Hacia un socialismo cyborg


Cortesía Claudia Pool

Cortesía Claudia Pool

Vivimos en una época que se caracteriza por las orientaciones políticas de “tercera vía”, donde los consensos, concertaciones, expertos y tecnócratas han reducido a un mínimo las diferencias ideológicas entre partidos, y donde la tradicional política ‘adversarial’ (izquierda/derecha; nosotros/ellos) se ve como algo del pasado. Paradójicamente, el ambientalismo es quizás uno de los fenómenos que más se ha insertado en esta dinámica post-política, con terribles repercusiones no sólo para la democracia, sino para el medio ambiente. La incapacidad del ambientalismo para entablar un diálogo con la izquierda internacional ha resultado en la profundización del modelo neoliberal que depreda nuestro planeta vorazmente. Sin demeritar de ninguna manera la valiosa labor de muchos grupos ambientalistas, hay que reconocer que el actual zeitgeist “ambiental” se ha reducido a una lucrativa gama de productos, instituciones y formas de lavado de conciencia que ocultan la falta de un verdadero debate democrático acerca del mundo que se debe construir. La columna que se presenta a continuación fue publicada recientemente por la revista Jacobin bajo el título “Toward Cyborg Socialism”, y constituye un poderoso llamado a politizar el medio ambiente. Es importante aclarar que si bien la critica va dirigida principalmente al ambientalismo de los países del Atlántico Norte, muchos de sus imaginarios han informado –y todavía informan- algunos sectores del pensamiento ambiental en América Latina.

Hacia un socialismo cyborg

El primer Día de la Tierra fue el 22 de abril de 1970. En esa fecha también se conmemoraron los cien años del nacimiento de Lenin. La coincidencia no fue intencional. De hecho, parte del objetivo del Día de la Tierra fue distanciar el incipiente movimiento ambientalista de las críticas de la Nueva Izquierda a la sociedad de consumo, desarrollo suburbano y desechos nucleares. Para evadir acusaciones de “política de sandía” –verde por fuera, rojo por dentro-, el mensaje del movimiento ambientalista que se empezaba a consolidar se alineó con el eslogan de Greenpeace, “no soy rojo, soy verde”. A medida que el ambientalismo se masificaba, las fundaciones y ONG verdes se volvieron ricas y poderosas gracias a donaciones corporativas, adoptando estrategias conciliatorias encaminadas a teñir el mundo de verde, marca por marca.

Hoy en día, el eclecticismo del ambientalismo se acerca incluso al de la Izquierda: fantasías conservacionistas, misticismo de la “Nueva Era” y romanticismo de clase media coexisten con protestas indígenas anti-nucleares, campañas contra el esmog urbano, nostalgia agraria de “un regreso a la tierra” y tecnologías corporativas verdes. No obstante, un ambientalismo militante también empieza a ganar visibilidad –junto con la correspondiente represión estatal. Incluso las variantes más mainstream del ambientalismo se están inclinando hacia la izquierda. El cambio climático en particular tiene potencial radicalizador, pues más y más personas están empezando a cuestionar el efecto destructivo del actual sistema económico sobre el medio ambiente. No obstante, los grupos ambientalistas mainstream no son quienes van a ofrecer una crítica coherente de las consecuencias ecológicas del capitalismo, o incluso teorizar alternativas.

Es ridículo que aún cataloguemos el cambio climático y el acceso al agua como temas específicamente “ambientales”: ante todo, son asuntos de economía política y acción colectiva. Es decir, son cosas sobre las que la Izquierda tiene mucho qué decir. Pero mientras la Izquierda reconoce cada vez más la importancia de temas antes considerados como “ambientales”, también se nota la falta de perspectivas y discusiones profundas y minuciosas sobre estos temas al interior de la Izquierda misma. Eso necesita cambiar –no podemos seguir recitando más a Naomi Klein cada vez que el tema sale a flote.

La Izquierda necesita más voces y críticas más incisivas que introduzcan análisis de poder y justicia a las discusiones medioambientales. Podemos empezar por apoyar y amplificar el trabajo de los activistas de justicia medioambiental, quienes durante largo tiempo han luchado contra los efectos desiguales de la destrucción ambiental sobre comunidades y otros grupos marginalizados. Pero hay más por hacer. El ecologismo de izquierda tiende a tener un dejo de anarquismo: protestas anti-globalización, acción directa, derechos de los animales y colectivos de ciclistas. Y porque los problemas medioambientales son a veces tan locales, frecuentemente requieren soluciones a pequeña escala. Sin embargo, el cambio climático y otros desafíos globales ambientales son temas sistémicos que requieren ir más allá de algunas islas de prácticas alternativas.

