otros, alimentan la atmósfera emocional en que hoy moramos; pero, el punto es que de persistir tal estado de ánimo lo más probable será que no resolvamos ni uno ni otro de esos desafíos estructurales, incapaces de vivir en un diálogo social y político en el respeto democrático.

La desconfianza a priori nunca ha construido vínculos. Es la principal fuente inhibidora del diálogo social inspirado en la legitimidad del otro. Es un prejuicio que impone dejar de escuchar y de observar, atenta contra la escucha activa. Y este prejuicio puede dañar por igual a empresarios, gestores del gobiernos, políticos y ciudadanos. Estudios nacionales e internacionales indican que nuestra desconfianza es una de las más altas del mundo: 7 u 8 personas de cada 10 expresan sospecha hacia el otro, sea personal o institucional, a diferencia de 2 ó 3 personas en los países a los cuales querríamos emular.

El resentimiento y el miedo hacen lo propio en las relaciones interpersonales y en el debate político y social. A la violencia en el habla (he ahí los programas de farándula y a “serios” entrevistadores y políticos de variopintos colores), agregamos ahora la ausencia de mesura histórica en algunos análisis de la coyuntura, que solo están generando miedo vía anunciar eventuales nubarrones. Veamos solo tres muestras.

Con su acostumbrado “oportunismo reflexivo”, el sociólogo Fernando Villegas hace unas semanas agitó la “tesis” que en el país hoy se presentan las condiciones de una situación revolucionaria. Dijo: “una proporción abrumadora de la población chilena entre los 15 y 30 años aproximadamente tiene cero apego al modelo, considera necesario modificarlo radicalmente o lisa y llanamente destruirlo…” Y agregaba que hoy estarían deslegitimados “todos los componente esenciales del sistema de ideas y valores que sostiene el actual orden social: el lucro, el éxito medido por el dinero y la posición social, el deterioro en credibilidad de su principal confesión religiosa, el virtual desmoronamiento en la fe pública de instituciones vitales como las de la política y la justicia, el rechazo a los sistemas de salud y previsionales, al sistema educacional, a las tradiciones valóricas relativas al sexo y al género, a las normas de comportamiento cotidiano… La palabra ‘revolución’ –o etapa prerrevolucionaria, si lo prefieren- puede ser innombrable, pero no parece haber otra que se ajuste mejor a lo que se siente, se huele y se ve en el aire” (1).

Junto a la iracundia, el opinólogo también alertaba y se mofaba de aquéllos en el poder que se niegan a ver estos signos, confundiéndolos con movilizaciones juveniles o un mero cansancio ante los abusos. Ahora, vale preguntarse cuánto del discurso de Villegas –que suele llevar un corte de pelo tipo antiguo casco militar- buscaba especialmente generar miedo con el fin de construir realidades. Pues él, en su estilo, solo repetía lo que otros lúcidos analistas han venido desde hace rato argumentando; claro que lo han hecho sin enarbolar la palabra tabú ni menos evocando el ya añoso trauma del 73, que, a cuarenta años, aún es causa de resentimientos y desconfianzas.

En igual tono del miedo, el empresario Sven Von Appen afirmó que los chilenos se han transformado en personas “hambrientas” de mayores beneficios. Literal: “les ha crecido tanto el apetito, que no pueden parar. Eso producirá que engordarán y se pondrán más cómodos” (2). Suena casi a burla e ironía el vulgar aserto de un empresario que sabe de apetitos desmesurados y que, junto a los de su ley, una y otra vez nos han dicho algo así como por sus beneficios y comodidades os conoceréis. Más allá del estilo –tan rudo, que incluso la familia salió a enmendarlo-, acá queremos destacar su evocación del miedo. Pues, a su juicio, la solución para calmar a los cómodos chilenos sería una “crisis de carácter financiero”, cuyos ecos alcancen el bolsillo del  ciudadano. U otra solución, agregaba el empresario, sería que la izquierda comunista llegue al gobierno, provocando inestabilidad económica, lo que redundaría en lo mismo: calmar el apetito de los chilenos.

En la misma tecla, aunque animado por otras intenciones, el periodista deportivo Juan Cristóbal Guarello, en una difundida columna, sentenció que el “principal fantasma del empresario chileno es bien concreto: la Unidad Popular… quienes acumulan riqueza y medios de producción tienen sobradas razones para recordar con espanto los tres años de Salvador Allende en el poder…”. A renglón seguido, cuestionaba la actual “ceguera y ausencia de reflexión entre los empresarios”, incapaces de ver en la ciudadanía movilizada solo la intención de limitar los abusos y así atenuar su propio miedo de llegar a fin de mes. Por eso, Guarello les interpela: “si continúan en esa posición, en cualquier momento el eje de la discusión va a pasar al siguiente escalón (la concentración económica) y después al escalón que viene (la propiedad de los medios de producción). Y cuando tengan a un millón de personas en las calles exigiendo expropiaciones, como salieron un millón a pedir educación de calidad, ahí van a tener para llorar con razón y ganas” (3).

