Las becas Chile y el “efecto Jemmy Button”


jemmyJemmy Button fue un joven yagán que el capitán Robert Fitz-Roy llevó desde Tierra del Fuego a Londres en 1831, junto a otros tres de su pueblo, con el fin de que sirvieran de intérpretes y crearan una buena disposición entre los suyos hacia los ingleses. El muy cristiano capitán del famoso Beagle se esmeró en evangelizar a los cuatro nativos y en educarlos en las maneras del Imperio Británico, con la esperanza de que difundieran estos conocimientos a su regreso a la terra australis al año siguiente (viaje en el cual lo acompañó el joven naturalista Charles Darwin). De los cuatro, sin embargo, sólo volvió Jemmy. Años más tarde se dijo que éste había liderado una matanza de misioneros ingleses en la Bahía Wulaia, en Isla Navarino, como venganza por lo que sus compatriotas le habían obligado a vivir. Aunque en la investigación que siguió a la masacre Jemmy negó toda participación en los hechos, la leyenda caló hondo en la memoria patagónica: no había derecho a mostrarle a alguien un mundo de refinamiento para luego devolverlo a la mera subsistencia, luchando cada día para cubrir las necesidades mínimas.

No puedo evitar recordar a Jemmy cuando pienso en las decenas de doctorados chilenos que con título fresco en mano, pero no necesariamente con destino laboral seguro, se ven obligados a volver a Chile a residir por un tiempo determinado, según lo estipula el contrato de las Becas Chile. Existen, claro está, importantes diferencias entre ambos casos. Al contrario de Jemmy, a los flamantes doctorados chilenos sus padres no los cambiaron por un botón de madre perla para llevaŕselos a estudiar al extranjero. Su decisión fue libre e informada. No los mandaron obligados a Londres, sino que eligieron ellos donde estudiar. Y leyeron las bases, donde se dejaba claro desde un comienzo que volver al país tras obtener el grado académico era requisito indispensable. ¿A qué viene la comparación, entonces?

Aunque para las personas ajenas al mundo académico gastarse cuatro años de la vida escribiendo una tesis de críptico título y aún más críptico contenido puede parecer una pérdida de tiempo y recursos, quienes han vivido ese proceso en general coinciden en que marca un antes y después en la vida – tanto como un divorcio, una muerte cercana o el nacimiento de un hijo. Quienes sacan adelante un doctorado en la gran mayoría de los casos aman su disciplina y quieren seguir en ella. Después del esfuerzo sostenido de crear un proyecto coherente, buscan construir sobre lo aprendido y no desechar la infinidad de conocimiento y experiencia acumulados en el camino. Con el título fresco en mano, lo que más se quiere es encontrar un ambiente receptivo y estimulante donde entregar todo aquello y seguir profundizando en la materia escogida. El problema, en el caso particular de nuestra nueva horneada de doctorados de Becas Chile, es que muchas veces lo que se encuentra de vuelta en el país no es aquel lugar donde consolidar lo aprendido y construido, sino una recepción fría y hasta inhóspita – como la que esperaba a Jemmy de vuelta en los canales australes. Tal como Jemmy, que debe haber añorado el té con escones y crema en un mundo culinario donde no había más que cholgas crudas y pan del indio, muchos doctorados añorarán infraestructuras, accesos a bibliografías y ethos departamentales que aquí simplemente no se encuentran. Tal como Jemmy, cuyo entrenamiento intensivo en idioma inglés se vio súbitamente coartado, muchos doctorados temerán que sus propios entrenamientos específicos también caigan a un saco roto. Tal como Jemmy, que solo de regreso en Tierra del Fuego experimentó la frustración de conocer otro mundo y no poder compartir sus vivencias con sus pares, muchos Ph.D. de regreso hoy se preguntan si serán capaces de transmitir lo aprendido o si se quedarán clamando a solas en el desierto.

Atentos a esta realidad, en Conicyt han diseñado instrumentos – como el Postdoctorado Retorno – que esperan evitar precisamente este “efecto Jemmy Button”. No se puede dejar al becario de regreso en la desolada orilla y esperar que solo inicie sus labores civilizatorias, como pretendió Fitz-Roy que Jemmy hiciera. Y con más razón hay que ayudarlo a reinsertarse si lo que trae entre manos es nuevo para la cultura académica del país: Jemmy no pudo enseñarle a su gente a tomar té no porque no quisiera, sino simplemente porque en los canales fueguinos no había ni infusión, ni tazas ni teteras.

