Verdeseo

Luego de Valpo y más allá de la desigualdad


Se ha vuelto de lo más común culpar a la desigualdad de gran parte de los males de Chile, cuestión que se intensifica frente a las miserias que dejan las catástrofes que con recurrencia azotan a Chile. Esa obsesión estructuralista con la desigualdad se vuelve con frecuencia demasiado teórica y autoflagelante, nublando las posibilidades de hacer frente a esas desigualdades desde una política democrática de la diferencia y la generatividad. 

La desigualdad emergió como causa y efecto del incendio de Valparaíso y el terremoto del Norte, quizás en menor medida en el caso de este último, considerando que a los terremotos tendemos a darles un carácter más natural. Muchas opiniones alertaron del efecto de la desigualdad urbana, manifestada en asentamientos irregulares en zonas de riesgo como el gatillante de la escala del incendio en Valparaíso; mientras que el ministro Elizalde, con un dejo de conmoción, nos indicó que “con el incendio quedó al desnudo la desigualdad que existe en Chile”. Pero al ser la desigualdad causa estructural del desastre, y al mismo tiempo el resultado que éste deja con el pasar de los días, se hace necesario plantearse hasta qué punto la desigualdad más que ser un motor para el pensamiento y la acción, se convierte más bien en una fuente de inmovilismo y visceralidad.

Es una convicción de mayorías que la desigualdad es un problema, pero eso no significa que exista acuerdo en las formas de entender la desigualdad ni en las formas de confrontarla. Para algunos, solucionar el problema por la fuerza, hasta llegar a un equilibrio científicamente perfecto, podría ser deseable. Para otros, pegarse con una piedra en el pecho y lamentarse de la injusticia parecería ser suficiente, y hasta nos encontramos con aquellos que hacen del problema de la desigualdad una retórica banal (“si somos todos diferentes, nunca vamos a ser iguales”). Esto sugiere que por las condiciones del debate actual en torno a los desastres, centrarse en el problema de la desigualdad es la receta perfecta para que todo siga igual.

El argumento que quiero presentar es que la desigualdad puede ser entendida de modo amplio como un producto de las culturas políticas vigentes en Chile. La cultura política es la definición relativamente aceptada de lo que cuenta como “lo político” en una sociedad particular: el dominio de los discursos, prácticas e instituciones propiamente políticas[i]. Vendría a ser el “sentido común” imperante en torno a qué es y no es político en un determinado momento. La cultura política no se restringe a un modelo único -como apuntar al neoliberalismo como fundamento de toda acción o decisión pública- ni tampoco a una multiplicidad inabarcable donde toda posibilidad de orden se diluye en una suma de accidentes.

La cultura política chilena puede ser descrita, provisionalmente, bajo el signo de la exclusión: la sobrevivencia de una cultura política se funda en la eliminación de las otras. Esto lo vemos, por ejemplo, en la primacía del conocimiento experto, las espiritualidades rígidas (incluso desde perspectivas seculares), la endogamia y el clasismo, la domesticación de las minorías, el centralismo y autoritarismo en el ejercicio del poder, entre otras. Todas estas formas de exclusión contribuyen a formar lo que John Law[ii] llama la ilusión de un mundo donde sólo cabe un mundo (one-world world). Ese mundo instala un mundo ideal, y como prácticamente en todos los sistemas políticos fundados en el liberalismo, es un mundo fuera de lugar, sin relación con la corporealidad de sus sujetos ni la afectividad de su territorio. Este problema es antiguo y para América Latina Fernando Calderón ya lo resumió en la pregunta sobre si es posible ser moderno sin dejar de ser indio.

