Verdeseo

Civilizando al bárbaro, destruyendo al colonizador


pastores

Imagen: Oxfam International

El conflicto árabe-israelí nos muestra que una gran parte de su base tiene que ver con cómo se establecen las relaciones entre la sociedad, el trato de la naturaleza y la pérdida de noción del “otro”. Gran parte de la solución pasa por resignificar dicha relación.

Más allá del grave problema humanitario inmediato del pueblo Palestino debido a las acciones militares por parte del Estado de Israel, este conflicto posee una enorme cantidad de aristas complejas. En este sentido, y tal como lo han planteado diversos autores, se trata también de un proceso de colonización en curso desde el occidente hacia el mundo árabe[1][2][3]. Este proceso colonizador tiene como uno de sus pilares más fuertes la problemática medioambiental. Es más, justamente a partir de este pilar es donde podemos encontrar, también, la potencialidad de cambio.

De acuerdo a Said, el colonialismo se puede definir como el intento de imponer un determinado estilo cultural desde la construcción de un “otro” a partir de un estereotipo[4].  Este estereotipo es por lo general excluyente, y tiene como efecto construir los cimientos de una identidad excluida, retrógrada y precaria, incapaz de autodeterminarse , así como conflictiva. En este escenario, se observa ese “otro” como una masa indivisible e invisible, con actitudes incomprensibles, es decir, como un “bárbaro”. Por ejemplo, en Chile, vemos al Mapuche como intrínsecamente belicoso, ligado a la ruralidad e incapaz de auto-desarrollarse. Miramos a quienes pertenecen a ese pueblo como seres irracionales a los cuales se les deben aplicar leyes especiales para su control. Así, no vemos al Mapuche de cada día en nuestras calles, escuelas o lugares de trabajo.

En los procesos colonizadores suelen existir valiosos recursos naturales en disputa, que son apropiados por el país colonizador. Por ejemplo, en el caso de la colonización de los españoles en América, ese recurso era el oro. En la actualidad, se siguen produciendo grandes disputas por territorios apartados donde existen minerales. Muchas veces el conflicto se ha trasladado a obtener otro tipo de recursos naturales como la tierra y el agua.

En el caso del conflicto Palestino-Israelí, y de acuerdo a distintos estudios de Amnistía Internacional[5], Social Watch[6] y Oxfam[7], los cursos de agua que abastecen a una gran parte de la población palestina se encuentran truncados y desviados por sus vecinos, en especial Israel, disminuyendo el suministro y afectando especialmente a las zonas de Cisjordania y Gaza. Además, la poca agua que queda se ha vuelto inaccesible debido a las disposiciones de la legislación israelita, las que impiden que los palestinos utilicen el agua libremente, así como por la destrucción generada por los ataques israelitas a los centros de tratamiento y saneamiento palestinos.

De esta manera, se genera una brutal desigualdad en el acceso al agua por parte de estos dos grupos sociales. Por una parte, los palestinos tienen acceso a 70 litros de agua diarios por persona, mientras que los israelitas tienen acceso a cuatro veces más, unos 300 litros de agua diarios[8]. Sin embargo, existen amplias zonas en Palestina donde el acceso se reduce a 20 litros por persona, por debajo del nivel recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), es decir, entre 50 y 100 litros per cápita[9]. Además, en las zonas de Cisjordania y Gaza, el ya escaso elemento se encuentra contaminado por infiltración, siendo no apto para el consumo humano.

La menor posibilidad de utilizar la tierra también es grave, ya que las acciones militares israelíes han destruido zonas de producción agrícola, afectada ya por la falta de agua. Además, el muro levantado y los asentamientos israelitas afectan el tránsito de pastores desde las zonas de habitación hasta las zonas de pastoreo, como es el caso de lo que ocurre en Beit Jala[10].

En este sentido, el Estado de Israel se encuentra en el mejor de los mundos desde el punto de vista de la colonización: por un lado, restringe, limita y confina a la población civil a los territorios con menos valorización ambiental. Al mismo tiempo, sin embargo, los trata como extranjeros, trasladando la responsabilidad de su supervivencia al humanitarismo internacional.

Por eso la apropiación ambiental colonialista está en el eje central del conflicto. Por un lado, genera efectos sobre las relaciones económicas de los sujetos, limitando sus posibilidades de desarrollo, pero también genera efectos sobre su constitución como comunidad y como sujetos.

Este proceso es similar al que proceso colonizador que vivieron los pueblos originarios en Chile. Aquí también existió un proceso de dominación desde la perspectiva ambiental, en la cual se despojó a los indígenas de sus mejores tierras con el fin de obtener los recursos necesarios para el desarrollo del país. Actualmente este proceso se ha transferido desde el Estado a las empresas, quienes actúan como agentes de desarrollo y distribuidores de recursos. De esta manera, se genera tensión, ya que las comunidades, tanto indígenas como no indígenas, no sólo deben tranzar sus recursos naturales, sino que también sus características identitarias.

Es por esto que la experiencia muestra que una política de exclusión y degradación ambiental en circunstancias de competencia por recursos naturales aumenta el conflicto. Es más, puede llevar a la destrucción de las partes en conflicto. Podemos pensar qué pasaría si es que esta carencia de recursos no sólo se da a nivel local, o en una región específica, sino que se expande a nivel global.  

Es por todo lo anterior que el establecimiento de la paz social debería tener como uno de sus centros la sustentabilidad. Cualquier conflicto social debe resolverse estableciendo la deconstrucción del “otro” y proponiendo una nueva construcción de ese “otro” a partir del entendimiento de su proceso identitaro, siempre en relación con su perspectiva territorial, así como con la relación que tiene con su medio ambiente.  Solo así traeremos al “bárbaro” a la civilización y llevaremos al colonizador a la barbarie.

 

Francisco Nómez

Sociólogo

[1] Warschawski, M. 2002. Israel-Palestina: la alternativa de la convivencia binacional. Ed. Catarata.

[2] Peled, N. Nurit Peled: Israel es la continuación del colonialismo europeo. 09/08/2014. Publico.es

[3] HSRC. 2009. Occupation, colonialism, apartheid?: A re-assessment of Israel´s practices in the occupied Palestinian territories under international law. Infomacion disponible en http://www.hsrc.ac.za/en/media-briefs/democracy-goverance-and-service-delivery/report-israel-practicing-apartheid-in-palestinian-territories

[4] Said, E. 1978. Orientalismo. Ed. Libertarias.

[5] Amnistía internacional. Israel y los territorios Palestinos Ocupados: Aguas Turbulentas, Negación del Derecho de Acceso al Agua a la Población Palestina. Octubre de 2009.

[6] Social Watch. Bajo ocupación no hay desarrollo Sustentable. Disponible en http://www.socialwatch.org/es

[7] Oxfam: Gaza on the Brink of Major Health Crisis. https://www.oxfam.org.au/media/2014/08/oxfam-gaza-on-the-brink-of-a-major-health-crisis/

[8] Social Watch. Idem.

[9] ONU. 2012. El Derecho Humano al Agua y al Saneamiento. Nota para los medios.

[10] BBC. Los pastores de Belén, una especie en peligro de extinción. Disponible en http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/12/111224_navidad_pastores_belen_especie_extincion_az.shtml

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