Así, si el eco-anarquismo no logra escalar bien, las críticas arrolladoras del tipo “¡es el capitalismo, estúpido!”, no son muy útiles cuando se debaten alternativas específicas. Los socialistas también tienden a evadir la discusión de cómo alcanzar una justicia económica mundial prescindiendo de las formas actuales de producción de energía y destrucción medioambiental. Incluso dejando de lado la respuesta inevitable de que la Unión Soviética estaba lejos de ser un paraíso ecológico, los viejos sueños socialistas de maximizar la producción con el fin de lograr la abundancia e igualdad se ven cada vez más insostenibles. ¿Qué los remplazará?

No es que tengamos que generar una serie de planes a cinco años para el medio ambiente. Las exigencias de la crisis climática significan que no vamos a tener la oportunidad de construir una eco-utopía desde cero. Nuestra situación requiere una lucha por reformas “no reformistas” –esto es, proyectos que den algo de tiempo para permitir a las sociedades adaptarse al cambio climático y suplir necesidades inmediatas a la vez que se sientan las bases para transformaciones más fundamentales. Sin una visión y una serie de ideas concretas sobre cómo llegar allá, podemos terminar con el tipo de “centrismo verde” que aboga al mismo tiempo por ciclovías y cortes de presupuesto, drones solares y cárceles con energías renovables- es decir, algo similar al Partido Verde alemán, un proyecto que fue inspirador y que ahora es descrito por un cofundador desilusionado como “neoliberales en bicicleta”. Ya tenemos muchos así.

Y del socialismo en un país ni hablar –el ecosocialismo en un país es aún menos viable. El hecho de que los problemas ecológicos no respeten fronteras nacionales o institucionales frecuentemente se usa como excusa para la inacción, lo cual desemboca en una incapacidad crónica para llegar a acuerdos en las negociaciones globales sobre cambio climático. Pero esta interdependencia debería ser el ímpetu para revitalizar a la izquierda internacional –un recordatorio de que la sustentabilidad llegará solamente a través de la solidaridad global.

Al mismo tiempo, las consecuencias de las luchas ambientales dentro de los Estados Unidos son vitales, dada la hegemonía estadounidense –y esto sin mencionar su lugar entre los países más contaminantes del mundo. Los Estados Unidos no solamente han sido reacios a comprometerse con tratados internacionales sobre emisiones; también han presionado para remplazar marcos regulatorios más rigurosos –propuestos por países en desarrollo– por mecanismos de mercado a la medida de empresarios e intermediarios financieros, quienes ven oportunidades para ahorrar costos y para acumular en bonos de carbono y comercio.

La aversión de la izquierda estadounidense a involucrarse sustancialmente en temas medioambientales ha tenido serias consecuencias para la expansión del neoliberalismo alrededor del mundo. La historia del ambientalismo está repleta de maltusianismo, determinismo ecológico, esencialismo biológico, y conservacionismo neocolonial. El escepticismo de la Izquierda de –o mejor aún, su indiferencia frente a– una política ecológica es muy comprensible. Pero no estamos hablando de preservar un concepto idealizado de naturaleza prístina e inmaculada –estamos hablando del mundo que queremos construir, y el mundo en el que vamos a tener que vivir.

El verde domina el paisaje ecológico, desde el verde light de los “estilos de vida sustentables” hasta el verde oscuro de la Ecología Profunda (Deep Ecology). Pero el ambientalismo también son las enfermedades respiratorias en pueblos mineros y los enclaves industriales en áreas urbanas, el brillo metalizado de un derrame de petróleo y el blanco translúcido de glaciares que se derriten.

Y por eso me asusta un poco el término ecosocialismo –es muy orientado hacia la naturaleza. Lo que necesitamos es un socialismo cyborg que apunte no a la primacía de la ecología, sino a la integración de lo natural y lo social, lo orgánico y lo industrial, lo ecológico y lo tecnológico; que reconozca las transformaciones humanas del mundo natural sin simplemente hablar de una dominación frente a este último.

La Izquierda no tiene que volverse verde –para salvar al planeta y a la gente en él, tiene que volverse roja.

Alyssa Battistoni

Artículo publicado originalmente en inglés en la revista Jacobin, bajo el título “Toward Cyborg Socialism”. Edición Invierno 2014

Introducción y traducción de Martín Arboleda

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