Salmonicultura y desarrollo sustentable: Parte I


Salmones 2

La definición canónica de desarrollo sustentable proviene del Informe Brundtland (1987), preparado por la Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas, creada en 1983. Allí, el desarrollo sustentable se entiende como “el desarrollo que satisface las necesidades de las generaciones actuales sin poner en riesgo la habilidad de futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades”.

En lo que sigue me gustaría examinar el panorama de la industria salmonera a la luz de esta definición, para ver si se puede hablar coherentemente de desarrollo sustentable de ésta, o si hacerlo es una contradicción en los términos. El tema en sí mismo da para un libro más que para una simple columna, pero esbozaré a continuación dos preguntas que me parecen claves a la hora de pensar esta relación. Primero, si la salmonicultura como actividad per se clasifica como sustentable, independientemente de donde se practique; y segundo, si la salmonicultura puede realizarse en Chile—y más específicamente en Magallanes—de manera sustentable. Sin hacer juicios categóricos aún, anticipo que las respuestas a ambas preguntas es negativa, y sugiero en conclusión la actitud que deberíamos tomar respecto al desarrollo de esta industria. En esta columna me abocaré a la primera pregunta, e invito desde ya a los interesados a participar en un seminario sobre el tema, a realizarse el 29 de junio a las 17.30 en el Salón Terra Australis de la UMAG.

Para empezar, cabe preguntarse si una actividad económica en sí misma puede satisfacer las necesidades de generaciones actuales sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras para satisfacer las propias. Volver a la leña y el carbón como principal fuente de energía planetaria sería un ejemplo de decisión claramente no sustentable. Convertir las granjas industriales en la principal fuente de proteína animal de los siete mil millones de humanos que somos es otro ejemplo de decisión no sustentable, en cuanto la producción de proteína animal requiere la producción previa de proteína vegetal y animal que podría ser consumida de manera directa por los seres humanos.

He aquí una primera razón de por qué cuesta justificar la sustentabilidad de las salmoneras (y de la industria de la carne en general, pero ese tema lo dejo para otra ocasión): para criar salmones se necesita darles un alimento en base a productos que bien podríamos llevar al plato sin intermedios—como anchoas, jureles y sardinas, hoy pescados casi exclusivamente para hacer harina y aceite de pescado y con ellos pellets para el consumo de animales de criadero. Eso, en el mejor de los casos. En el peor de los casos, también se alimenta a los salmones con harina de pluma y de hueso (proveniente de pollos y pavos), y con otros salmones muertos antes del fin del ciclo productivo, los que se llevan a las plantas faenadoras de harina de pescado en un gesto de máxima eficiencia… si “eficiencia” puede llamársele a alimentar a una especie con miembros de su misma especie.

En segundo lugar, hay que poner atención a la definición de desarrollo sustentable como un tipo de desarrollo que satisface ante todo necesidades. En un mundo donde las necesidades alimenticias básicas de 800 millones de personas aún se encuentran insatisfechas, cuesta catalogar como sustentable a una industria cuyo mercado es un selecto grupo de consumidores, y que depende para su funcionamiento de la extracción de una gran cantidad de recursos marinos. Los mentados beneficios para la salud humana que aporta el salmón (como ácidos grasos Omega-3 y vitaminas B6 y B12) no llegan a quienes más lo necesitan, sino a quienes pueden darse el lujo de pagarlo.

En tercer lugar, no existen suficientes estudios sobre los efectos de la salmonicultura en el medio ambiente. Antes de permitir el crecimiento exponencial que anuncia esta industria a nivel mundial, se requiere de manera urgente tener más información sobre, por ejemplo: el estado en que queda el fondo marino tras un ciclo productivo dependiendo, entre otras cosas, de la densidad de cultivo; el efecto que tienen las salmoneras en los peces nativos y en otras especies marinas, como los lobos de mar (su principal “competencia”); la cantidad de desechos plásticos y metálicos que se producen; y la salud y bienestar de los propios peces en las jaulas durante los 22 meses que dura aproximadamente su cultivo.

En toda esta discusión, para finalizar, he dado por sentados conceptos como “recursos” y “ciclo productivo”, pero bien cabe preguntarse si podemos hablar de sustentabilidad y seguir ocupando al mismo tiempo estas categorías que objetivizan y economizan a seres vivos sintientes. Así las cosas, me parece que la salmonicultura no puede ponerse el adjetivo de “sustentable” hasta que no se tenga un conocimiento más acabado de su impacto en el medio. Mientras ello no ocurra, lo lógico sería adoptar un enfoque precautorio y congelar su expansión.

Alejandra Mancilla

Originalmente publicado en El ojo parcial

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: