Copa pra quem?


Copa pra quem

¿Para quién es la Copa del Mundo? Definitivamente no para el pueblo brasileño que, aún careciendo de acceso a servicios estatales básicos como educación, trasporte y salud, tiene que pagar altos impuestos con los cuales se financia el Mundial. Es hora de que terminemos con el derroche de capital y recursos públicos a los que se somete a las naciones anfitrionas del Mundial y pongamos fin al lucro desmedido de la FIFA a costa del esfuerzo de quienes pagan impuestos.

La fiebre del Mundial es contagiosa, nos toca incluso a aquellos que ignoramos cómo se calculan los puntos y que rara vez vemos algún partido que no sea de nuestro equipo nacional. El Mundial de Fútbol, como las Olimpiadas, es una gran fiesta internacional en la que hasta los menos futboleros participamos y disfrutamos.

Aquí en Londres, se vive el mundial en bares decorados con las banderas de todos los países participantes. Para cada partido hay dos enormes grupos de hinchas que lejos de su patria anhelan una victoria con la cual identificarse e inspirar el respeto de las otras naciones.

Las Olimpiadas y la Copa del Mundo nos permiten expresar nuestro patriotismo y efervescencia nacionalista en un contexto seguro, controlado y pacífico. Inspiran, sobretodo en aquellas naciones que tenemos el privilegio de tener un excelente equipo nacional, un sano amor por la patria y por los deportistas que salen a la cacha en su representación. Son una fuente gigante de entretención e incluso felicidad, para todo tipo de personas a lo largo del globo. Por estas y muchas otras razones creo que estos eventos son profundamente positivos, y por lo tanto debiéramos seguir celebrándolos periódicamente como lo hemos hecho el último siglo.

No obstante, creo que es urgente que se produzca un cambio profundo en la manera en que se llevan a cabo. Sobretodo, se debe acabar con el derroche de fondos públicos y de tipo estructural que conllevan. Estas prácticas son sumamente perjudiciales para las naciones anfitrionas, y sobre todo para aquellas que, como Brasil y Sudáfrica, tienen enormes índices de pobreza e insuficientes servicios públicos.

La presente Copa del Mundo ha sido una de las más cuestionadas a lo largo de la historia. Ha estado marcada por continuos atrasos, desalojos forzosos, malas condiciones de trabajo, problemas de presupuesto y corrupción. Muchos de estos problemas son síntomas de una crisis profunda y de largo plazo en un país que, a pesar de su riqueza y abundancia en recursos naturales, aún no supera los hondos problemas de pobreza y desigualdad de oportunidades que viven sus ciudadanos. En la víspera de la Copa del Mundo la hartada nación brasileña expresó su descontento a través de manifestaciones masivas a lo largo de todo el país.

La manifestación más grande, el 17 junio del año pasado, convocó solamente en Río a cientos de miles (300.000 según las autoridades y a más de un millón según los manifestantes). Brasileros de todas las edades y sectores sociales salieron a la calle a protestar por la corrupción, la carencia de servicios públicos y el derroche de fondos públicos en la Copa del Mundo. Se reportaron movilizaciones simultáneas en al menos 80 ciudades con una convocatoria total cercana a los dos millones (The Guardian, 2013).

El descontento del pueblo brasileño está, sin duda, justificado. Mientras la FIFA recauda ganancias sin precedentes (dos billones de dólares después de descontar costos), son los brasileros quienes pagan la cuenta.

Hasta ahora la Copa del Mundo le ha costado 11.5 billones de dólares a quienes pagan impuestos en Brasil (The Guardian, 2014). La promesa por parte de las autoridades brasileras de que los costos de los estadios serían cubiertos por compañías privadas y que el gasto público estaría destinado a mejorar la pobre infraestructura urbana del país se ha roto de manera sistemática. Cuatro de los 11.5 billones han sido usados en la construcción o refacción de los 12 estadios del Mundial y casi todos los fondos destinados a estadios son públicos (The Guardian, 2014).

Al mimo tiempo, hay importantes indicios de que la billonaria inversión en estadios fue a parar más allá de las estructuras levantadas. Los estadios terminaron costando tres veces más de lo presupuestado y muchos de ellos son mucho más caros que estructuras similares en otras partes del mundo. Conjuntamente, los continuos atrasos llevaron al gobierno a apurar los procesos y muchos proyectos fueron realizados sin una adecuada licitación (Businessweek, 2014).

