La ropa sucia de GAP y las fallas del sistema voluntario de responsabilidad social empresarial


captured-by-cotton-1-537x402En octubre del 2011 el mall Parque Arauco abrió la primera tienda de GAP en toda Sudamérica. Desde el 2006, bajo una nueva estrategia de franquicias, la marca norteamericana ha estado en un proceso de expansión por nuevos continentes ampliando considerablemente el volumen de sus ventas a lo largo del mundo. En Chile, la tienda es manejada por la sociedad Komex y es de propiedad de los empresarios Arístides Benavente y Carlos Cartoni (quienes también administran las marcas Brooks Brothers, Polo y The North Face, entre otras). La marca Gap, por su parte, es propiedad de la multinacional Gap Inc., la cual tiene un valor bursátil de 18,45 billones de dólares y también es dueña de las marcas Banana Republic, Old Navy, Piperlime, Athleta e INTERMIX. Con 3100 tiendas operadas por la compañía y 375 franquicias a lo largo del mundo, Gap Inc. es una de las tiendas de retail más exitosas del mundo (Gap Inc. 2014).

Gap Inc. también goza de una excelente imagen pública. Con varios galardones en el bolsillo, la multinacional Gap Inc. es considerada un modelo de responsabilidad empresarial. Por ejemplo, este año fue nominada una de Las Compañías más Éticas del Mundo por octavo año consecutivo por la revista Ethisphere y uno de Los 100 Mejores Ciudadanos Corporativos por noveno año consecutivo por la Revista de Responsabilidad Empresarial (CR Magazine). El 2013, ganó el premio Civic 50 por invertir en talento, tiempo y recursos para mejorar la calidad de vida de las personas en las comunidades donde hacen negocios. Por último, el 2012 fue mencionada en el Índice de Sustentabilidad Dow Jones por sexto año consecutivo.

Además de estos y otros reconocimientos no mencionados, Gap Inc. produce amplios y detallados informes de responsabilidad social-ambiental cada dos años. En su última versión, el informe destaca el apoyo que Gap Inc. presta a United Nations Global Compact, la iniciativa oficial de las Naciones Unidas sobre responsabilidad social-ambiental. También destaca en el citado reporte su sociedad con organizaciones sin fines de lucro que velan por el mejoramiento de las condiciones de trabajo en su cadena de suministro (por ejemplo, el Better Work program y la fundación de la Alianza para la Seguridad de los Trabajadores en Bangladesh). La multinacional declara un hondo compromiso con la responsabilidad social y el medio ambiente y hace grandes esfuerzos económicos y de gestión por promocionar un implacable perfil ético.

¿Hasta qué punto Gap Inc. muestra un compromiso real con mejorar las condiciones de vida de las personas que trabajan a lo largo de su cadena de suministro? ¿Se respetan los derechos humanos y el principio precautorio frente a los problemas ambientales en la cadena de producción de la multinacional? ¿Es la prístina imagen de Gap carente de fondo? Estas son preguntas relevantes para Gap, pues como miembro del UN Global Compact ha prometido atenerse a diez principios sobre derechos humanos, estándares laborales, medioambiente y anti-corrupción.

Historial de explotación laboral y abuso a los Derechos Humanos

Una cosa está clara, la buena imagen de la multinacional es relativamente reciente. Antes de ganar galardones, Gap Inc. estuvo involucrada en varios escándalos de abusos a los derechos humanos, explotación laboral y uso de mano de obra infantil.

El año 1999 se lanzaron una serie de demandas en contra de Gap Inc. y otras grandes corporaciones de retail acusándolas de producir prendas bajo tiránicas condiciones de trabajo en Saipán, isla asiática que es técnicamente parte del territorio estadounidense [Estado Libre Asociado de EE.UU]. Como demostraron los testimonios de trabajadoras afectadas en la corte de San Francisco, fueron llevadas a Saipan bajo la falsa promesa de que estarían trabajando en el territorio continental de los EE.UU. En esta ocasión señalaron que cuando producían prendas para Gap y otras grandes tiendas fueron golpeadas sistemáticamente y forzadas a trabajar 12 horas diarias siete días a la semana, en complejos de alta seguridad rodajeados de guardias y alambre de púas. Las fábricas, a su vez, combinaban altas temperaturas, baja ventilación e infestación de ratas. Incluso se habló de abortos forzados bajo la amenaza de perder el trabajo (SF Gate, 1999). Según el testimonio de un mujer que trabajó 6 años en Saipán, estos abusos sucedían frente a los inspectores de las grandes compañías. De hecho, dicha mujer afirma que vio muchas veces entrar al inspector de la marca Gap, mirar la fábrica y luego irse sin decir o hacer nada. Las prendas luego eran vendidas en el mercado con la etiqueta “Hecho en EE.UU.”, lo cual indignó profundamente a los consumidores que pensaban estar comprando prendas producidas bajo altos estándares laborales (The Guardian, 1999).

En otro gran escándalo el año 2000, la BBC reveló que tanto Gap como Nike habían producido prendas en una fábrica en Cambodia que rompía sus propios códigos en contra de la explotación laboral. A pesar de ambas compañías realizaban auditorías periódicas de las fábricas, se descubrieron no sólo horrendas condiciones de trabajo, sino también el uso de mano de obra infantil. Niñas menores de 15 trabajaban haciendo prendas para las dos exitosas multinacionales en horarios de hasta 16 horas diarias los siete días de la semana. La respuesta por parte de Gap fue terminar los contratos con la fábrica plateando que tendrían tolerancia cero con respecto al trabajo infantil (BBC News, 2000).

Sólo dos años después, la tienda fue blanco de activistas de Africa Forum y Unite (Unión de Trabajadores Textiles), quienes llamaron a boicotear Gap durante el periodo de las compras navideñas. Los activistas presentaron nueva evidencia de que la compañía estaba haciendo uso de complejos textiles donde se explotaba sistemáticamente a los trabajadores en seis países. Mediante 200 entrevistas en más de 40 fábricas que producían prendas para Gap en Cambodia, Indonesia, Bangladesh, Lesotho, El Salvador y México, salieron a la luz pública graves problemas de salubridad en las fábricas, largas horas de trabajo y sueldos extremadamente bajos. También se habló nuevamente del abuso físico y la amenaza de no pago como método de control en las fábricas. Los activistas acusaron directamente a Gap de fomentar la disminución de los salarios y de oponerse a que los trabajadores se organizaran en sindicatos para poder mejorar sus condiciones de trabajo (The Guardian, 2002).

La preocupación por mejorar la imagen de la compañía se produjo después de estos escándalos. Su primer informe de responsabilidad social-ambiental (disponible en su página web) es del 2003. A mismo tiempo, a partir del 2004, se puso en pie un programa de “rigurosas auditorías para eliminar por completo el trabajo infantil de su cadena de suministro”, como señala la misma empresa. No obstante, gracias a la investigación de Dan McDougall, en el año 2007, se descubrió que dicho sistema estaba siendo abusado por subcontratistas. Dicha investigación, publicada por primera vez en The Observer, probó que algunas prendas de la multinacional estaban siendo producidas por niños desde la edad de 10 años y en condiciones prácticamente de esclavitud. Dichos niños generalmente llegaban a las insalubres fábricas habiendo sido vendidos por sus familias, de acuerdo a sus propios testimonios. Allí trabajaban 14 horas diarias, muchas veces sin recibir un sueldo, y expuestos al continuo abuso físico de los supervisores. Jivai, uno de los niños entrevistados por el periodista del Observer, cuenta cómo eran golpeados con tubos de goma y les metían paños aceitosos en la boca como castigo. La reacción de Gap fue admitir la asociación, retirar las prendas del mercado y plantear que reforzaría las medidas de prevención de este tipo de abusos por parte de sus subcontratistas mediante sistemas de auditorías privadas (The Guardian 2007).

Lo más sorprendente de este último escándalo no es sólo lo inefectivos que resultan los sistemas de monitoreos privados de la compañía, sino que ya desde 2006 Gap empezó a ganar consistentemente diversos galardones como una compañía ejemplar en temas de responsabilidad social empresarial. Esta irónica situación se ve agravada con las últimas investigaciones de Greenpeace que cuestionan el compromiso de la multinacional con el medioambiente.

Gap y el medioambiente

A través de su campaña DETOX, Greenpeace ha llamado a distintas compañías de retail a eliminar los tóxicos peligrosos de sus productos y a dejar de contaminar recursos hídricos. Para esto piden que las compañías transparenten su cadena de suministro y den públicamente algunos pasos para dar solución a los problemas medioambientales relacionados con la producción de textiles. Desde el comienzo de la campaña el 2011, veinte compañías de retail han firmado un acuerdo con la ONG, incluyendo las marcas Zara, Mango, Esprit, Levi’s y Benetton. Sin embargo, Gap todavía se niega a firmar el compromiso a pesar de que Greenpeace ha vinculado a la compañía con la polución de ríos en Indonesia. La investigación por parte de Greenpeace revela que la compañía de tratamiento textil PT Gistex, vinculada a la cadena de suministro de Gap mediante registros de exportación, y en 2013 directamente desde la página web del complejo industrial, está liberando substancias tóxicas (algunas de ellas hormono-alterantes) directamente en el río Citarum. Además, se encontraron materias primas usadas para la tintura de telas en el río, lo que apunta a que las aguas servidas del complejo industrial no están siendo tratadas ni siquiera de la forma más básica antes de ser descargadas en el río (Greenpeace, 2013).

