La interminable rabieta de las letras nacionales


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La polvareda que dejó la noticia del último Premio Nacional de Literatura está lejos de acabarse. ¿Por qué tanta cólera por un premio predecible que ha sido consecuente con sus políticas de premiación?

Epígonos de Sísifo. Los críticos literarios están molestos con el último fallo del Premio Nacional de Literatura. Lo ganó Antonio Skármeta, el jocoso y simpático escritor autor de una conocidísima novela llamada “Ardiente paciencia” sobre el supuesto cartero de Neruda, exembajador de Alemania por órdenes del Presidente Lagos y acérrimo defensor del gobierno de Michelle Bachelet. El crítico Matías Rivas anotó que Skármeta “jamás escribe la crítica hacia el poder” y que sus libros “son inofensivos”,  mientras que Germán Marín explicó que “este premio continúa degradándose”. Aunque por lejos, mi cita preferida fue la de Jorge Baradit: “Da igual quien gane, pues el premio es símbolo de la institucionalidad y el lobby”.

De alguna manera, Baradit da cuenta de la hipótesis que quiero defender en este breve informe.

El Premio Nacional de Literatura es el más viejo de los galardones de este tipo en el país y por lo menos la mitad de los 52 premiados son unos completos desconocidos. Nadie los lee. Y es natural, porque lo que sucede con este laurel se asemeja a lo que ocurre con el propio Premio Cervantes de las letras hispanas y también con el Nobel: ni la mitad de los premios literarios son agentes conocidos por el vulgo.

Es extraño que un profesional con tan rica experiencia editorial como Matías Rivas se encolerice con fallos predecibles que a nadie molestan ya. No está mal que cada dos años, intermedio con el cual se galardona a los escritores de nuestro país, los diarios publiquen los lamentos de los fieles seguidores de uno u otro escritor como sublimación freudiana a la impotencia del fracaso de tal o cual candidato. Pero a estas alturas, la sorpresa de que se premie, según Baradit, a la institucionalidad y al lobby resulta habitual con este tipo de onerosos galvanos.

¿Alguien recuerda a Salvatore Quasimodo, a Nelly Sachs o a Jacinto Benavente? ¿Leen los historiadores a Theodor Mommsen o los poetas a Juan Ramón Jiménez o los novelistas a Sigrid Undset? Apostaría mi cabeza que nadie de mi generación oyó siquiera en un pie de página a tanto nobel translúcido.

El caso Borges

Advertido de que el viaje que haría a Chile gracias a una invitación de la junta militar liderada por Pinochet en 1976 aplastaría toda posibilidad de obtener el Nobel de Literatura, Borges respondió que le parecía vergonzoso ocultar sus creencias políticas por el bien de un premio anota Edwin Williamson. Con los años, el gran escritor argentino, enemigo de los nacionalismos y atropellos humanos, abjuraría de su apoyo a las dictaduras militares chilenas y argentinas, pero jamás nunca lamentó haber perdido el glorioso galardón.

Arthur Lundkvist, el influyente miembro de la Academia Sueca que otorga el Nobel de Literatura le comentaría al escritor chileno, el comunista Volodia Teitelboim, que nunca perdonó a Borges su apoyo público al dictador Augusto Pinochet. Olvidando un rato que Borges detestaba la poesía de Neruda y que Neruda era amigo de Lundkvist, el equívoco del famoso escritor trasandino fue el resultado de un conflicto político personal, una respuesta al dañino nacionalismo de Perón cuyos detractores pedían a gritos detener con una intervención militar, una que devino en dictadura, una que Borges agradeció y que vio reflejada en la chilena.

Con los años, el autor de Ficciones comprendería su yerro, al punto de pedir la pena capital para los militares violadores de los derechos humanos de la dictadura de Videla.

Que Skármeta sea un adulador del lobby o del poder reinante no lo hace menos merecedor del Premio Nacional de Literatura como ingenuamente cree Rivas. Hay buenos y malos escritores, claro está, pero este jodido premio es menos una palma literaria que una verónica de presidentes y ministros a los artistas comprometidos con el contexto político. Descreo que el arte deba ser una herramienta de compromiso, descreo de la escritura comprometida que tanto pregonó el malversado Sartre, pero de ahí a creer que los premios literarios sean congratulaciones a la calidad literaria, me resulta improcedente.

¿Se entenderá entonces que al afirmar que un escritor es malo porque adule o no a un partido suena tan arbitrario e insustancial como decir que una vaca es menos vaca por carecer de manchas?

Conocedores de la estatura del influyente Lundkvist, Neruda y García Márquez se agenciaron la amistad del sueco (uno antes y otro después) a punta de lobbies y adulaciones agrarias.  García Márquez visitó varias veces Estocolmo e incluso estuvo en la casa del propio autor escandinavo en los ’70 nos recuerda el crítico Gerald Martin.

La actitud de García Márquez en nada se aleja de la actitud del desprestigiado Skármeta. La diferencia estriba en que uno escribió “Ardiente paciencia” y el otro la novela más importante después del Quijote en español: “Cien años de soledad”.

Carlos Oliva Vega

Poeta y periodista

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