Replanteando el problema, al ser la desigualdad un producto de las culturas políticas vigentes, apuntar a la desigualdad como el foco para mejorar la respuesta a los desastres estaría desenfocado y no sería suficiente. Lo efectivo sería provocar el cambio desde las políticas culturales, que en este sentido no refieren a las políticas del ministerio de cultura, sino a las prácticas afirmativas de subjetividades, conocimientos, identidades y formas de vida que desafían a las categorías contenidas en las culturas políticas vigentes[iii][iv]. La política cultural reintroduce lo marginado frente a lo establecido, idealmente para dar forma a un mundo donde quepan todos los mundos.

En términos prácticos, me parece interesante resaltar cuatro aspectos de políticas culturales que sin representar cambios exuberantes, implican transformaciones radicales para la cultura política chilena:

Entender el desastre como una preocupación permanente: Los desastres en Chile no son materia de sorpresa, la incertidumbre sólo se cuenta en términos del cuándo y el cuánto. Sabemos que la geología del país es tanto o más importante que su geopolítica, por ello el militarismo, con el que supuestamente se protegen los intereses permanentes del país con presupuestos millonarios, debería girar hacia un régimen permanente de preparación frente a desastres. Esto implica destinar recursos a un cuerpo profesional de bomberos, con responsabilidades bien definidas y entrenamiento permanente, junto a una cooperación en materias de innovación con otros instituciones similares a nivel internacional.

Junto a esto, es necesario transformar el régimen de conscripción militar clasista actualmente existente. Instaurar un programa de servicio civil obligatorio, orientado a la preparación frente a desastres, sería una forma de desplazar la concepción militar de la nación y reemplazarla por una de servicio que pueda efectivamente incluir a toda la ciudadanía, y de paso crear sentido de ciudadanía. Esto tendría potencialmente efectos sobre el nivel de vulnerabilidad de la población frente a una catástrofe y además aumentaría el nivel de conciencia en términos del territorio y su geografía.

Resolver la tensa relación con la ciencia: La ciencia es una de las herramientas más efectivas con las que cuenta un país para conocerse a sí mismo y explorar soluciones a sus problemas más apremiantes. Esto es sumamente relevante en diversos aspectos de la preparación frente a desastres y para la comprensión de las dinámicas de que gatillan los desastres. Pero para que la ciencia pueda aportar en toda su potencialidad, es necesario que esta sea bien financiada y su rol se encuentre al menos parcialmente definido.

Según la Tercera Encuesta Nacional sobre Gasto y Personal en I+D, el gasto en investigación y desarrollo el 2012 fue tan solo un 0,35% del PIB, muy inferior al gasto promedio de 2,4% de la OCDE, y de ese 0,35%, sólo un 37% provino del Estado. Tales niveles de financiamiento dan cuenta del nivel de prioridad que tiene hoy la ciencia en el país. Adicionalmente, un reportaje de CIPER dejó de manifiesto cómo de los más de $3.000 millones de pesos que anualmente gasta la Cámara de Diputados en asesorías de investigación, prácticamente nada se destina a centros de investigación universitarios o con una trayectoria de investigación pública. Además, pese a que las investigaciones son realizadas con recursos públicos, sus contenidos no se encuentran disponibles públicamente[v].

Los variados reportes elaborados por instituciones académicas y por la misma CONAF alertando del riesgo de incendio en Valparaíso no tuvieron efecto en términos de decisiones administrativas, particularmente en la materialización de un plan de contingencia o alguna solución de financiamiento frente a las solicitudes presentadas por CONAF. Esta relación con la investigación, y el peso entregado a esta clase de reportes no es exclusivo de este ámbito, y es bastante claro en el caso de la evaluación de impacto ambiental, donde para que determinados proyectos sean aprobados se solicitan cambios de fondo en los informes, o se obvian los riesgos pronosticados (asunto que ha sido llevado a tribunales y reconocido por varias comisiones parlamentarias), sin importar las consecuencias futuras. Más aún, la ocurrencia de desastres como incendios de gran magnitud ha sido vinculada al cambio climático. Sin embargo, el gobierno de Chile no posee una estrategia específica de adaptación al cambio climático que incorpore con firmeza la preparación frente a desastres.