Compañías como Odebrecht, la constructora más grande de Brasil, se llevarán los beneficios económicos más grandes, sobretodo con el gigantesco aporte subsidiario del gobierno. Los beneficios y privilegios conferidos a Odebrecht por la administración adquieren perspectiva con el hecho de que dicha constructora es uno de los principales donantes del Partido de los Trabajadores de la presidenta Dilma Rousseff (Routers, 2012).

A esto se suma, que muchos de los estadios jamás recuperarán la inversión y serán, como lo es ahora la Villa Olímpica de Londres, grandes y costosos elefantes blancos. Con precios tan altos de construcción será necesario cobrar entradas costosas también, por lo que en las regiones menos adineradas de Brasil el público no podrá pagarlas. Al mismo tiempo, el flujo de hinchas nunca podrá ser comparable al de la Copa del Mundo (BBC, 2014).

Tal vez lo más oscuro de cómo se llevan a cabo estos eventos es cómo la FIFA, incansable máquina comercial, obliga al país anfitrión a cambiar, al menos temporalmente, sus leyes para lucrar de manera desmedida en perjuicio del pueblo anfitrión.

La parte principal del cambio tiene que ver con eximir a la FIFA de pagar impuestos en el país anfitrión, evitando así que se recupere parte del estratosférico gasto público mediante esta vía. Más cruel aún resulta la medida en la cual no se permite vender mercancía en un radio de dos kilómetros en torno a los estadios, despojando a los vendedores ambulantes de una gran oportunidad para beneficiarse del evento. El monopolio de la FIFA alcanza también a los bares, donde la Copa del Mundo sólo puede ser trasmitida en aquellos con el adecuado permiso y que tienen el auspicio de la cerveza oficial de los eventos FIFA (Bleacher Report 2013).

Con el descubrimiento de corrupción a gran escala en el contexto del nombramiento de Qatar como país anfitrión para el 2022, la FIFA está siendo desacreditada a nivel mundial (I. B. Times 2014). Esta crisis debe ser aprovechada para poner presión sobre el organismo y exigir profundas reformas.

Primero que nada, no debiera permitiese que la FIFA exija cambios legales en el país anfitrión. Sobre todo no aquellos que perjudican a personas comunes y corrientes. Dado los enormes gastos públicos en los que incurren los país anfitriones es justo que puedan cobrar impuestos. Al mismo tiempo, estos eventos debieran fomentar todas las formas de comercio constructivas que beneficien a las clases menos aventajadas, como lo es la venta de souvenirs en torno al estadio. El país anfitrión debiera poder elegir libremente si quiere cambiar sus leyes, conservando su plena autonomía política y sin que dicho cambio sea un requisito para participar como tal.

En segundo lugar, debiera estar prohibida la construcción de estadios y estructuras que no brinden un claro beneficio ciudadano y que no sean auto-sustentables en un plazo razonable. Creo que el uso de estadios modales, los cuales pueden modificarse para recibir a más o menos personas, debiera ser obligatorio. Hoy también es posible usar estructuras removibles, las cuales podrían ser reutilizadas en otros eventos futuros.

Estos son problemas internacionales que debieran ser resueltos a nivel del la ONU mediante una votación internacional que imponga normas de conducta sobre la FIFA y proteja los derechos e intereses de los ciudadanos de las naciones que participan como anfitrionas. El estatus quo no protege a las personas comunes y corrientes sino solo los intereses de económicos de la FIFA, las grandes constructoras y las figuras políticas involucradas.

La dañina cultura de lo desechable parece prevalecer en todo ámbito de cosas hoy en día. No obstante, la escala del derroche de los eventos deportivos mundiales no tiene precedente y es especialmente perversa en lugares donde se necesitan desesperadamente recursos económicos para abastecer a las personas de los bienes y servicios más básicos para una vida tranquila y feliz.

Nadie se pronuncia más asertivamente en este tema que la estrella del fútbol brasilero Rivaldo en su cuenta de Twitter: “Es una vergüenza estar gastando tanto dinero en esta Copa del Mundo y dejar los hospitales y escuelas en condiciones tan precarias (…). En este momento no estamos en condiciones de tener una Copa del Mundo, no la necesitamos, necesitamos educación y salud” (El País, 2013).

 

Por Xaviera Ringeling

Licenciada en Filosofía

Londres 2014 

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