A pesar de que en su último reporte de responsabilidad ambiental Gap Inc. establece que “para lograr nuestro objetivo de cero descargas para el año 2020, los mecanismos de divulgación y trasparencia acerca de los químicos usados en nuestra cadena de suministro global son importantes y necesarios”, en las casi 150 páginas de dicho documento no se detallan los químicos usados en ningún proceso industrial, así como tampoco se menciona ninguna de las fábricas asociadas a la compañía. El documento presenta su análisis en términos de números de fábricas y complejos industriales por área geográfica, pero no se develan sus nombres (Gap Inc., 2012). De esta manera, es imposible comprobar si los avances mencionados por la compañía en materia ambiental y de derechos humanos y laborales, son verdaderamente efectivos.

Las fallas de los sistemas voluntarios de responsabilidad social empresarial

Uno de los principales problemas de los sistemas de responsabilidad empresarial asumidos por compañías como Gap Inc. es que estos no son vinculantes. Es decir, si la Gap Inc. rompe las reglas que ella misma ha establecido, la empresa no se expone a ninguna consecuencia legal. Tampoco son vinculantes los compromisos adquiridos como miembro del UN Global Compact. La organización Corpwatch ha develado recurrentes violaciones a los principios de dicha iniciativa por parte de sus asociados corporativos. Por ejemplo, se acusa a Unilever de verter desechos tóxicos por medio de una subsidiaria en India (Corpwatch, 2001)). No obstante, y en respuesta a estas críticas, las oficinas del UN Global Compact han señalado que no regulan ni monitorean las actividades de las compañías (Manson, 2005).

Tampoco son en ningún sentido legalmente vinculantes los compromisos de la Alianza para la Seguridad de los Trabajadores en Bangladesh. Esta iniciativa surgió después del desastre del colapso del edificio comercial, Rana Plaza, en el cual murieron 1129 personas y 2515 resultaron heridas. La Alianza fue fundada por Gap y Walmart, y cuenta con la participación de otras 26 empresas norteamericanas. El objetivo de esta alianza es colaborar en la creación y en el lanzamiento de la Iniciativa de Seguridad para el Trabajador en Bangladesh. Bajo su propia descripción, es un plan vinculante de cinco años el cual será trasparente, enfocado en resultados y verificable con a intención de proveer seguridad en las fábricas textiles del país asiático (Alliance, 2014). No obstante, esta iniciativa norteamericana mantiene las formas de monitoreo voluntarias que llevaron a desastres como lo sucedido en el Rana Plaza (donde se habían realizados varias auditorías privadas previas a la tragedia) (War on Want, 2013).

De hecho, esta Alianza surgió como rival al Acuerdo sobre Seguridad Estructural y contra Incendios en Bangladesh. Esta iniciativa, liderada por sindicatos, fue diseñada para crear un ambiente laboral seguro en todas las fábricas de país y es radicalmente distinta a la alianza norteamericana. En primer lugar, el acuerdo consta con un apoyo global y la participación central y activa de sindicatos internacionales y nacionales. A la fecha, ha sido firmado por 150 corporaciones de vestuario de 20 países de Europa, Norteamérica, Asia y Australia, dos sindicatos de comercio globales – IndustriALL y UNI – así como numerosos sindicatos de Bangladesh. Las ONGs Clean Clothes Campaign, Worker Rights Consortium, International Labor Rights Forum y Maquila Solidarity Network están participando como testigos del acuerdo, y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) actúa como presidente independiente (Accord, 2014). En segundo lugar, este acuerdo cuenta con inspecciones independientes gestionadas a través del proyecto y no a través del los proveedores y las grandes corporaciones como en la Alianza. Un tercer elemento es que este Acuerdo cuenta con un reporte público de los resultados, terminando con la falta de trasparencia que impide que los resultados de las inspecciones privadas sean verificados. Finalmente, los compromisos de este acuerdo son legalmente vinculantes: se lidia con las disputas mediante procesos de arbitraje internacionalmente reconocidos, los resultados de los cuales pueden ser forzados dentro de los países donde provienen las compañías culpables. Además, los representantes de los trabajadores pueden iniciar procedimientos en contra de las compañías que no cumplen el acuerdo.

