Las venas abiertas de Tocopilla


Izamiento

Cada tanto ondean banderas negras en el país. Por desatención o repudio este acto simbólico deja de manifiesto que sin dignidad no hay patria posible. Coronel, Punta Arenas, Aysén, Arica y Tocopilla se han alzado en el último tiempo demostrando que las cifras y el desarrollo no pasan de ser un promedio que arrastra consigo los márgenes, ocultando detrás de las postales las precarias condiciones de vida de muchos habitantes de pueblos y ciudades de Chile.

Con todo, me cuesta comprender que Tocopilla haya tardado tanto en golpear la mesa. Difícilmente se encuentra una ciudad más castigada y postergada que esta. A los problemas de salud y contaminación provocados por las centrales termoeléctricas a carbón, a la falta de médicos especialistas y baja inversión pública, se suma el olvido de la reconstrucción del terremoto del año 2007. ¿Es aceptable que tras seis años todavía estén en el suelo casas y escuelas? Los dos gobiernos que han pasado se pasan la pelota desvergonzadamente, dejando en claro que las necesidades apremiantes no necesariamente se transforman en prioridades, quedando muchas veces relegadas al olvido.

Pero el hecho más cruel de todos los que sufre Tocopilla son los años de contaminación de las termoeléctricas situadas en su costa y los problemas de salud que de esto derivan. Son décadas en que la ceniza ha penetrado en los pulmones, cubierto las fachadas y ennegrecido sus playas. El hollín que se levanta tiñe la ropa que se cuelga y las banderas oficiales, que como un preámbulo gris antecedieron el izamiento en rebeldía de las banderas negras.

Desde 1915, cuando se inauguró la primera Central Termoeléctrica Tocopilla, la ciudad ha incorporado una decena de unidades térmicas, a diésel, gas y carbón. En la actualidad, E-CL, de propiedad del grupo GDF Suez, tiene alrededor de 1000 MW instalados, a los que se suman casi 300 MW de Norgener, de propiedad de Aes Gener. Esto convierte a la ciudad de Tocopilla en una de las más densas en termoeléctricas de Chile y la mayor de la zona norte. De los 1300 MW de potencia total instalada más de 700 MW corresponden a generación en base a carbón y petcoke. Todas estas centrales se ubican al interior de la ciudad, a metros de casas y escuelas, y con un viento que corre la mayor parte del año hacia el interior de la ciudad, afectando sin discriminar a sus 32.000 habitantes.

Hay noticias y denuncias alarmantes que hablan de un aumento significativo de la mortalidad en Tocopilla. De acuerdo a lo señalado por el Servicio de Salud de Antofagasta, y recogido por Qué Pasa: entre 2003 y 2008 la tasa de mortalidad de la comuna se disparó, llegando a ser la mayor de la región y una de las más altas del país. En el año 2005, su índice dobló el promedio de la zona: 8,8 contra 4,4 (la cifra a nivel país fue de 5,3). No obstante estos antecedentes, a la fecha no hay un estudio serio que corrobore o desmienta la prevalencia de cáncer y enfermedades cardíacas vinculadas a la contaminación. Es deber de la autoridad investigar la situación y no eludirla por miedo a lo que se pueda encontrar.

Si bien se han adoptado medidas de mitigación por parte de las centrales que han reducido los niveles de emisiones, los datos del sistema de monitoreo de emisiones en línea (SINCA) muestran peaks de SO2, NOx, o MP que superan ampliamente la norma, desconociéndose algún tipo de medida adoptada por la autoridad de salud o medio ambiente al respecto.

