La primavera de los economistas


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Cuando ya muchos habíamos perdido la fe en los economistas y la terquedad de su dogma neoclásico, una generación de estudiantes críticos e inconformes quiere mostrarle al mundo que después de todo, la disciplina sí se puede reinventar y contribuir a generar mejores sociedades.

Quizás como ninguna otra disciplina académica o campo del conocimiento, la Economía tiene una enorme capacidad para transformar radicalmente las condiciones materiales de existencia de millones de personas. En años recientes, diversos filósofos e historiadores de la ciencia han coincidido en que más que una serie de herramientas analíticas para aprehender la realidad, los modelos económicos son poderosas fuerzas dinámicas que conjuran y materializan todo tipo de mundos. Técnicas de cálculo y proyección financieras, actuariales y matemáticas pasan de la abstracción a la realidad al ser manipuladas y aplicadas por actores financieros, reguladores y académicos. Paradójicamente, y a pesar de su gran poder, la Economía hoy en día atraviesa una crisis de credibilidad no solamente en el ámbito académico, sino frente a la opinión pública en general. El tema se viene comentando de forma frecuente en universidades, diarios y redes sociales, pues lo grave no es que los economistas no hayan podido prever ni mitigar los cataclismos económicos que han sacudido al mundo en años recientes. El problema es que a nadie le cabe en la cabeza que después de tantas turbulencias, el canon neoclásico que informa la disciplina siga totalmente intacto. No hay autocrítica, no hay un mea culpa, no se cuestiona la forma de producir conocimiento, no hay nada. La Economía, y el mundo material que ésta produce y reproduce, siguen adelante como si no hubiera pasado nada.

Lo bueno es que el panorama no es del todo desalentador, pues desde el corazón mismo de la disciplina se están empezando a escuchar voces disidentes que demandan cambios. Thomas Piketty, quien ha sido considerado el “economista estrella” del momento, reniega abiertamente del mainstream económico. En su aclamado libro Capital in the Twenty-First Century, Piketty deja en claro su inconformismo con el cientificismo que impera en el pensamiento económico contemporáneo. En varias instancias el autor critica la forma en que los economistas ortodoxos usan de forma “inmoderada” modelos matemáticos abstractos al mismo tiempo que muestran poco o nulo interés frente a datos empíricos, coyunturas históricas, políticas o sociales. Este mismo argumento ha empezado a tomar fuerza al interior de varias universidades, pues las nuevas generaciones de estudiantes no conciben que sus programas de estudio no incluyan temas tan vitales para entender la realidad contemporánea como burbujas, especulación, seguridad alimentaria, cambio climático, antagonismos de clase y crisis, entre muchos otros.

En un manifiesto firmado recientemente por 65 asociaciones de estudiantes en departamentos de Economía de 30 países, los estudiantes denuncian la falta de diversidad intelectual de sus correspondientes programas y la forma en que eso impide la generación de herramientas analíticas, epistemológicas y metodológicas adecuadas para lidiar con la complejidad del mundo actual. De acuerdo con este documento, la Economía se tiende a presentar como un conjunto de conocimientos unificado, desconociendo que hay ricas y diversas tradiciones que ofrecen distintas formas de mirar los mismos fenómenos. Una educación económica verdaderamente inclusiva, afirman los estudiantes, no solamente comprendería los enfoques neoclásicos, sino también las ignoradas escuelas clásica, post-Keynesiana, institucional, ecológica, feminista, marxista y austriaca entre muchas más. Asimismo, estos estudiantes exigen formación en campos supra-disciplinarios como teoría del conocimiento, filosofía de la ciencia e historia del pensamiento social, pues es tan importante estudiar la economía en sí, como los diversos contextos en que ésta se desenvuelve.

Lamentablemente, el establecimiento disciplinario no ha estado a la altura de estas despiertas y críticas asociaciones de estudiantes, pues ha sido poco receptivo frente a sus exigencias. Las directivas son renuentes a implementar cualquier cambio no solamente por considerar otras corrientes de pensamiento económico como “poco científicas”, sino porque las revistas académicas de mayor reputación son obviamente las de corte neoclásico. Sin embargo, esto no ha logrado detener a los estudiantes. Por ejemplo, en la Universidad de Manchester, Reino Unido, conformaron por su propia cuenta un grupo de estudio al que llamaron “Post-Crash Economics Society” (Sociedad de Economía Post-Crisis). En horarios extracurriculares, esta sociedad organiza charlas, clases, debates y seminarios sobre burbujas, pánicos financieros y demás temas que los directivos de su programa se niegan a incluir.

La indiferencia de las autoridades universitarias, sin embargo, no se circunscribe a una o a pocas instituciones educativas, y más bien es parte de una tendencia general en el Reino Unido y los Estados Unidos, países donde se producen las ideas económicas de más alto impacto. Tan es así que algunos comentaristas han advertido un éxodo intelectual en la disciplina, pues ante la reticencia y el autoritarismo académico, muchos economistas han buscado refugio en departamentos de Geografía, Sociología, Ciencia Política e Historia.

En su libro “La Estructura de las Revoluciones Científicas”, el filósofo de la ciencia Thomas Kuhn consideró que la producción de ideas se da de forma estable a lo largo del tiempo, hasta que las metodologías y premisas básicas en que se fundamenta una disciplina o campo del conocimiento dejan de ser idóneas para responder de forma satisfactoria sus preguntas de investigación. En ese caso, y de acuerdo con Kuhn, los períodos de calma son sucedidos por revoluciones científicas en las que se generan nuevas formas de abordar los problemas. El malestar no solamente en salones de clase, sino en una opinión pública que es cada vez menos tolerante hacia el autismo de la disciplina, me hace pensar que quizás sí es posible una nueva forma de hacer economía. Este debate aún no se instala con fuerza en Latinoamérica, lo cual es lamentable considerando que la región es de las que más se ha ceñido a la doctrina neoclásica/neoliberal.

Cuestionar y reformular estas estructuras de conocimiento es una tarea urgente, pues las políticas públicas que rigen muchos aspectos de nuestra cotidianidad son diseñadas, implementadas y reguladas por economistas, o por profesionales de otras áreas que emplean conocimientos económicos. Sin embargo, sin una educación económica pluralista e inclusiva es muy difícil que las nuevas generaciones de profesionales puedan construir mejores sociedades.

Martín Arboleda

Abogado que cursa un doctorado en Ciencia Política

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