El prístino legado de Douglas Tompkins


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Foto: Agencia Uno

No era extraño que la primera impresión generada por Douglas Tompkins en Chile fuera de desconfianza, de mucha desconfianza. Ante la lógica capitalista pregonada y encarnada por los empresarios locales, la inquina que Tompkins generó al comprar los primeros predios en esa Patagonia inmensa supuso un peligro, entre otras cosas, porque este magnate estadounidense posó los ojos en una zona que por años esperaba el zarpazo que las garras empresariales se aprestaban a dar sobre un sector de gran potencial —especialmente el hídrico— en la mira de gobiernos y empresarios.

De Tompkins se dijo no poco: que quería formar una nueva Israel para la causa judía, o que lo suyo era comprar tierras para una futura reventa. Es probable que la sarta de rumores y críticas haya venido de esos mismos pregoneros del sistema económico que vieron amenazada su futura inversión. Lo más paradójico de todo era que este mismo sistema fue el que permitió a Tompkins comprar a destajo.

Según el mismo ecologista, una de las razones por las que eligió Chile para sus fines conservacionistas fue que nuestro país presentaba una dinámica economía de libre mercado única en Latinoamérica, entre cuyas virtudes se cuentan las escasas restricciones para la compra y el desarrollo de la propiedad. Pero como lo dijo un viejo reportero del The New York Times hace diez años, “la tradición de la filantropía que suele acompañar el crecimiento del capitalismo en EE. UU. aún no echa raíces en Chile y, por eso (…) esto ha jugado en detrimento del estadounidense”. Tal cual.

Las primeras maniobras de este pionero sembraron pánico no sólo en los impúdicos mercaderes del neoliberalismo chileno, sino también entre los políticos que gobernaban con una mano y con la otra revisaban sus cuentas bancarias. Fue el caso del inepto tecnócrata Eduardo Frei Ruiz-Tagle, presidente de Chile entre 1994-2000 y enemigo autodeclarado de Tompkins.

Siendo presidente en 1997, Frei intervino en un negocio entre privados, específicamente en la venta que hiciera la UC de Valparaíso del fundo Huinay a la firma española Endesa por una oferta mucho menor a la de Tompkins. El fundo hoy sigue cortando en dos al Parque Pumalín, la gran obra del ecologista.

Cuánto ganó Frei por esa jugada —o su subsecretario del Interior Belisario Velasco, el mismo que hace unos días apareció criticando a Tompkins— jamás lo sabremos, así como tampoco sabremos cuánto obtuvo el expresidente y su ministro de Defensa Edmundo Pérez Yoma por sacar a los pehuenches del Alto Biobío cuando Endesa instaló la central hidroeléctrica en Ralco, inundando más de 90 predios de Quepuca-Ralco y Ralco-Lepoy y relocalizando a cerca de 70 familias indígenas.

Con todo, Tompkins seguiría siendo un aliado de los paisajes del sur chileno, pese a las marrullerías de políticos y empresarios. Al final ganaría la gran batalla por esa Patagonia que tanto amenazó el proyecto de Endesa y el grupo Matte: Hidroaysén. Fue uno de los grandes opositores a ésta donando cerca de US$8 millones al movimiento Patagonia Sin Represas.

El resto es historia vieja: Hidroaysén terminó hundido tras las grandes manifestaciones sociales en su contra, hundiéndose con él todos los esfuerzos descarnados que por años demandó ese proyecto, ése que desde 1947 apareció en la retina de los comisarios de la Corfo cuando este organismo estatal realizó los primeros estudios pensando en el desarrollo eléctrico del país; ése que el oscuro José Yuraszeck (expresidente de Endesa) monitoreó siendo delegado de la dictadura de Pinochet en el gobierno regional de Aysén: Era 1978, año en que Yuraszeck logró que un equipo de expertos japoneses aterrizara en el sur de Chile para explorar y medir los ríos Pascua y Baker en el marco de un programa de cooperación entre nuestro país y Japón.

“Never Stop Exploring”

La derrota de Hidroaysén devino victoria, la definitiva para Douglas Tompkins, ese filántropo nacido en marzo del ‘43 en Ohio que a los doce años comenzó a escalar las montañas de Shawangunk y luego los macizos de Wyoming.

Sin graduarse de la secundaria, y por ende, sin título universitario alguno, el controvertido ambientalista lograría con los años crear una lucrativa empresa, The North Face, a la que seguiría una más exitosa aún conocida como Esprit.

Aún como empresario, a Tompkins la naturaleza lo seguía llamando. Basta mirar el mantra de The North Face: Never Stop Exploring. ¿Un lema personal? Es posible, aunque lo cierto es que el giro definitivo en la vida de este prohombre se daría con la lectura de un libro escrito por George Sessions y Bill Deval: Deep Ecology, título que los autores tomaron del propio concepto acuñado por el filósofo noruego Arne Naess. Entre otras cosas, dicha obra introduce al lector en los meandros del movimiento medioambiental y sus alcances filosóficos, psicológicos y sociológicos.  El volumen impactó a Tompkins al punto de hacerlo repensar su labor en la compañía. Y así fue. El estadounidense acabaría divorciándose y vendiendo su parte de Esprit con el fin de crear la Foundation for Deep Ecology para luego tomar un avión rumbo al sur de Chile y comprar las primeras hectáreas de lo que sería Pumalín, nombre dado a su parque en honor a los pumas andinos de la Patagonia.

Antes de su muerte a los 72 años, mientras sorteaba los peligros del Lago General Carrera a bordo de un kayak con un par de amigos, Tompkins había entregado ya miles y miles de hectáreas de sus parques Corcovado y Yendegaia al Estado chileno, además de dejar en avance la entrega del Parque Patagonia, el Parque Alacalufes en Magallanes, el Melimoyu en Aisén, y varias zonas protegidas en las islas Guaitecas.

El legado de sus parques ha elevado el estándar de la conservación en Chile y América Latina ejerciendo un rol que ningún Estado ha logrado encarnar. A pesar de las trabas de políticos patrioteros y retrógrados, miles de sus hectáreas han sido traspasadas con un objetivo de más largo plazo e inteligencia que su destrucción mediante explotación forestal, mega represas o fundiciones de aluminio. Fue para muchos una figura controversial o al menos difícil de entender, es cierto, pero su valor se demostró en su capacidad de atender los cuestionamientos y, en muchos, casos incorporarlos en el mejoramiento de la gestión de sus proyectos.

Como se dice en Chile, este hombre murió en la suya. Tompkins encontró la muerte en Aysén, en contacto con aquello que le resultó tan amado.

Carlos Oliva Vega y Leonardo Valenzuela

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