La banalidad de lo “ecológico”


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La forma en que usamos el lenguaje, hablado y escrito, tiene un rol importante en la forma en que vemos el mundo. Los discursos no solo representan algún estilo para transmitir ideas, ni son simples narrativas, sino que además van construyendo realidades y posicionando conceptos. Esto se hace no solo argumentando, sino que usando el lenguaje de una cierta manera. Por lo tanto, es posible usar el lenguaje para dar nuevos sentidos a ciertos conceptos o para asignar valores a un concepto que no necesariamente los tiene. Esto nos lleva a distorsionar los contenidos originales de ciertas ideas o a desviar la atención hacia temas distintos a los que se pretendía abarcar con el concepto original.

Un ejemplo de abuso del lenguaje, que es el que motiva esta columna, es el que se da con el concepto de ecología y algunos términos asociados. “Ecología” es un término que hoy en día ocupamos frecuentemente; especialmente el término derivado “ecológico”, o la abreviación “eco”, muchas veces usada para referirse a algo “ecológico”.

En una columna anterior me referí al uso del término “ecológico” por parte de empresas usado para “marketing ambiental”. En esta columna quiero enfocarme en el uso del lenguaje en general, más allá del uso publicitario.

El concepto de ecología tiene su origen en las ciencias naturales, donde es definido como el estudio de la distribución y abundancia de los organismos vivos y su interacción con el entorno. (Esta es una definición general y básica que nos sirve en este contexto, pero los detalles de esta definición han sido ampliamente discutidos por académicos del área). Etimológicamente, el concepto viene de Oikos (eco) y Logos (logia), que vendrían siendo casa y estudio respectivamente; es decir “el estudio de la casa”. Considerando este origen, “ecología” es una ciencia que estudia ciertos organismos, procesos e interacciones, y “ecólogo” se denomina al científico que estudia “ecología” (que sería distinto al “ecologista”). Desde la ecología, surge la conservación biológica, disciplina científica que busca aplicar los conocimientos ecológicos para la conservación de la vida silvestre y los recursos naturales. Este enfoque aplicado, implica ciertos valores asociados a la decisión de conservar. La ecología, como ciencia, ha sido uno de los lugares desde donde ha surgido una preocupación por las acciones del ser humano sobre los ecosistemas. Por ello se relaciona la ecología con el cuidado del medio ambiente.

Fuera del discurso científico, lo “ecológico” implica algo positivo, algo que se relaciona con cuidar el medio ambiente. Por ejemplo, ser ecologista implica estar preocupado por el medio ambiente y tomar medidas o tener una forma de vida que no genere impacto negativo en el medio ambiente. También son cada vez más populares los productos etiquetados como “ecológicos”, que corresponden a productos que no perjudican el medio ambiente (en cierta medida). Pero no siempre hay una correspondencia entre el valor que se le asigna al concepto ecológico por parte de la opinión pública y el estándar que requiere algún producto o servicio para ponerse la etiqueta de “ecológico”. Ejemplos de esto hay muchos: micro ecológica, computador ecológico y hasta fonda ecológica.

Es fácil ver que un producto sea catalogado ecológico por el simple hecho de presentar una sola característica que en teoría hace que tenga menos impacto en el entorno que el producto alternativo. Un auto que use el combustible de forma más eficiente y emita menos contaminantes se considera “ecológico”. Un producto cuya materia prima venga de plantas, por ejemplo una botella de bebida, también se considera “ecológico” o “verde”; y una fonda que promete reciclar los desechos puede ser una fonda “ecológica”.

Entonces, cuando lo “ecológico” pasa a ser algo bueno y deseado por muchos, se banaliza el término para poder darle la propiedad de “ecológico” a cualquier cosa. En vez de pensar en las múltiples interacciones de los elementos con su entorno (siguiendo la definición de ecología), “ecológico” se usa para cualquier cosa que tenga por lo menos un aspecto que pareciera ser positivo para el entorno.

Los siguientes diálogos muestran una forma en que tendemos a separar las cosas de sus contextos y a asignar valores en función de lo que conocemos; situación que perpetuamos a través de ciertos discursos.

“El papel viene de los árboles -bien, producto ecológico, natural, de una fuente renovable.”

“Hay que cuidar los árboles, si usamos mucho papel se cortan muchos árboles… Mal, no debemos cortar árboles.”

“El papel viene de plantaciones forestales, árboles plantados y re-plantados para eso, en muchos casos exóticos… Entonces, no importa cortar esos, además se re-plantan.”

“Las plantaciones han sustituido el bosque nativo… Mal, no podemos seguir perdiendo el bosque nativo.”

“Las plantaciones se hicieron en suelos degradados por la agricultura. Bien entonces, recuperamos suelos.”

He escuchado o leído todos esos comentarios, y algo que no se toma en cuenta en ellos es justamente las relaciones ecológicas en la producción de papel. El problema no es papel o no papel (producto ecológico o no ecológico), es cómo, cuánto, dónde, para qué.

Hay plantaciones que se han hecho en suelos degradados, hay plantaciones que han reemplazado el bosque nativo, hay industrias papeleras que contaminan ecosistemas, hay papeles que se usan en catálogos que nadie lee, hay papeles que se usan en libro de educación infantil, hay papeles reciclables y otros reciclados, algunos reciclados vienen en barco desde China. ¿Qué de todo esto nos está diciendo la etiqueta “papel ecológico”?

El término “ecológico” no es solo para uso exclusivo de los científicos, también puede y es usado por el resto de la sociedad, y además se va construyendo un nuevo significado a medida que se usa. Pero no por esto debemos dejar de preguntarnos a que nos referimos cuándo lo usamos. Si estamos atribuyendo propiedades a algo por ser “ecológico”; ¿cuáles son estas propiedades? Creo que deberíamos preguntarnos más sobre significado de los términos que usamos, y ser más críticos respecto a lo que implican las etiquetas.

 

Robert Petitpas

Ingeniero Forestal y

Máster en Ciencias de la Sociedad y el Medioambiente

University College London

  1. Pingback: La banalidad de lo “ecológico” | robertpetitpas

  2. Buen artículo Robert, justamente acá en Chiloé está pasando eso con la producción energética, donde se asume como algo positivo a priori sólo por estar catalogada como “energía verde”. Así hasta el momento han ingresado a evaluación 8 proyectos, mientras con sólo 1 se puede abastecer a toda la provincia. El tema de fondo es dónde, cuánto, para qué y para quién

  3. montselara

    Buena columna y un recordatorio de que el lenguaje y su significado lo construimos y de-construimos entre todos. Deja harto para pensar en la labor de la educación en este tema también ya que finalmente solo un cliente/comprador bien informado podrá discernir entre el real significado de lo ecológico y el uso que se hace en marketing de este concepto

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