Una aproximación a las ciencias desde la administración política que no es capaz de proveer un financiamiento adecuado, y que cuando financia estudios de relevancia pública son ignorados o ajustados por secretaría para satisfacer fines restringidos, es una receta para el desastre. En este sentido, comprender a las ciencias como la herramienta más confiable con la que contamos para entender y actuar en un territorio tan propenso a las catástrofes naturales como el chileno, es un cambio cultural de la mayor relevancia.

Distribuir el conocimiento y hacer visible la in/justicia: Otro cambio de relevancia, asociado parcialmente a la práctica científica, tiene que ver con la forma de entender el conocimiento. Hasta el momento, una parte importante de la práctica científica y gubernamental se ha centrado en una concepción elitista y autoritaria del conocimiento. Se privilegia el conocimiento experto, que se asume de antemano como más cierto y efectivo que otras formas de conocimiento que pueden ser llamadas populares, vernáculas, lega o incluso indígena. En la misma línea, se asume que aquellos categorizados como no expertos son homogéneos y que deben ser educados en el conocimiento experto. Esa aproximación, conocida como “comprensión pública de la ciencia”, ha caído persistentemente en desgracia en paralelo con la creciente popularidad de las formas participativas y distribuidas de producir conocimiento.

Un ejemplo importante de esta forma de entender el conocimiento se encuentra en las metodologías de contra-mapeo empleadas en casos de desastres. En oposición, o en adición, a los mapeos oficiales que las oficinas de gobierno realizan frente a desastres como incendios o inundaciones, se han articulado coaliciones ciudadanas, o alianzas entre estas y universidades, para producir información colaborativamente. Esta información permite contar con mapeos de riesgo de catástrofes antes de que estas ocurran; de su avance, distribución y operaciones de control; y de sus consecuencias en términos de distribución de daños y necesidades de quienes han sido afectados. En particular, durante el incendio de Valparaíso se pudo observar incipientemente el uso de estas herramientas.

El desafío que plantea la producción distribuida de conocimiento es la institucionalización de sus metodologías. Esto no implica que deba existir una cooptación de aquellas iniciativas que surgen espontáneamente desde la ciudadanía, pero sí entrega a aquellos que administran el Estado una señal clara de hacia donde deberían apuntar sus esfuerzos. Las carísimas asesorías de expertos que desangran al Estado deberían ser complementadas, y parcialmente reemplazadas, por plataformas que faciliten la producción de información y conocimiento desde quienes serían los eventuales afectados por las in/decisiones políticas. Por su dependencia en tecnologías y dispositivos que imponen limitaciones de participación, estas plataformas pueden eventualmente ser limitadas en su penetración pública. Sin embargo, la aplicación de estrategias complementarias puede ayudar a subsanar en parte esas inequidades.

Otro elemento de importancia, además de las ventajas evidentes de producir información en tiempo real, de modo geográficamente distribuido y a un costo relativamente bajo, tiene que ver con la posibilidad de visibilizar la injusticia. Las manifestaciones de aquello que llamamos desigualdad son múltiples, pero las formas de entenderlas desde la administración pública son opacas y restringidas. Al organizar y legitimar la producción de información y conocimiento desde quienes han sido tradicionalmente entendidos como el público de la práctica política, se hace efectivo un giro, por ejemplo, desde la comprensión de la población como datos de la CASEN o del Censo, a un entendimiento más afectivo empleando las ventajas que otorgan los métodos participativos y digitales.

