La deuda de El Mercurio


www.elciudadano.cl24No sé si esperé demasiado, pero como periodista, busqué todos los especiales generados por los diarios y revistas sobre los 40 años del Golpe Militar para analizar el tipo de contenido y cobertura. De El Mercurio, no encontré mucho. Digamos que casi nada.

Siendo un guarismo de peso, la conmemoración de estos 40 años no sólo empujó al mismo Presidente Piñera a confirmar la existencia de “cómplices pasivos” (como ciertos medios de comunicación o el mismo Poder Judicial) detrás de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos en la Dictadura, sino que también llevó a uno de los líderes de la UDI, Hernán Larraín, a pedir perdón por estos hechos, impulsó el mea culpa de la Asociación de Magistrados y de los jueces de la Corte Suprema, y llevó a la Universidad Católica a otorgar títulos póstumos a sus estudiantes caídos. Eso por contar sólo algunos de los resultados de esta conmemoración.

Sin embargo, El Mercurio apenas dio muestras de querer reconocer sus yerros históricos. O digamos que sí, pero de una manera rayana en lo incomprensible, poco clara y sin mucho alarde. En definitiva, una penosa justificación publicada en un editorial el domingo anterior a ese miércoles 11. Ahí se explicaba que la única opción posible que tenían como medio en ese momento era “relajar todas las restricciones” hasta mediados de los 80, lo que permitiría a la larga la existencia de otros medios de oposición “beligerantemente activos”.

Quizá se refería a las revistas Cauce y Análisis y sus reportajes de denuncia, donde los nombres de Patricia Verdugo, María Olivia Mönckeberg o Mónica González alumbraban el oscuro panorama del periodismo local.

Erróneamente –y este error lo explicaré al final de esta columna– esperé menos el perdón de este diario que una cobertura digna de los 40 años del Golpe. Esa que brilló en los cuerpos del Grupo Copesa, para sorpresa de muchos, incluida la mía, a través de Qué Pasa y toda La Tercera a través de Reportajes, El Semanal y la versión online del diario; una cobertura que tampoco decepcionó en las hojas del carismático The Clinic ni en medios extranjeros como The New York Times, El País o El Universal de México. Para qué hablar de la televisión, cuyos programas, todos de mayor o menor calidad, cumplieron con lo que gran parte del público quería ver a raíz de estos 40 años.

No se trata de dar pan y circo. Se trata de lo que una sociedad libre y en democracia demanda, de una prensa libre y en democracia. Aquello que la famosa Comisión Hutchins anotó en 1947 en ese famoso reporte titulado “Una prensa libre y responsable” (A Free and Responsible Press). Entre otras cosas: la proyección de una imagen (en la prensa) de esos grupos que constituyen la sociedad.  Después de todo, dice el documento, “los medios de comunicación son un instrumento de educación, quizá el más poderoso que existe, y por ende, ellos debieran asumir una responsabilidad igual a la de los educadores”.

Esto es algo de lo que El Mercurio está lejos de hacer.

De su cobertura, no hubo ningún tipo de especial de nada, salvo un par de artículos dispersos bastante magazinescos, como un versus entre los nietos de Allende y Pinochet en la revista Sábado, y otro donde se colgaron de una encuesta de la UC-Adimark, por nombrar los más conspicuos. Artículos dispersos, perdidos, sin ningún atisbo a las violaciones a los derechos humanos ni a nada que representara el deseo de la sociedad en su conjunto salvo a su reducida elite lectora.

Sigue siendo legítimo para un medio contar con una línea editorial respecto distintos temas o hechos del día a día. Y para eso está la sección de opiniones de los diarios. Sin embargo, el eterno conflicto de este histórico medio sigue tan patente como siempre: la editorialización de las noticias en la mayoría de sus páginas.

Será difícil que alcance el ideal de buen periodismo mientras su fin último siga siendo el satisfacer a esa clase acomodada que aún compra El Mercurio. Pero también es cierto que este medio no puede hacer más –y ahí noté mi error al no esperar el mea culpa del “decano” –, pues toda vez que intenten sus reporteros ahondar en los meandros de la sangrienta Dictadura de Pinochet, chocarán indefectiblemente con el nombre de su dueño, Agustín Edwards.

Y es por esto que su pobre cobertura no pasó de ser un producto al paso –me expliqué después de pensar en las razones que llevaron a este periódico a soslayar la sustancia de la agenda periodística de septiembre–. Pues mientras el diario de Agustín siga teniendo cuentas pendientes con la sociedad, mientras su dueño o el periódico no asuman sus culpas como uno de los responsables del Golpe, sus hojas seguirán envolviendo pescados en las ferias libres de la periferia capitalina.

Por Carlos Oliva

Periodista

  1. Patricia Junge

    Si, los medios de comunicación son un instrumento de educación, y el Mercurio educa al mostrar de qué y cómo hablar… el silencio también comunica.

  2. Honorato Lasagno.

    La prensa en el mundo entero está manejada por los propietarios de la misma que, salvo escasas excepciones, las tienen para manejar las opiniones de los ciudadanos. La profesión periodística es sólo un ejército de mercenarios al servicio del dinero. Esperar otra cosa resulta ingenuo.

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