Verdeseo

La barbarie de la civilización


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El ajusticiamiento de un joven en el espacio público, ocurrido hace unos días, da pie para prender una luz de alerta sobre nuestro modo de vida. La barbarie amenaza en tal despligue de pasiones. Pasiones que, más temprano que tarde, pueden atentar irreflexivamente contra cualquiera.

Hace unos días un presunto ladrón fue ajusticiado en la vía pública. Digo presunto pues, pese a haber sido desnudado y sujeto con plásticos en medio de la calle, no hubo denuncia alguna por hurto o robo. La causa del castigo es presunta, la eficacia del ajusticiamiento es (lamentablemente) total.

¿En qué minuto nos permitimos tales actos de barbarie?

Fácilmente puede aducirse que un ajusticiamiento público sólo responde a la ineficacia de las instituciones que rigen la sociedad –policías y juzgados, principalmente. Lo anterior no excluye, sin embargo, el carácter bárbaro del ajusticiamiento.

¿Por qué bárbaro?

Sencillo. Una de las principales bondades del orden estatal es, justamente, aquella que establece que los conciudadanos no constituyen, a priori, amenaza alguna para la vida civil. Por el contrario, somos todos quienes habiendo (tácitamente) aceptado el pacto de vivir en comunidad, nos sometemos a un poder mayor –el del Estado. Tal poder, además, debiese operar por mecanismos democráticamente sancionados.

La suspensión del contrato social, esto es, tomar las armas o la justicia por mano propia, comporta casi indiscutiblemente tensionar los criterios sobre los cuales se fundamenta la noción moderna de civilización. Lo anterior implica que el espacio público deja de ser un lugar regulado en pos de la buena convivencia, y los instintos vuelven a tomar un lugar protagónico. Son tales instintos, habitualmente constreñidos en pos de la vida en comunidad, los que pasan a ocupar un lugar central en reacciones gregarias como la padecida por el presunto ladrón.

No se trata de defender a quienes atentan contra la ley –en este caso la propiedad privada y, seguidamente, el propio pacto social. Se trata de que sean juzgados en derecho, de acuerdo a las normas que nos hemos soberanamente arrogado. ¿Cómo puede haber justicia si no hay denuncia? ¿Cómo puede haber justicia si hay reacción visceral? ¿Cómo puede haber justicia si hay barbarie?

La profesora Helene Risor, ante el ajusticiamiento, describe la reacción de la ciudadanía, destacando cómo se reducía la identidad del jóven acusado a la mera figura del ladrón. Así, éste se despersonaliza, situándose más allá del ámbito de los derechos y de la propia identidad: él es un ladrón -que, por demás, no ha sido debidamente acusado- y merece ser detenido; despojado de su identidad y sus ropas ha de ser atrapado en la transparencia (del plástico adhesivo) ante el público.

No es siquiera necesario discutir aquí respecto a los potenciales motivos que pueden llevar a alguien a delinquir. El robo es un delito y debe ser castigado. También es un delito vejar a un conciudadano. También puede llegar a constituir un delito el dejarse llevar por pasiones que, fácilmente, pueden acabar intentando justificar actos impropios.

Las “detenciones ciudadanas” no nos pueden llevar a un nuevo orden en el que, intespestivamente, se “administra” justicia. Eso, me temo, es todavía más arbitrario que las guillotinas propias de los días más oscuros de la Revolución Francesa.

Hemos de construir un Estado, fundado en una comunidad de intereses que considera los derechos no sólo de nuestros contemporáneos, sino que se halle también consciente de nuestra herencia y atenta a lo que heredaremos. Ojalá sea esa una herencia civilizatoria: que lleve a los más a vivir de la mejor manera consigo y nuestro común entorno.

Patricio Velasco F.

Sociólogo

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