La vergüenza de la inclusión


pajaras de leo

El liberalismo es una tregua para los conflictos de convivencia, que sin embargo se funda en una concepción perversa de las relaciones humanas. El juego de roles asociado a una sociedad tolerante tiene un lado oscuro en la asimetría entre quienes deciden lo tolerable y quienes deben someterse para ser tolerados.

Durante la fiesta de despedida de un congreso académico internacional al que asistí recientemente, conocí a una persona que me mostró algo que yo había sido incapaz de entender respecto a las relaciones humanas. Probablemente para muchos el tema que tocaré es una perogrullada, pero dado el impacto que me causó, quisiera compartirlo con aquellos a quienes les pueda hacer sentido, o al menos les pueda ayudar a pensar.

Me encontré con esta persona al salir de un karaoke. Hablamos un buen rato sobre algunos de los grandes temas que se discutieron en el congreso. Me di cuenta rápidamente que el tipo era inusualmente brillante, que había leído mucho y era capaz de conectar con facilidad diversos campos, un erudito. Al mismo tiempo, me quedó claro que era “gay”, frente a lo cual empecé a cuidar mis palabras para evitar decir cualquier chiste u observación que pudiera resultar inadecuada.

Claramente esa distancia empezó a notarse en la conversación, que de a poco fue escalando en incomodidad. En un momento él se detuvo y me preguntó: ¿te parezco interesante? Mi respuesta instintiva fue: la verdad es que no estoy interesado en hombres. Frente a ello, él replicó: esto no tiene nada que ver con que te interesen los hombres, sino con que te intereses en mí. En este punto la conversación se quebró y me invadió la vergüenza. Me di cuenta de que había hecho algo muy mal, que había hecho daño, pero no podía hacer sentido de ello.

Para mí, un elemento positivo, pero a la vez inquietante de enfrentarme sostenidamente a formas distintas de hacer las cosas, tras vivir cuatro años en Australia, ha sido darme cuenta de cuán equivocado estaba respecto de tantas cosas. He aprendido a lidiar con la fricción de las relaciones multiculturales y otra serie de diferencias. Sin embargo, creo que hay un paso importante desde la indiferencia arrogante de la corrección política, a la apertura humilde hacia mundos más justos e igualitarios. Así, creo que internalizar el respeto a la diferencia desde una actitud políticamente correcta, y por lo tanto a mi juicio cínica, sólo contribuye a la marginalización de los distintos que caen en el lado “inadecuado” del juicio.

Aquí entra mi problema con el liberalismo. Se ha vuelto una tendencia de elite en Chile asociar al liberalismo con la “tolerancia” o el “respeto” a causas que se vuelven más o menos populares. Tolerar o respetar asume la existencia de dos conciencias asimétricas, una que altera el orden y otra que se lo permite en nombre de algún supuesto bien mayor o de alguna concesión adicional por parte de quien debe ser respetado. La idea de la inclusión parte de unos que ya estaban y otros que llegan con posterioridad, generando recelo y jerarquías mañosas en la expansión progresiva del sentido de lo correcto, al nivel de las acciones individuales. El individuo es la entelequia a través de la cual, mediante derechos, se logra la inclusión en el grupo. Así, surge la pregunta, ¿por qué sería deseable querer pertenecer a un grupo que se configura en la unificación de individuos jerarquizados?

Y es que amamos tanto estar incluidos que somos capaces de cualquier barbaridad para conservar esa posición, en lugar de dejar de lado las normas del grupo y entregarnos a la posibilidad de encuentros más genuinos. Foucault, en el prefacio al Anti Edipo, señala que el fascismo es la capacidad para amar aquello que nos explota y domina. En tal escenario, lo deseable sería transformar la rigidez y la dominación propia de los mecanismos de inclusión liberales y hacer del grupo una oportunidad para desindividualizar, en lugar de seguir reproduciendo las lógicas de humillación que tanto mal le hacen a nuestra vida cotidiana. Desindividualizar implica superar la idea de que nuestra existencia se agota en una lista de supermercado de preferencias individuales y hábitos de consumo, al mismo tiempo que se basa en abolir los controles fronterizos entre vidas que valen la pena y otras que no. Es por eso que conceptos como “hetero-aliado” me parecen odiosos, porque justamente asumen que el príncipe azul que está adentro vendrá a rescatar a los príncipes rosas que están fuera.

Junto a la homofobia entran aquí el nacionalismo, el machismo y todas esas formas de violencia disfrazadas de orgullo. ¿Por qué tanto nacionalismo parroquial? Por qué ir por el mundo relatando hazañas irrelevantes, mientras exponemos nuestros complejos de inferioridad con el cierre abajo. Y es que por ejemplo, cuando se dice que el machismo mata, el problema de fondo es que no lo vemos, lo asumimos como una choreza, lo bañamos de picardía; mientras el miedo y la inseguridad siguen manteniendo a las mujeres en el borde y teniendo que asumir la humillación pública como un dato más en la construcción de su autoestima.

Me dolió y me sigue doliendo la condescendencia con la que traté a una persona que merecía toda mi admiración. Pero ese dolor vale callampa, si pienso que soy uno más de los que contribuyen a la inseguridad y la vergüenza de aquellos que sienten el dolor más intenso de la discriminación y el estigma por atreverse a vivir su vida al margen de la odiosa norma. Mientras la causa de la no discriminación siga estando anclada en el imperativo de la tolerancia, que se vuelve otro deber ser para el ciudadano ejemplar, muy poco entenderemos de fondo sobre la ética del vivir juntos. Porque no se trata de acoger y rezar por ellos, sino de renunciar a la ridiculez de que nosotros tenemos un poder especial para juzgar, someter y perdonar a los otros.

 

Leonardo Valenzuela

Sociólogo

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