Elecciones en el Parlamento Europeo: ¿y a mí qué?


A pantomime at the European Parliament in Berlin

La semana pasada se realizaron las elecciones del parlamento europeo, en ellas las y los ciudadanos de los diversos países miembros de la Unión Europea eligieron a sus representantes ante las dos cámaras que conforman el componente legislativo de la Unión.

Es cierto que los poderes del parlamento son escasos y que, la mayoría de las veces, su despliegue se encuentra en clara referencia al trabajo que realiza la Comisión Europea. Sin embargo, más allá del poder efectivo con el que cuenta el parlamento, estas últimas elecciones han levantado más de una duda en relación al espíritu que se reflejó en esta votación.

En sentido estricto, 140 de los 751 escaños disponibles serán ocupados por parlamentarios que no creen en la unidad europea. La posición “euroescéptica” ya no aparece como marginal ante tales resultados. Más bien, tal parece que son cada vez más quienes -desde la propia estructura de representación europea- cuestionan incluso la existencia de la Unión.

No está demás recordar en este punto la emergencia de la Unión Europea. Los orígenes de ésta fueron estrictamente comerciales, sin embargo, poco a poco comenzaron a configurar una suerte de identidad europea que, al menos nominalmente, sirvió como argumento para superar las tensiones nacionalistas del viejo continente -y, de paso, articularon una tercera potencia ante el poder de Estados Unidos y China.

El nacionalismo europeo, es imperioso comprenderlo, no se afinca únicamente en reyertas deportivas: el nacionalismo europeo, al final del día, halla su justificación última en la serie de (horrorosas) guerras que configuraron el mapa europeo que, recién hace 25 años atrás con la caída del muro de Berlín, estabilizó las relaciones de poder en el continente.

Es muy peligroso tomar razón de cómo ideologías de extrema derecha, especialmente las xenófobas -como el exitoso Frente Nacional Francés- han comenzado a llenar el panorama europeo. Porque no es sólo en Francia, sino también en Inglaterra (con el UKIP), Dinamarca (con el Partido Popular) u Holanda (con el PVV), donde las ideologías de extrema derecha han cobrado relevancia. El populismo de derechas, especialmente aquel que aboga por una unidad nacional -fundada en la lengua, la cultura o la raza- es una amenaza real. Sin embargo, analistas internacionales han puntualizado que es difícil que tales manifestaciones nacionales constituyan una (paradójica) unidad europea del euroescepticismo.

Se ha señalado que, en razón de la baja participación de los votantes en la elección, que alcanzó sólo un 43% en la Unión y llegó al 34% en países como el Reino Unido o el 19% en la República Checa, la votación -y el aumento del populismo de derecha- no es sino un voto de protesta de difícil articulación política.

Sin embargo, en la misma medida que el extremismo de derecha sube en sus escaños, posiciones igualmente alternativas, como la Iniciativa Feminista en Suecia, han logrado representación. Lo mismo sucede con iniciativas como la Confederación Pirata.

Con todo, pareciera ser que los grandes perdedores de las elecciones son los antiguos partidos de “grandes mayorías”: la Democracia Cristiana Europea y los Socialdemócratas, quienes, con agendas que en su momento propiciaron la emergencia de la Unión aparecen ahora cuestionados por la ciudadanía.

¿Qué tiene que ver todo esto con Chile?, usted se preguntará. Chile se ha vuelto un polo migratorio del continente, de la misma forma en que somos el único país de la región miembro de la OECD (sea lo que sea que eso signifique). En muchos puntos hemos escalado hacia una nueva generación de problemas que, de forma extraña, se han acumulado a los viejos problemas de la desigualdad e inclusión de los beneficios sociales que caracteriza al continente. Hoy por hoy, con más eslóganes que argumentos, se discute el aborto en Chile, así como un Reforma Impositiva que sería risible para muchos de los países del viejo continente y reformas educativas cuyos contenidos sustantivos todavía parecen ignotos.

Mi preocupación específica tiene, sin embargo, otro foco. Considerando la rigidez del sistema electoral chileno -puesto que inclusive tras las reformas propuestas al sistema binominal- la emergencia de nuevos partidos es dificultosa, debemos poner atención a todas aquellas ideas y energías que trasuntan globalmente y que, me temo, pueden llegar a tener eco en nuestro país (como tantas otras ideas foráneas que nos han parecido fantásticas. La lista, ustedes saben, es abundante).

¿Qué pasará el día que, por ejemplo, “nuevas minorías” reclamen el derecho a limitar la inmigración de personas de países vecinos, detentando argumentos xenófobos? ¿Podrán articularse políticamente o tendrán que caer en las dinámicas de “la calle” para ser escuchadas?

Creo que debemos estar muy atentos a la multiplicidad de ideologías que hoy pueblan el mundo, particularmente atendiendo a la facilidad que los medios de comunicación de masas y los nuevos medios otorgan para su difusión. Lo que suceda en Europa no nos es ajeno, nunca lo ha sido; debemos estar atentos para resguardar una de las pocas cuestiones incuestionablemente favorables de nuestra región: la virtual inexistencia de un odio capaz de movilizar a los contingentes ciudadanos.

 Patricio Velasco F.         

  1. Colombina

    Gracias por la columna Pato! Me dejó con dos dudas. La primera: cuando señalas que en Chile no hay forma de articular partidos de “minorías”, dado el sistema político, ¿a qué apuntas exactamente? Porque se puede leer que sería “malo” o “peligroso” que así fuera, porque podemos terminar “como en Europa ahora”. También, cuando señalas que la alternativa sería, para esos grupos, “la calle”. ¿Qué te parece eso? ¿Crees que “la calle” es (o no) el lugar adecuado para expresar esas demandas? ¿Son necesarios ambos canales? La segunda pregunta que me surge tiene que ver con el tema de la guerra y la violencia. En Europa están las dos Guerras Mundiales y el Holocausto solo en la primera mitad del siglo XX, es un hecho. Sin embargo, me pareció que no sé si podemos decir, desde nuestra región (América Latina), que no existe “un odio para movilizar los contingentes ciudadanos”. En América Latina hay historias de guerras civiles sangrientas que cobraron miles de vidas, largos conflictos armados pronlongados por varias décadas, dictaduras violentas y represivas, etc. Venezuela, hoy en día, por ejemplo, es uno de los lugares donde más personas mueren al año por violencia (supera a países de Medio Oriente que muchas veces creemos más “peligrosos” o “violentos”). Entonces no sé si se puede hablar de algo así a nuestro “favor”.

  2. arturo lois

    no entiendo a cual problema te refieres. La aceptación de inmigrantes por motivos políticos ( el asilo contra la opresión) siempre ha sido aceptado por nuestro país, pero por motivos económicos ? Porque ? Podria pensarse en Haití , ,pero el resto no corresponde a menos que un programa pais lo propicie .Las nanas peruanas estarían bien para ti ? Ni hablemos de las mujeres que vienen a prostituirse?

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