La condición ambiental de Tocopilla es compartida por otras localidades como Huasco y Puchuncaví. En todas ellas la distribución de las cargas ambientales no sólo no es equitativa sino totalmente discriminatoria. En este argumento se basa la campaña de la ONG Oceana, que busca terminar con las “Zonas de Sacrificio”. Es una injusticia ambiental que Tocopilla tenga que subsidiar ambientalmente al resto del país o a la minería del norte. Existe una deficiencia en nuestro marco jurídico que recela del daño social como principio punible. Dominique Hervé, Directora del Programa de Derecho y Política Ambiental de la Universidad Diego Portales lo hace ver claramente:

En general la teoría de la justicia se ha elaborado desde una perspectiva liberal que considera la justicia respecto de los individuos, y no en relación con los grupos o comunidades (…) . Las situaciones de injusticia ambiental se producen respecto de grupos y comunidades antes que [de] individuos”.

Claramente la cuenta ambiental la pagan pocos, generalmente los más pobres o rezagados a los ojos del poder central. Es el precio del desarrollo, según algunos, sindicándonos como beneficiarios de una energía eléctrica más barata. La falacia del argumento recae tanto en la generalización como en el supuesto beneficio. Claramente los principales beneficiarios son las compañías eléctricas y las grandes mineras, es su negocio; en cuanto a la naturaleza del beneficio, incluso obviando los costos que recaen sobre los afectados directos, el carbón es económicamente una estafa.

Es del decir de los mentados expertos que generar energía con carbón es comparativamente más barato, lo que favorece al país reduciendo los precios de la energía eléctrica. Sin embargo, ésta sólo considera el costo del carbón como insumo, sin internalizar los costos anexos que debe pagar la comunidad y en última instancia el país. Si se incorporara a su valor todo el ciclo del carbón o, al menos, si se incluyeran los costos en salud y daños ecológicos que produce, el carbón pasaría a ser la fuente de generación eléctrica más cara de las disponibles. En un artículo clásico del año 2011, Paul Epstein, entonces Director del Centro de Salud y Medio Ambiente de la Escuela de Medicina de Harvard, calculó los reales costos del ciclo de vida del carbón.

“Los verdaderos costos ecológicos y en salud asociados al carbón son mucho mayores que los sugeridos. La contabilización de los muchos costos externos del ciclo de vida de la generación eléctrica derivada del carbón, en forma conservadora, duplica o triplica el precio del carbón por kWh de electricidad generado.”

En términos simples significa que la brecha entre el costo de electricidad asumido y el real lo termina pagando el país como gastos en salud, y las comunidades afectadas en actividades económicas que no pueden realizar. Siendo así, la pertinencia de continuar carbonizando la matriz eléctrica del país no tiene sentido. ¿No será hora de preguntarse si no es conveniente que se adopte una moratoria al carbón como fuente de energía eléctrica que permita el desarrollo de otras fuentes de energía como la geotermia y la solar térmica?

Volviendo a la realidad de Tocopilla, el simbolismo tras el izamiento de banderas negras amerita una respuesta que en consistencia resulte igualmente simbólica. Me gustaría ver que los problemas de las zonas más contrariadas de Chile estuvieran en la cima del alto de carpetas y no al final, como ocurre a menudo. No debe ser tarea fácil distribuir prioridades cuando son muchas y diversas las necesidades del país. Sin embargo, intervenir en aquellas ciudades, pueblos o comunas que llevan esperando tanto tiempo es una buena forma de ajustar cuentas. Tocopilla no puede esperar más, por mucho tiempo ha puesto el hombro y ya viene siendo hora de que al menos en lo básico, en lo esencial, que es salud y medio ambiente, su situación mejore de una buena vez.

Por Nesko Kuzmicic

Referencias

Dominique Hervé, “Noción y elementos de la justicia ambiental: Directrices para su aplicación en la planificación territorial y en la evaluación ambiental estratégica”, p. 22.

Un Comentario

  1. Rodrigo

    Ese es el problema. Bachelet ataca centrales de pasada y no dice nada por las centrales a carbón que ella aprobó, no dice nada porque la leña tiene a las ciudades más grandes de Chile con índices graves de contaminación, fomentada por ella para encubrir la pobreza rural de programas de fomento forestal ineficientes. Ah fácil los intereses económicos de sus amigos, quizás sus financistas, se ven afectados por centrales de pasada, al final es lo único que les interesa.

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