Pedro Lemebel: Un ángel de los suburbios


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Reproducimos acá un perfil escrito por el poeta Carlos Oliva Vega a instancias de un trabajo solicitado por la Escuela de Periodismo de la UC en 2006.  Tras insistir día tras días en las afueras de la vieja casa del escritor en Recoleta, Lemebel accedió a entregar diez minutos al estudiante, diez minutos que se transformaron en media hora de conversación en el living del fallecido artista. 

El tibio sol de invierno apenas pincela el enrejado cité de la calle Dardignac, en Recoleta, y el monótono ruido de máquinas de una zapatería no alcanza a opacar las notas de piano de una bermeja casa entre las residencias. En la puerta, maceteros con grandes helechos dejan ver la soledad a lo largo de los cuadros a carbón, donde el rostro de Pedro Lemebel domina el espacio de sus territorios en una gran tela final.

Los anchos sillones de cuero y el orden meticuloso de los muebles adjuntos, manifiestan la ansiedad de una apariencia necesaria. “El Pedro es así. Yo que lo conozco desde hace tres años y que le aseo su casa, sé lo exquisito que es con esto de la limpieza y el orden de sus cosas”, afirma Jerónimo, peruano con acento chileno de veinticinco años y que reserva su apellido, “por si acaso”.

La música desciende su voltaje, afuera, los niños corren por el pasillo tras una pelota. Pedro enciende un cigarrillo mientras se acomoda debajo de sus libros en la pequeña sala de estar, junto a una mesita arrinconada. Como todos los días, viste de jeans y se cubre con un chaleco gris hasta las rodillas. Pero su rostro es el mismo que el de la tela: la misma nariz encorvada, la boca en permanente gesto hacia la izquierda, los oscuros ojos lampiños. Todo igual, pues ni el maquillaje ni los pañuelos en la cabeza, ni sus anteojos sin marco logran camuflar el aspecto duro de conflicto y experiencias contrariadas que la vida le otorgó.

“Yo viví en una pocilga, en un mosquerío junto mi madre, allá en el Zanjón de la Aguada, un lugar que ya no existe, una pobreza que no se da”, dice el escritor mientras se toma su tiempo para cruzar una pierna y continuar: “Eso era vida, eran letras vivas que luego volqué al papel”. Aunque antes de volcarse, primero tuvo que hacerse un nombre porque “con ese nombre de gásfiter que tengo (Pedro Mardones), no iba a llegar a ninguna parte”, expresa con un dejo de perversidad. Y por eso el Lemebel, un apellido de su abuela y posteriormente de su madre que fue Lemebel Lemebel. “¿Un apellido francés? No lo sé, pero un apellido inmigrante, vagabundo, que pocos tienen”, se pregunta y se responde satisfecho por esa identificación de paria tan ad hoc a su propia existencia.

Ese apellido de diva es lo único que va quedando del recuerdo de su madre fallecida hace ya cinco años, compañera vital y permanente de este artista de los bajos fondos, con quien vivió hasta el día de su deceso. El lugar que ocupa su madre aún está intacto. Con ella vivió los reveses del hambre y por ella hoy está donde está. Asiduamente le lleva flores al cementerio como parte de un ritual secreto que nadie conoce y asiduamente piensa en ella. No tenerla ha significado para él la pérdida de algo inmenso. “Se me murió el deseo, se me fue el amor”, explica secamente pero cambiando de actitud como para olvidar ese recuerdo que tanto lo fatiga, volviendo a aterrizar al ahora. Porque Pedro sigue siendo la celebridad difícil de abordar, como supone Juan Charpe, editor de La Nación Domingo, donde deja su crónica cada semana: “Él es una diva. Te puede odiar y mandarte a la cresta o te puede amar y agarrarte a besos. Nunca se sabe con él”.

Por otro lado, los que lo conocen, saben que él en el fondo es amigable y amante de las cosas sencillas a pesar de lo que pudiera decir su pasado de plumas reaccionarias y brillante embustero cuando era parte del colectivo Las Yeguas del Apocalipsis en los ochenta, y peleaba por el retorno de la democracia. Porque según él, no tiene antifaces con nadie y siempre es el mismo, sea frente a algún alcalde o un periodista, o frente a la vecina con sus “cabros chicos”. Y dice: “Yo cuelgo mis calzones al aire donde los ve todo el mundo, donde todos ven mis calzones cagaos. También mis libros tienen algo de eso”. Y no le importa porque sabe lo que es y lo que tiene: un ser solitario como el escorpión que es, un hombre lleno de sensibilidad no sólo por la poesía sino por todo lo que se llame injusticia, pobreza o dolor.

“Yo vuelco eso, la injusticia, el olor de los suburbios en donde viví, la vida de alguna mujer embarazada que escapó de Valparaíso. Eso son mis letras”, señala el autor de Adiós mariquita bajo el tenue humo del tabaco, justo cuando el sonido de piano ha cejado y el silencio de su casa incorpora esa soledad inconquistable, esa realidad habitual en Lemebel.

Porque Pedro, en su intimidad, es un poeta solitario cuya edad omite para sí como tantas cosas en él se silencian. Si bien Jovana Skármeta, su editora de Planeta, insiste en que “a Pedro no le gustan las entrevistas, es reticente con respecto a eso y a andar hablando con gente desconocida”, él se da el tiempo de saludar a las personas que lo detienen en la calle al reconocer que es el autor de las crónicas de Loco afán y la exitosa novela Tengo miedo torero. “¿Por qué no hacerlo?, pienso en lo difícil que debe ser para esa gente decidirse a saludar a alguien conocido, y no reconocido, porque yo no lo soy. Y me doy el tiempo de saludar a quien quiera acercárseme. Eso se lo aprendí a la Gladys (Marín)”, dice con un rostro que apela a la gratitud.

Y así como aprendió eso de Gladys, muchas otras cosas las aprendió también gracias a otras mujeres importantes en su vida, como su mamá o su abuela, quien vagó embarazada de su madre desde Valparaíso hasta Santiago. Y por cierto que él se siente plenamente identificado con lo femenino, más que por su condición de homosexual. “Las mujeres tienen el poder en este país de huachos, y desde los comienzos, desde que el conquistador violó a la india”, explica Pedro convencido con esa delicada voz grave que posee. Es ese poder diseminado el que le ayuda a reencontrarse con su vida cotidiana, a recuperar por unos momentos el deseo perdido en ese hábitat sin amor. Porque “el amor no se hizo para mí. Yo creo que yo reinvento el amor para otros en lo que escribo”.

— ¿Adoptarías un niño para criarlo?
—Sí, pero un niño de dieciocho años… ¡No, no, estoy jodiendo!—responde pícaro cuando se le pregunta.

Y aunque también pueda autoconvencerse cada día de que ese sentimiento de pareja es ordinario, que incluso “hasta los pacos se enamoran”, el duro Lemebel piensa siempre cuando alguien lo visita en su casa de Recoleta, que bien pudieran dejarle la puerta de su hogar abierta para ver si así puede entrar el amor. “En una de esas”, se dice este poeta de femenina rudeza.

Carlos Oliva Vega

Periodista y poeta

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