Antes escribimos que hay ausencia de mesura histórica en estos análisis, pues carecen de la perspectiva que nos muestra que el mundo actual no es el mismo de hace cuarenta años, cuando vivíamos atrapados en una lógica bipolar y del conflicto social excluyente, en Guerra Fría. En tanto hoy asistimos a nuevos desafíos de sustentabilidad o continuidad intergeneracional, que nos interpelan a todos, por lo que han emergido sensibilidades y líderes inspirados por otro ánimo y razón relacional (tema, por cierto, de otra columna).

Y el resentimiento, cuánto daña. A la luz del rol de las emociones en el vivir, sabemos empíricamente que las emociones encarnan en los cuerpos y marcan los modos de vida. En ese sentido, a los individuos el resentimiento los enferma y ciega, a las comunidades las puede empujar a destructivas guerras y las organizaciones, cuando son invadidas por dicha emoción, minan su potencial.

El Premio Nacional de Ciencias (2000), Humberto Maturana, junto a otros actores, desde hace décadas vienen reiterando que, en última instancia, son las emociones en el convivir las que hacen nuestro mundo. Luego, debería dolernos la pregunta: ¿hacia dónde podría caminar Chile de continuar abrumado por la emoción del miedo, la desconfianza y el resentimiento?

Ante tamañas piedras en el camino, quiero radicalizar algunas ideas ya antes escritas aquí mismo en Verdeseo respecto al desafío de la sustentabilidad emocional: en nuestro amado país es imprescindible un activismo político re-evolucionario de alfabetización afectiva. Es más, esa acción política en pos de la sustentabilidad emocional será condición para la acción política capaz de superar los expansivos conflictos que desafían a la sustentabilidad socio-ambiental, así como superar la profunda crisis de representación democrática. Promover desde todos los niveles de gobierno, en las empresas y en las organizaciones ciudadanas, el entrenamiento en el respeto hacia el otro humano y el otro ser vivo, conversaciones sinceras, terapias públicas y colectivas, nuevos estilos de liderazgo participativos y la colaboración; hoy por hoy resulta una inversión social imprescindible. Tal semilla es nuestra única esperanza de incubar relaciones interpersonales capaces de sustentar una acción política democrática, orientada a transformar las bases estructurales que hoy generan diversas injusticias sociales y la contaminación a los ecosistemas.

Con el título queríamos destacar la importancia de un  re-ensamblaje emocional como un antídoto para el dolor de Chile. Es decir, la necesidad de inhibir la desconfianza, el resentimiento y el miedo y, a contracorriente, educar en un convivir en el diálogo social sobre la base del respeto interpersonal e interinstitucional. Un re-unir emocional que es condición y sinergia positiva para la acción política ciudadana, cuyo juego democrático integral siempre ha sido sinónimo de una inteligente articulación entre la movilización y acción social directa y la participación responsable en los procesos electorales que construyen representación, más la constante fiscalización de los representantes electos.

                                                                     

                                                                                                          Hernán Dinamarca

 

1) Fuente: El Mostrador.

2) Fuente: El Mostrador

3)Fuente: Publimetro.

  1. Ruth Simeone Ruiz

    Adhiero a tu reflexión. El clima emocional chileno es oscuro. Pocos reparan en las emociones a la hora de analizar la realidad política. El facismo maneja esta variable a su favor.

  2. arturo Lois M Ing Civil Transportes Ciclista

    Primero que todo ” SI”, en general estoy de acuerdo,pero siempre llegamos a lo mismo, quien le pone el cascabel al Modelo? Creemos con Tironi que es rescatable y que ira mejorando con mucho esfuerzo y dedicacion? Yo generalmente siento y pienso como Villegas .Actuo en lo personal- micro con esperanza activa, pero creo que se requiere cirugia mayor ,no pueden mantenerse las bases “libertarias” porque son demasiado poderosas (TV ,Medios,Banca,Grupos Economicos ) tanto en la promocion del despilfarro, como en el agotamiento de recursos renovables,en el crecimiento unilineal, etc etc o sea frenar todas las bases del modelo ” agotadas” no legitimas señaladas por Ud , aunque eso disminuya el PIB. No esta claro como puede hacerse pero habria que empezar por algo ,me gusta una frase para el bronce por ser sintetica ” en Chile deberia costar mucho ser rico” eso significa para empezar que hay que gravar el consumo conspicuo algo ya inimaginable,bajar el iva que es tremendamente regresivo etc. ojala no se siga descomponiendo el clima social . Atte

  3. Pingback: 40 años después, aún el ánimo herido… | VerDeseo

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