Sensibilidad frente a la diversidad: Los desastres no nos afectan a todos del mismo modo, lo cual es claro desde la perspectiva de la justicia espacial. Las vulnerabilidades que determinan nuestros riesgos frente a las catástrofes están inscritas en el valor de los terrenos donde habitamos y los materiales que constituyen nuestros hogares, e incluso en nuestra capacidad para pagar mensualmente por un seguro. Pero las vulnerabilidades tienen también que ver con nuestra capacidad de evacuar por nuestros propios medios frente a una catástrofe, o en caso contrario de contar con alguien que nos pueda asistir en ese momento. Las capacidades físicas ciertamente no son las únicas limitantes y en ese sentido hay también elementos afectivos involucrados. Esto se puede pensar desde nuestra capacidad para abandonar nuestros hogares a pesar de que pudiesen ser saqueados, o de desistir de luchar contra el fuego hasta las últimas consecuencias.

Otro elemento, no menos importante, tiene que ver con la distribución de ayuda y la organización de albergues, donde la privacidad se ve resquebrajada con consecuencias que pueden ser potencialmente lamentables. Un ejemplo de ello es la experiencia de discriminación que aquellos asociados con minorías de género pueden tener. También es importante entender que frente a una evacuación donde la vida está en peligro y donde la estabilidad de nuestras vidas se ve profundamente desafiada, los afectos y emociones no responden a moralismos o jerarquías externas, nuestros apegos pueden tomar variadas formas y una que se ha venido manifestando con gran intensidad son los vínculos con animales, particularmente domésticos[vi].

Lo anterior representa sólo algunas de las preocupaciones que desafían la concepción singular y estandarizada de quienes son afectados por catástrofes. Tanto la planificación de las medidas de reducción de riesgos frente a desastres, como aquellas destinadas a la evacuación y asistencia post-desastre, deben tener en cuenta la diversidad de aquellos que estarán involucrados. Esto implica desafíos a la forma de pensar la distribución de ayuda y el entrenamiento de quienes trabajan en el control de desastres. Conocer la diversidad de aristas de una catástrofe y establecer dentro de las estrategias de planificación una clara sensibilidad a la diferencia es fundamental para reducir al menos parcialmente situaciones sorpresivas y traumáticas. Adicionalmente, implica un paso radicalmente democrático al proporcionar un trato equitativo y digno a toda la ciudadanía.

Leonardo Valenzuela

Sociólogo y estudiante de doctorado en geografía humana

Notas

[i]Alvarez, S. E., Dagnino, E., & Escobar, A. (1998). Cultures of politics, politics of cultures: re-visioning Latin American social movements. Boulder, CO.; Oxford: Westview Press. La introducción a este texto se encuentra disponible en español aquí.

[ii] Law, J. (2011, Septiembre 19). What’s wrong with a One-World World. Paper presentado en el Center for the Humanities, Wesleyan University, Middletown, CT

[iii]Alvarez, S. E., Dagnino, E., & Escobar, A. (1998). Cultures of politics, politics of cultures: re-visioning Latin American social movements. Boulder, CO.; Oxford: Westview Press.

[iv]A modo de ejemplo, se pueden entender como políticas culturales prácticas tan cotidianas como dejar de comer carne, hasta defender en el Congreso la existencia de múltiples formas de hacer familia, entender la naturaleza o valorar (y definir lo que entendemos) el conocimiento válido a la hora de tomar decisiones.

[v] A esto cabe agregar el financiamiento de los programas de capital humano avanzado que otorgan a los estudiantes de doctorado, en algunos, casos asignaciones mensuales inferiores al sueldo mínimo de los países de destino, mientras que los parlamentarios chilenos son los mejor pagados de la OCDE.

[vi] Aquí aplica una distinción entre moralismo y moralidad. Quienes reclaman por la falta de coherencia de quienes se preocupan de perros y gatos, y no se preocupa por las culebras o ratones afectados por un incendio aplican moralismo, que es un juicio a priori puramente intelectual. La moralidad, por otro lado, es una respuesta que nace desde la experiencia de ser afectado por otro, provocando una respuesta. Si bien las culebras y ratones son animales, muy poca gente mantiene relaciones cotidianas significativas con ambos, al contrario del rol que las mascotas juegan en nuestras vidas cotidianas.

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