Considerando la inversión de miles de dólares que hace el Estado en cada uno de quienes hemos sido favorecidos por esta beca, y considerando que en los años que vienen seguirán llegando nuevas hornadas de Capital Humano Avanzado (87 personas se graduaron en 2013, y 136 en 2014), me parece de suma urgencia pensar en una buena política para absorber a estos nuevos profesionales y realmente aprovechar sus capacidades – cual es, en último término, el objetivo de este programa. Sugiero securitización y flexibilización.

Primero, dar algún tipo de seguridad dentro del contrato de que el becario tendrá un lugar donde trabajar a su regreso. Si bien los programas de inserción en la academia y en la industria de Conicyt son un paso en este sentido, sería bueno contar con información más concreta desde el momento mismo de la postulación. Por ejemplo, saber que tal universidad requiere formar tal programa de estudios y que el postulante sería la persona ideal para cumplir dicho rol una vez completado su grado. De hecho, la mayoría de los programas de becas de este tipo en otros países funcionan así, con los recién graduados volviendo a trabajar al alero de instituciones estatales.

Segundo – y esto es especialmente relevante si no se hace lo primero –, flexibilizar el pago de la beca. Hoy (lo digo con conocimiento de causa), se exige a los doctorados que vuelvan a residir a Chile a como dé lugar, aunque sea en calidad de cesantes, e incluso dejando ofertas de trabajo en el extranjero aunque no se tenga nada seguro aquí. La razón de este requisito es la temida fuga de cerebros al exterior, es decir, que el Estado invierta en individuos que no retribuirán ni en dinero ni en especies porque se quedarán desarrollando sus carreras afuera. Sin quererlo, sin embargo, esta obligación de volver a lo que venga puede terminar generando una fuga de cerebros ‘doméstica’: al no encontrar lugar en universidades ni otros centros de investigación públicos, una opción tentadora para los recién llegados (y lo digo otra vez con conocimiento de causa) es convertirse en profesores en los colegios de élite de la capital… contribuyendo así a aumentar, en lugar de disminuir, la desigualdad en nuestro sistema educativo. En lugar de exigir un regreso con plazo y tiempos definidos, flexibilizar el pago de la beca podría contemplar dejar que quienes no encuentran un lugar de trabajo en Chile inmediatamente regresen por períodos más acotados a realizar seminarios o cursos intensivos en su especialidad, por ejemplo. O que, desde donde se encuentren, colaboren en la formación de vínculos académicos entre sus instituciones y las instituciones chilenas. Hoy el mundo académico se encuentra suficientemente globalizado como para permitir soluciones de este tipo. En último término, también debería darse a los becados la opción de restituir el monto total de la beca si ven con toda honestidad que su futuro profesional está más allá de las fronteras, y sin que esto signifique convertirse en enemigo a perpetuidad de Conicyt (como es hoy el caso).

Dicho esto, espero que quede claro al lector que el propósito de esta columna no es criticar la iniciativa de Becas Chile (¿cómo podría hacerlo, habiendo sido una de sus beneficiarias?), sino apuntar a necesarios ajustes que mejorarían su efectividad y permitirían cumplir aún más cabalmente con el designio para el cual fueron creadas. Es crueldad acostumbrar al mejor Earl Grey para luego condenarlo a tomar agua fría de por vida. Es crueldad también dejarle a alguien desarrollar sus capacidades tanto como pueda para luego coartar bruscamente ese proceso. Evitar el “efecto Jemmy Button”, en el caso de Becas Chile, significa crear las condiciones para que aquellos que quieren desarrollar estas capacidades puedan seguir haciéndolo… para beneficio de todos.

Alejandra Mancilla, periodista y filósofa

Un Comentario

  1. Colombina

    Muy buena columna! Yo habría sido más dura con Becas Chile. Por muy “beneficiada” que también haya sido por el programa, no siento que deba mucho. La beca no es buena y está mal administrada. Para Australia, no alcanza a cubrir el costo de vida definido por el gobierno para estar por sobre la línea de la pobreza. Personas que van con hijos y familia muchas veces deben endeudarse y a duras penas completan el programa. Si uno no consigue otros medios (por ejemplo, trabajando, cosa que Conicyt solicita no realizar), la beca no es digna. Y… el programa en general está mal diseñado. La academia no funciona hoy en día “nacionalmente”, y lo del retorno (sin importar a qué) es una demostración más de que estamos años luz de entender la academia de “nivel mundial” (que Conicyt busca alcanzar). Por ende, estamos lejos de aprovechar realmente los recursos que invertimos en generar conocimiento y capital humano.

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