Así, la iniciativa liderada por Gap y Walmart, más que un intento por efectivamente solucionar problemas de seguridad y justicia laboral, es una astuta estrategia de marketing que permite cuidar su imagen corporativa sin perder su absoluto control por sobre los procesos de monitoreo, regulación y cambio a través de su red de suministro. En este sentido, dejar el control de estos procesos en manos de las grandes corporaciones no sería problemático si produjera buenos resultados. No obstante, a pesar de todos los esfuerzos de privados como Gap, solo en esta compañía se han reportado en los últimos años graves incendios, así como condiciones de trabajo inaceptables (por ejemplo, jornadas laborales de 19 horas) (BBC, 2013). Sin la revelación de las fábricas que suministran sus productos, sin la posibilidad de verificación externa de sus auditorías y sin el empoderamiento real de los trabajadores que producen para ellos; la imagen de Gap Inc. se queda en eso, una pura imagen, un mero cascarón en torno a un vacío, o en torno a lo que es todavía una incógnita.

Como bien explica Michael Manson en su libro “The New Accountability”, hay un déficit de responsabilidad en cuanto a los crecientes riesgos trasnacionales y globales. Los intereses y los derechos más básicos de las personas están siendo pasados a llevar por corporaciones multinacionales, las cuales, operando fuera de su territorio jurídico, resultan impunes en su continuo abuso a los derechos humanos y la destrucción del medioambiente natural. El voluntarismo de los estándares internacionales de responsabilidad social bajo los cuales las empresas como Gap Inc. se autoevalúan, eligiendo soluciones a la medida de sus estrategias de marketing y necesidades de limpieza de imagen, se han probado insuficientes. Si incluso las compañías “ejemplares” en los reportes de responsabilidad social que como Gap Inc. tienen un historial de recurrentes faltas, ¿qué hemos de esperar de las miles de compañías mal evaluadas?

Para romper con el perverso sistema no basta hacer una lista de las corporaciones “malignas” y practicar el boicot generalizado. De más está decir que sería tremendamente difícil abstenerse completamente de comprar algún producto que no haya sido producido bajo cuestionables condiciones humanas y ambientales (y para qué decir animales). Ahora, constatar esta realidad no implica tampoco entregarse a ella y no hacer nada.

Para terminar con el abuso sistemático de las corporaciones debemos actualizar nuestros sistemas regulatorios y legales a las nuevas exigencias del mundo globalizado y el comercio internacional. Las iniciativas como el Acuerdo sobre Seguridad Estructural y contra Incendios en Bangladesh son un excelente ejemplo de este tipo de actualizaciones que llenan vacíos en la gobernabilidad internacional y entregan herramientas a los trabajadores para que puedan hacer respetar sus derechos. No van a haber verdaderos cambios hasta que se empodere a aquellas mismas personas que ven violados sus derechos más básicos. Ningún sistema podría proteger mejor a los trabajadores que ellos mismos a través de sindicatos.

Nuestro deber como consumidores está en presionar a las corporaciones para que firmen este tipo de acuerdos y se hagan responsables a través de compromisos verdaderamente vinculantes y por tanto no auto-monitoreados. Por mucho que los estándares actuales de responsabilidad social empresarial dejen mucho que desear, debemos seguir presionando en pos de la transparencia y la revelación de sus procesos de producción.

Por último, y quizás lo más importante, debemos abrir los ojos al lugar que jugamos en el sistema. Nuestro insaciable deseo de poseer cosas que no necesitamos, la cultura de los desechable en la actuamos día a día y nuestra demanda constante por precios más bajos para poder poseer más y más, son la gasolina y el aceite del gran engranaje de la industria global. Nosotros tenemos el poder de frenar los propios impulsos consumistas y la libertad de comprar cosas más duraderas. También podemos revalorar otras formas de intercambio como el trueque y realizar nuestras compras en tiendas de productos de segunda mano. Es fácil no ver el trasfondo productivo de las cosas que compramos, las compañías hacen lo posible para que no lo veamos. No obstante, si nos damos cuenta de que el precio de las cosas es mucho mayor a lo que pagamos en dinero, podemos romper el embrujo de las omnipresentes campañas publicitarias.

 

Por Xaviera Ringeling

 Londres, Inglaterra 

Un Comentario

  1. Rodrigo

    Hola Xaviera buen articulo. Da para pensar si cada día descubrimos como ser más egoísta o si cada día descubrimos como ser mejor? Prefiero la segunda. Saludos!

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