Verdeseo

Gaza y el dolor


minuto de silencio

El conflicto entre Palestina e Israel nos habla de un tipo de sufrimiento colectivo cada vez más sedimentado. Éste, para mí, es un punto de entrada para explorar las actitudes mediante las cuales concebimos el sufrimiento de otros.

En la Franja de Gaza cada día hay menos habitantes. Las horas humanitarias son usadas para escapar, tratar heridos y enterrar seres queridos. Si aún no han huido o buscado protección en refugios internacionales, niños y adultos palestinos están escondidos en túneles subterráneos, esperando no ser muertos con el siguiente misil israelí.

La situación es más que compleja. Primero, tiene una trayectoria histórica de disputa territorial entre dos grupos que ha acrecentado el resentimientos y la falta de entendimiento, lo que a su vez  demuestra que los acuerdos de paz anteriores han sido fútiles en una perspectiva de largo plazo. Segundo, se suma la masacre; sangrientos atropellos a los derechos humanos por ambos lados aunque a muy diferentes escalas -extremismo palestino por parte de Hamas; ocupación militar y terrorismo Israelí. Tercero, el conflicto está articulado en consideración de intereses económicos y amplios intereses políticos, estando Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania incluidos como aliados del ya militarmente poderoso Israel.

El conflicto entre Palestina e Israel nos habla de un tipo de sufrimiento colectivo cada vez más sedimentado. Éste, para mí, es un punto de entrada para explorar las actitudes mediante las cuales concebimos el sufrimiento de otros. Día a día nos vemos enfrentados a experiencias de dolor y frustración, ya sea de forma mediatizada (y a veces distorsionada) por los medios de comunicación, o en el mismo campo de la interacción cotidiana. Por eso, quisiera reflexionar acerca de las actitudes mediante las cuales concebimos el sufrimiento de otros.

Quisiera partir de la base que si bien algunos filósofos y antropólogos han dado cuenta de lo inefable del sufrimiento humano, esto es, la incapacidad de comunicar genuinamente la experiencia mediante palabras, esto no implica que tengamos que silenciarlo, esconderlo, o volverlo tabú como hemos sido testigos reiteradas veces en la historia de nuestra convivencia. Este es una primera actitud, la cual puede ser tanto estoica como indiferente.

Después, está el argumento católico con el cual estoy familiarizada, donde la actitud es de agradecimiento por un regalo recibido. Sin embargo, a pesar de considerarme practicante, no estoy de acuerdo con que el sufrimiento sea un don que hay que recibir de la misma forma en que se recibe una alegría. Para mí el sufrimiento no es una buena noticia, y así como no culpo a Dios del mal que existe en el mundo (el clásico problema de la teodicea), tampoco considero que el sufrimiento sea motivo de acción de gracias. Según mi perspectiva, la gran mayoría de las veces el sufrimiento es producto de una condición de privación, injusticia, o de falta de acceso a tratamientos de salud oportunos. El resto es ingenuidad o indiferencia.

Ahora bien, tampoco se trata necesariamente de exponerse a la truculencia de situaciones de dolor en una especie de sadismo que los medios también potencian. O ir y meter las manos en la masa por la causa, como lo están haciendo todos aquellos voluntarios que trabajan en La Franja haciendo ayuda humanitaria. Es una opción, sin duda válida y valiosa, pero solo para aquellos que están en condiciones de hacerlo. Gracias a ellos, a los cientos de profesionales de salud, rescatistas y voluntarios, la masacre es un poco menos sangrienta y la injusticia un poco menos profunda.

Pero para la gente común y corriente que no puede o no quiere correr los riesgos de involucrarse en primera persona, no es estoicismo ni ingenuidad la actitud que quisiera identificar para enfrentar el sufrimiento de otros. Para mí, la clave es dejarse afectar por la experiencia; sentir en el propio cuerpo la emoción de una situación ajena que lleva a actuar, como las miles de personas que han expresado su descontento alrededor del mundo.

Afectarse permite la apertura al entendimiento de situaciones complejas, además de la emergencia de la sensibilidad frente a situaciones colectivas. Afectarse además concatena una reacción, moviliza a la acción, a mantener al menos la curiosidad por buscar responsables en situaciones que no tienen origen en la Gracia Divina.

Por esto, la invitación es a dejarse afectar e involucrarse en esto de construir un proyecto colectivo, con los medios y posibilidades que cada uno de nosotros tiene. No sirve cambiar el canal en la televisión para no interrumpir el ensimismamiento de la rutina, como tampoco basta acostumbrarse a la maldad del mundo o simplemente rezar. Solo lo primero contribuye a hacer de nuestra sociedad un lugar de condiciones de vida más dignas para todos; el resto sólo ayudará a fomentar el automatismo y a mantener privilegios concedidos de antemano.

 

Por María Ignacia Arteaga

Estudiante de postgrado en Antropología Médica

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