Verdeseo

La otra reforma educacional


manos a la masa

Qué queremos que aprendan nuestros hijos para convertirse en adultos bien informados y mínimamente autosuficientes es una pregunta curiosamente descuidada cuando se habla de la reforma educacional. A continuación un par de ideas de cómo lograrlo.

Cuando hablamos en Chile sobre reforma educacional los temas que se roban la atención suelen ser cómo mejorar la docencia y si privatizarlo o estatizarlo todo. Menos se dice sobre la necesidad de repensar el currículum y discutir abiertamente qué queremos que aprendan nuestros jóvenes; qué herramientas creemos necesarias para que puedan desenvolverse como adultos independientes y autosuficientes; y cuánto se acercan o se alejan los actuales currículos de ese fin.

“No sabe ni hacerse un huevo” y “No sirve ni para cambiar una ampolleta” son quejas frecuentes en nuestra sociedad, dirigidas por lo general a personas acostumbradas a que otros administren los necesarios trámites de su diario vivir, demasiado recluidas en su torre de cristal para bajar al mundo de lo cotidiano, o demasiado acostumbradas a que la mater familias o la nana solucionen este tipo de problemas prácticos. Si vemos qué se nos enseña en el colegio, sin embargo, no debería extrañarnos que esté el mundo lleno de este tipo de personajes (y me incluyo en la lista, de la cual grandes esfuerzos he hecho por salir).

Mirando hacia atrás, hacia mi propia educación, me escandalizo de las muchas horas derrochadas en memorizar tanta teoría que nunca pondría en práctica. Me enseñaron que las mitocondrias eran las encargadas de la respiración celular, pero nunca me mostraron cómo hacer respiración boca a boca. Navegué por el mundo de las ecuaciones de primer y segundo grado, pero nunca nadie me dijo cómo leer la cartola de mi cuenta corriente ni cómo se calculaban las “cuotas” de los fondos mutuos. Pasé horas metida en el laboratorio de química y física, mezclando pócimas explosivas y memorizando la ley de Ohm, pero cuando me fui a vivir sola apenas sabía cocinar sopa para uno y salía corriendo en busca del conserje si alguna cañería goteaba.

Para ser justa, recuerdo que una sola vez en mis años escolares, en técnicas manuales, nos dejaron “meter las manos en la masa” y fabricar una lámpara casera. Poco duró el giro pragmático, sin embargo, ya que una compañera distraída juntó todos sus cables en un gran nudo y dejó todo el edificio sin luz al enchufar su modelito – además de quedar con las manos negras y un leve shock eléctrico de paso. Que dicho accidente haya ocurrido no es de extrañar: a niños para quienes el estudio se limitaba a papel y lápiz (y ahora, pantallas y teclados), dejarnos jugar con electricidad fue como dejarnos jugar con fuego. Pero si la enseñanza de este tipo se generalizara, estoy segura de que aprenderíamos desde chicos a cuidarnos mejor y a tenerles menos miedos irracionales y cuasi-supersticiosos a aparatos inventados por y para seres humanos.

Primeros auxilios, cocina, electricidad y gasfitería básicas deberían ser parte del currículum escolar en educación básica. La dactilografía debería ser tan importante como la caligrafía, mientras que en educación media se debería sumar a lo que alguna vez se llamó “educación cívica” la “educación de consumidor”. Para bien o para mal, en un mundo donde tener tarjeta bancaria es casi tan obvio como tener carnet, es simplemente insólito que entender lo que son los intereses y las comisiones y cómo se calculan no sea obligación antes de hacerse de una.

Es insólito también que quienes salen años más tarde al mercado laboral se embarcan en seguros e hipotecas y pagan impuestos muchas veces a ojos cerrados, confiando en que no los harán lesos, y absolutamente ignorantes de la oscura terminología de pies, tramos y deducibles. En dicha asignatura debería enseñarse también a leer “la letra chica” de los contratos, para evitar desagradables sorpresas a futuro.

Fantaseando, imagino a veces que una educación tan deficiente en habilidades y conocimientos de este tipo es resultado de una conspiración desde las cúpulas, que buscan mantener a la masa ignorante de los datos más básicos para tomar decisiones de vida responsables y bien informadas. Prefiero pensar, sin embargo, que es sólo eso: fantaseo. Y que pronto nos sentaremos a revisar el currículum escolar para que forme personas que sepan lo que firman, y que tengan una comprensión básica de cómo funciona el mundo a su alrededor para que no se enfrenten a una cañería goteando como si viniera el Diluvio, a un cortocircuito como si se hubiera apagado el sol, y al resumen de su pago anual de impuestos como si fuera un legajo en chino mandarín.

Alejandra Mancilla Drpic, periodista y filósofa

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