Verdeseo

El derecho de vivir en paz


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¿Qué haremos tras el atentado del lunes? Más allá de los injustificables motivos de los perpetradores, más allá de quiénes hayan sido, debemos arrogarnos a nosotros mismos el derecho de vivir en paz.

El lunes hubo un atentado en Santiago. No indagaré en quiénes lo cometieron ni cuáles fueron sus motivos. La pregunta por quién o quiénes pusieron la bomba en el pasaje adyacente al Metro me parece importante -pero no es aquí mi interés develarla. La pregunta por sus motivos es infructuosa: nada los puede justificar.

La pregunta que realmente me interesa es: ¿qué hacemos de ahora en más?

Un ataque como el del lunes puede tener diversos objetivos. Por ejemplo, podría intentar reivindicar algún grupo u objetivo particular (cuestión que hasta ahora no ha sucedido). Más allá de ello, y sin duda, los efectos del ataque son bastante identificables.

En primer lugar, un atentado de tales características irrumpe en la cotidianidad de la ciudad, desgarra la rutina de las y los ciudadanos y, con ello, suspende el cúmulo de expectativas sobre los que todas y todos operamos en la vida social. Estas expectativas no son demasiado ambiciosas, pero realmente relevantes. A saber, todos esperamos poder movilizarnos sin que nuestra vida corra peligro y, en tal caso, tenemos relativa certeza de que una institución (el Estado) es garante de hacer efectivo tal derecho y capaz de sancionar la violación del mismo.

En términos experienciales, lo anterior se resume en la fórmula de vivir sin temor o, como bien dijo Víctor Jara, contar con el derecho de vivir en paz.

Vivir en paz no se halla sólo referido a uno mismo, se relaciona principalmente a la capacidad de otros de afectarnos -y viceversa. El considerar que “el otro” no es una amenaza es la condición fundamental para la confianza social, de forma tal que poder confiar en el extraño supone siempre que ese otro no nos afectará.

Es esa confianza la que se mina con un atentado. Es el surgimiento de la idea de que el otro es una amenaza -por ejemplo, un potencial terrorista. Creo entonces que lo que debemos hacer es no claudicar ante ese “otro”. No existe sociedad próspera (y esto no refiere únicamente a criterios económicos) que no sea una sociedad donde existen niveles de confianza mínimos, o al menos, donde se considera que “el otro” no es una amenaza.

Debemos ser capaces de reconocer al otro como distinto, sin por ello suponer una amenaza para nuestra existencia. Ese es el desafío de la cohesión social y resulta, igualmente, el objetivo más profundo de un atentado como el que ocurrió en la estación del Metro Escuela Militar.

No es fácil encontrar a qué echar mano a la hora de pensar cómo restituir la confianza social desgarrada por el atentado. Debemos evitar caer en denominaciones facilistas, como los nacionalismos de baja estofa (“Los que hicieron esto son enemigos de la patria”). Al final del día, creo, debemos valorizar el hecho de vivir en sociedad en cuanto tal y reconocer que la labor del otro es relevante para el bienestar propio, tanto como el aporte que todas y todos resulta gravitante para la manutención del orden social. Debemos, igualmente, hacernos conscientes de los efectos operativos del atentado, especialmente en el caso de las víctimas directas del mismo.

Pero, igualmente, todos podemos ser potencialmente presas de ese miedo, de esa necesidad de elevar salvaguardas contra todo quien que no sea conocido pero que, igualmente, forma parte de esta que es nuestra sociedad.

Más allá de los injustificables motivos de los perpetradores, más allá de quiénes hayan sido, debemos arrogarnos a nosotros mismos el derecho de vivir en paz.

Patricio Velasco

Sociólogo

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